Por Luis MajulUtilizar Malvinas y Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) como cortinas de humo para quitar de la agenda asuntos más urgentes como la inseguridad, la inflación y la crisis energética es una tentación que este gobierno no ha podido evitar
Y es probable que se pase una buena parte de 2012 agitando ambas banderas, ante la inacción y la confusión de la oposición, cuyos dirigentes parecen incapaces de plantear un temario alternativo. El último discurso de Cristina Fernández sobre Malvinas fue impecable, porque repudió la guerra iniciada por la dictadura el 2 de abril de 1982, opinó que no había nada que conmemorar, pidió a Gran Bretaña la reapertura del diálogo y reivindicó el respeto por el derecho de los isleños. Si todas las acciones del Gobierno, de aquí en más, fueran coherentes con las cosas que Ella acaba de decir, es probable que la Argentina avance mucho más de lo que lo viene haciendo desde 2003, cuando asumió Néstor Kirchner.
De todos modos, sería bueno que la Presidenta se lo recordara al canciller Héctor Timerman; a la ministra de Industria, Débora Giorgi, y también a Guillermo Moreno, porque los dichos y las acciones de sus subordinados parecen tener como único objetivo provocar "para la tribuna" al gobierno del "país invasor", sin ninguna ventaja política, económica o diplomática como contrapartida. Es decir, mucho ruido y pocas nueces. Señales "aparatosas" y nada prácticas, destinadas a quienes "compran" el discurso del "gobierno nacional y popular" y no se detienen a analizar los hechos y sus verdaderas consecuencias. Parecidas a la foto del canciller con el alicate gigante abriendo aquella valija con "las claves del Pentágono", como si con ese solo gesto pudiéramos demostrar nuestra independencia y autonomía.
La nueva batalla contra los accionistas españoles y argentinos de YPF es hija de la misma sobreactuación. El problema de fondo es que, por una decisión estructural tomada en su momento por Néstor Kirchner y el ministro de Planificación, Julio De Vido, la Argentina está gastando cerca de 10.000 millones de dólares anuales para importar energía que le permita al país seguir funcionando sin inconvenientes. Y ese gasto "imprescindible" pone en crisis uno de los puntales "del modelo": el superávit de la balanza comercial.
Ya sabemos cómo cree Moreno que se puede volver al equilibrio: evitando la compra de dólares con fórceps y la importación de libros por sospecha de tinta cancerígena. Pero ¿cómo se llegó a semejante estado de cosas? Por la decisión oficial de "subsidiar" las tarifas de los combustibles y no auditar, al mismo tiempo, las inversiones de las petroleras a las que consideraban sus amigas. Para que se entienda bien: el ex presidente no solo alentó la compra de una parte de Repsol por parte de la familia Eskenazi; también bendijo desde la ventajosa forma de pago, con las mismas utilidades de la compañía, hasta la composición del directorio, con todo lo que eso implica. ¿Cómo se explica, entonces, que de la noche a la mañana, el principal accionista argentino, Sebastián Eskenazi, se transforme en uno de los "principales enemigos" de la administración? ¿La Presidenta ignoraba este acuerdo entre su esposo y los empresarios argentinos? ¿El Gobierno tuvo un ataque de argentinismo súbito y por eso quiere nacionalizar la petrolera y, además de todo, gestionarla? No está de más recordar que Kirchner, en 1992, fue el gobernador que más hizo para que YPF se pudiera privatizar y así cobrar los famosos y controvertidos fondos de Santa Cruz, de cuyo derrotero total todavía se sabe poco y nada.
Y tampoco es caprichoso subrayar que el actual secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, en su condición de diputado nacional por Neuquén, fue uno de los más entusiastas defensores de aquella movida. ¿Por qué hago hincapié en todo esto? Para explicar, de la manera más sencilla posible, que detrás de las grandes banderas "nacionales" que agita el Gobierno se esconde, además del intento de tapar los asuntos negativos, un serio problema de caja. El mismo problema de caja que explica la decisión de utilizar las reservas del Banco Central para financiar casi cualquier cosa. Y esto es peor que si se tratara de una decisión puramente ideológica. Porque entonces, para empezar, no generaría tanta confusión entre los analistas económicos y también políticos.
Vamos a plantearlo de esta manera. Si todo se tratara de recuperar lo nuestro, ¿por qué no "nacionalizar" los casinos y los bingos, que son más baratos de mantener y de modernizar? Si este súbito amor por YPF tuviese que ver con volver a ser los dueños del petróleo que sale de las entrañas de la tierra argentina, ¿por qué no hacer lo mismo con las minas de oro y otros minerales, que hoy son motivo de profundas controversias en las que la Presidenta parece estar del lado de los grandes capitales multinacionales?
Si lo que quiere Cristina Fernández es reemplazar a los operadores privados para mejorar la gestión con funcionarios públicos brillantes, ¿por qué el Gobierno no se hace cargo, otra vez, de Ferrocarriles Argentinos, un asunto más urgente y preocupante, como lo ha demostrado la tragedia de Once del 22 de febrero pasado?
He sido testigo de cómo funcionarios nacionales se alegran cada vez que baja la acción de YPF, como si se tratara de una competencia deportiva. ¿Implica esto que el Gobierno la quiere comprar a precio de bicoca? No lo sé. Si sé que son los mismos que festejan la pérdida de valor de las acciones de Clarín y de Techint, para citar a dos grupos emblemáticos. Quizá, su estrecha visión de cortísimo plazo no les permite ver lo que implica este fenómeno en términos más profundos. Significa un país cada vez más chico, cuyas grandes empresas no llegan ni a la cuarta parte de lo que valen las compañías que explotan la misma actividad en Brasil o en Canadá, por citar a dos países con los que alguna vez pretendimos compararnos.
Y esto no afecta sólo el bolsillo de los accionistas. Repercute, de manera directa, en el producto bruto interno, que es la suma de la riqueza de toda la Argentina. Y significa, también, que el Gobierno -excepto en algunas áreas del Ministerio de Ciencia y Técnica- no está pensando en los próximos diez o veinte años, sino en las próximas elecciones legislativas del año que viene. Por eso habrá Malvinas e YPF para rato y para la tribuna, como si fuera un solo grito de corazón.







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