Por Osvaldo PepeMuy probablemente, las Malvinas, del inicio de cuya guerra se cumplen hoy 30 años, sean el punto más alto del consenso argentino . Algo infrecuente en una sociedad con inercia a las fricciones.
Puede discutirse si la conmemoración debía hacerse hoy, en consonancia con la aventura militarista de la dictadura que buscó permanecer en el poder bajo el escudo de la épica nacional . O el 10 de junio, que recuerda la designación del primer gobernador argentino de las islas, Luis Vernet, en 1829. O el 14 de junio , aquel doloroso día de 1982 de la rendición incondicional que un generalato de cobardes e ineptos ordenó a las tropas de soldados, en su mayoría jóvenes valientes, pero indefensos frente a la alianza política y bélica más poderosa del planeta. Pueden discutirse, también, las políticas y estrategias futuras de la diplomacia para recuperar el retraso de décadas que trajo en el terreno político la guerra perdida. Y hasta podríamos revisar el comportamiento de la sociedad que aquel 2 de abril colmó la ciudad de bocinazos y de banderas, y que ocho días después reventó las calles de multitudes para celebrar con Galtieri en el balcón , a pesar de que 48 horas antes del desembarco la dictadura había aplastado con gases, palos y tiros una protesta gremial en esa misma Plaza de tantas rebeldías.
Aun así, Malvinas es esa consigna que nos aglutina , que nos proporciona la identidad de lo propio, nos instala de cara al desafío pendiente de apostar a un horizonte compartido y de construir la unidad nacional en lo esencia l. Condición para que en esa Patria pendiente desterremos para siempre la noción del “enemigo interno” , porque ésa es, la use quien la use, la lógica de las dictaduras.
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