Una manera de vivir, a pesar de todo

La existencia tiene infinidad de entresijos, algunos más duros que otros. A Juan Domingo Puhl la vida lo golpeó de entrada y trata de sobrellevarlo de la mejor manera que puede. Mucha gente lo ayuda.
Mario Vega - Cada mañana, haga frío o calor, con lluvia o viento, allí estará. Como cada día desde 1999 cuando decidió que así lo haría. Como si fuera un trabajo que se obliga a cumplir cada mañana y cada tarde con horarios más o menos determinados. El cabello largo, el rostro moreno, la barba de días, los ojos vivaces, y la inconfundible huella de la terrible enfermedad en su cuerpo. Se llama Juan Domingo Puhl, y tiene 49 años. Hijo de Clemente, un empleado de la vieja ENTEL, y de María Elena, fallecida, es el tercero de una familia de siete hermanos varones.

"El último es ahijado de Alejandro Agustín Lanusse", nos dice para retrotraernos a esa ley que determina que el séptimo hijo varón de una familia será apadrinado por el presidente de la Nación. Lanusse era de facto el jefe del gobierno nacional cuando nació el menor de los Puhl. Cuentan que para contrarrestar en la creencia popular aquella leyenda de pampa adentro que decía que el séptimo hijo varón de una familia iba a ser un "lobizón" se decidió que pasaría a ser ahijado del Presidente de la Nación.

La polio.

Si ésa pudo ser de alguna manera una señal del destino para uno de los Puhl, para nada sería igual para Juan Domingo. "La poliomielitis me atacó cuando tenía apenas un poco más de un año, y bueno...", me mira quizás esperando una reacción, pero sin atisbos de alteración alguna. Quizás porque esa es la vida que conoció desde que tiene uso de razón, porque ésa es la naturaleza de su existir desde siempre. Porque aunque a uno -a cualquiera- se le pueda ocurrir que la suya es una circunstancia cruel, brutal, imposible de sobrellevar, o poco menos, podría suponerse que él tiene creados antídotos para poder vivir. A su manera, con todas las dificultades que el destino le impone y que a un "común" se le podría ocurrir imposible.

Debo admitir que me estremecen cuestiones como éstas y, más aún, me superan. Porque no encuentro explicación racional que me ayude a entender.

¿Quién es?

Juan me llama la atención por su tozudez, por su permanencia en ese lugar para ganarse la vida como puede. Vendrán los mojigatos a expresar tal vez alguna queja de por qué referirse a "ese tipo" en esta página. Algún hipócrita a lo mejor cuestionará que bebe en demasía -aunque Juan asegura que no es así-, o que tiene a veces alguna actitud inadecuada, o extemporánea. En realidad en estas líneas no se trata -al menos no siempre- de describir vidas y obras que pretendan de modelos. Simplemente se muestra a alguien que, por alguna particularidad, pueda llamar la atención entre el resto de la gente.

"El Rengo, así me dicen", me acota en un momento. Es alguien que siempre se reconoció tal cual es hoy, con esa dificultad permanente para trasladarse, para hacer actividades que el común de los mortales sí puede desarrollar. Tendrá seguro sus propias partes oscuras como todos, pero nadie podrá negarle esa voluntad para desarrollar su vida, como puede y, quizás, como lo dejan.

En el atrio de la Catedral, frente a la plaza, lo verán cada día apoyado en una de sus paredes. Montado en sus muletas, simplemente esperando que alguien le dé una ayuda, o conversando con algún devoto quién sabe de qué temas.

Su vida.

Vive en la calle Santa Cruz a una cuadra y media de Avenida Spinetto. Allí, en el fondo de la casa de su padre, tiene armada una pieza a la que poco a poco le va sumando elementos necesarios para la vida de todos los días: un juego de mesa y sillas, la heladera, una cocina... "De a poquito me voy armando. Aquí estoy tranquilo y paso buena parte de mis horas. Aquí enfrente nomás -patio de por medio, en el mismo terreno- vive otro de mis hermanos y mis sobrinos, así que también estoy bastante tiempo con ellos. Me gusta escuchar música, un poco de pachanga, folklore, un poco de tevé en la casa de mi hermano", me cuenta.

Hizo la primaria en la Escuela 4 y terminó en la San Jorge (Parroquia Sagrada Familia), y después de todo un poco. "Desde los 11 años siempre me las rebusqué. Vendí casa por casa, repasadores, medias, toallas, y cuando tenía 17 empecé a vender rifas. Andaba por todos lados, en la zona de Parera, Ingeniero Luiggi, La Maruja. Y había que andar y vender, porque de cada rifa que metía tenía un porcentaje. Fueron buenos tiempos, pero pasó lo que pasó y dije nunca más. Me quedo en Santa Rosa y hago lo que pueda", me dice en un tono que invita a la repregunta.

Un mal momento.

"Resulta que un día hubo un asalto en aquella zona, y como no tenían nada de nada para agarrar a los autores nos acusaron a nosotros, los vendedores de rifas. Me metieron preso, estuve un par de días y me largaron. ¿Me imaginás a mí asaltando a alguien? Es para reírse. Pero ahora, porque en ese momento no me gustó nada", detalla aquella odisea.

Esa experiencia fue determinante, y ya en noviembre de 1999 se instaló en su nuevo "trabajo", frente a la Catedral. Decidió que iba a pedir limosnas para ayudar a su magra pensión por discapacidad. "Dos mangos con cincuenta", apunta por si hiciera falta con respecto a esa "ayuda" que recibe desde el Estado.

"Ya a las siete de la mañana, invierno o verano, estoy en la puerta de la Iglesia, y ahí me quedo más o menos hasta las 11. Y también los sábados por la tarde y los domingos en cada misa". Son muchos los fieles que le dejan una moneda. "Yo les agradezco a todos. A los que me dejan un billete, o una moneda igual. Cada uno me da lo que puede, y el que no igual, yo los respeto a todos. Me parece que la gente me quiere porque no molesto a nadie. Hay quienes vienen y me traen camperas, ropa, y a todos les agradezco", muestra su reconocimiento.

Ir y venir.

Todos los días se traslada apuntalado en sus apoyos hasta el centro de la ciudad. "A veces hay alguien que se ofrece a traerme, porque la verdad es que no estoy cerca, y a veces los muchachos de la parada de taxis también me hacen la gauchada, pero en general voy y vengo por las mías", me cuenta.

"Se dice muchas cosas de mí. Alguien me preguntó alguna vez si era ex combatiente de Malvinas, pero nada que ver. En general creo que la gente me quiere, porque no molesto a nadie... a veces si hay mucho 'piojo' a lo mejor pido una moneda, pero si no me dan no digo nada, está bien. Cada uno sabe si puede o quiere ayudar. Lo único que pido es respeto, porque yo respeto a todo el mundo", se defiende.

Cuando le pregunto contesta sin problemas. "Tuve una mujer, pusimos un kiosco, pero al final me di cuenta que estaba conmigo porque le convenía. Desde entonces estoy solo, y bien".

Juan dice que se maneja, y que su vida se parece a la de cualquier otra persona. "Me gusta estar con mis sobrinos, acompaño a mi cuñada a hacer algún trámite... normal. ¿Sueños? No, no tengo... yo vivo el día a día. Si me apurás te digo que me gustaría que me dieran una casa del IPAV. Estoy anotado desde hace muchísimos años, y a lo mejor alguien se acuerda de mí. ¿Por qué no? No pido tanto, ¿no es cierto? Una vez lo vi a (Francisco) Torroba y le pedí una ayuda, pero me dijo que no había un mango... y bueno, paciencia. Hoy, Juan, como cada domingo, estará firme apoyado en una pared de la Catedral. Algunos pasarán indiferentes, otros se acercarán y le tenderán una mano. Como cada domingo, como siempre.

La fantasía de cuánto se recauda.

Le cuento a Juan que hay gente que comenta acerca de él, y no tiene problemas en contestar. "Entiendo, ¿pero qué me emborracho? Nada que ver, mirá... esto tomo". Abre la heladera y muestra botellas de Terma, y no se ven bebidas alcohólicas. "Fumar sí, fumo, pero no mucho", admite.

En la fantasía de muchos están los que dicen que los que piden suelen tener una buena recaudación diaria. "La verdad, junto unos $35... y no más. El domingo anterior estuve a la mañana e hice 17 pesos, y después de las 4 de la tarde hasta la noche otros 12 pesos. ¿A vos te parece? ¡Por favor! Y si me ven en un taxi es porque algún chofer me conoce y me hace la gauchada", reitera. Recuerda que cuando empezó en su "parada" se recaudaba mejor, "unos 60 pesos, pero ya no", confirma.

Cuenta que las muletas se las consiguió "la gente de la Catedral", y que cuando "un señor Zolecio" se quiso hacer cargo de los zapatos ortopédicos "se encontró con una sorpresa. Creía que valían unos 1.000 pesos, pero salen como 20 mil, así que no pudo. De todos modos a esta altura ya no los necesito, porque tendría que acostumbrarme otra vez", se conforma.

Cuenta que el único que alguna vez quiso sacarlo fue el ex obispo Brédice, con quien discutió: "Usted manda de los vidrios para adentro, pero aquí fuera no", le respondió Juan. "Ahora tanto el padre Antonio como el obispo Poli se portan bien, y hasta me piden que los ayude, porque los gitanos vienen organizados y se instalan por aquí y hacen una mugre bárbara. Esos sí que fingen, porque no necesitan de nada, y a veces bajan de camionetas y autos importantes", relata.

Un terrible flagelo.

La poliomielitis causó tremendo daño en la población en todo el mundo. En Argentina, en 1956 se notificaron 6.490 casos, con una tasa de mortalidad del 33,7 %o. Desde 1964, con el advenimiento de la Sabín oral, se produjo un descenso de la incidencia de la enfermedad (la mínima fue en 1967 con 0.3 por 10.000). La posterior falta de continuidad en la vacunación desencadenó un aumento de casos desde 1968, pero a partir de 1971 operativos masivos permitieron que en 1977 no se registraran más casos. La realidad actual muestra la alta cobertura de vacunación alcanzada por el programa: más del 95%.

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