Las malas enseñanzas de Voldemort

Por: Alberto Fernández.

En cada uno de los volúmenes que conforman la saga, Lord Voldemort es el enemigo central al que siempre enfrenta Harry Potter en cada una de sus aventuras. Se trata de un ser perverso, temido por la misma comunidad de magos y hechiceros del Colegio Hogwarts. Tan siniestro se presenta que todos prefieren evitar nombrarlo aun cuando conocen la amenaza de su presencia.

En la primera historia de la saga, Harry Potter enfrenta a Voldemort por la posesión de la piedra filosofal. En la lucha, Voldemort trata de conquistar al joven mago ofreciéndole maravillosas recompensas a cambio de la piedra. Pero cuando todo parece infructuoso, Voldemort le advierte a Potter: "Entiéndelo: el bien y el mal no existen… sólo el poder existe".

Aunque toda esa secuencia transcurría en la ficción de una escuela de magia y a pesar de que la lógica de Voldemort no hizo mella en la ética de Harry Potter, todo parece indicar que esa misma línea de pensamiento parece haber germinado en la realidad argentina y penetrado en el alma misma de sus instituciones. Así, hace tiempo que puede constatarse que todo debate, que cualquier confrontación desarrollada en el seno de nuestra política, termina generando una lucha despiadada por afianzar o debilitar el poder del otro, antes que mejorar las condiciones de vida de la gente, objetivo central de todo quehacer político.

Desde hace tres meses, la política argentina discute acerca del modo como pueden ser utilizadas las reservas acumuladas en el Banco Central. Salvo aquellos pocos que a esta altura de los acontecimientos postulan investigar la legitimidad de nuestra deuda externa, ya casi nadie cuestiona que tales recursos puedan afectarse para hacer frente a tales compromisos.

La oposición, tras toda su grandilocuencia, acaba de corroborar que sólo es una suma de minorías. La vez que logró unirse en el Senado y convertirse en una mayoría circunstancial, decidió en unas pocas horas acaparar la mayoría de todas las comisiones, reformular la composición de la comisión bicameral de revisión de los decretos de necesidad y urgencia, rechazar el pliego de Mercedes Marcó del Pont para presidir el directorio del Banco Central y hacer coparticipable el impuesto al cheque. Borrachos por la sensación de poder, hubo quienes intentaron quedarse con la vicepresidencia provisional del cuerpo.

¿Qué quedó de todo eso? Poco. La Justicia acaba de cuestionar el modo como se reformuló aquella comisión bicameral. Ésa, sin duda, es la antesala para que se revise el procedimiento que se siguió para imponer el control mayoritario de todas las comisiones. Además, algunos senadores que recuperaron la razón después de la borrachera advirtieron lo impropio de la decisión que pretendió remover a Marcó del Pont. Por eso mismo, aquella vocación expulsiva hasta hoy es sólo eso. Finalmente, que el impuesto al cheque se vuelva ley y así coparticipable, dependerá de que el quórum alguna vez se logre en la Cámara alta.

¿Por qué paso todo esto? Porque el único objetivo opositor es obstruir cualquier propuesta del Gobierno. No desea ganar. Pretende que el Gobierno pierda. Antes que crecer en la consideración social, aspira a debilitar aún más la menor fortaleza que hoy exhibe el oficialismo. Cada uno de los opositores sueña con llegar al poder pero, a la vez, confía con dejar en el camino a muchos de los que en este contexto son sus compañeros de ruta. Como no han logrado jamás articular una propuesta común de país, es entendible que no logren afianzar objetivos comunes en la coyuntura. En esencia todos ellos expresan cosas absolutamente distintas.

En el Gobierno pasa otro tanto. Haciendo caso omiso a la debilidad en que quedó sumido por imperio del resultado electoral de junio último, ha seguido promoviendo decisiones desatendiendo por completo la necesidad de articular acuerdos parlamentarios que le permitan seguir adelante con su acción de gobierno. Siente –con razón– que ha accedido legítimamente al poder y a partir de allí se dispone a ejercerlo sin escuchar el mensaje crítico que ha emanado de muchos de los votos emitidos en aquella elección de mediados de 2009.

Eso es lo que explica que no desista en su intento de utilizar las reservas acumuladas en el Banco Central valiéndose de un decreto de necesidad y urgencia. Aunque ya casi nadie le cuestiona que con esos recursos cumpla los compromisos asumidos y sólo se le pide que una ley del Congreso así lo disponga, el Gobierno se niega a hacerlo exhibiendo una intransigencia difícil de entender. Hasta se da el lujo de descalificar a quienes inician negociaciones que faciliten el tratamiento parlamentario de ese tema.

¿Qué es lo que busca el Gobierno? Seguir gestionando como lo hacía en los días en que las mayorías lo acompañaban en el Congreso. No quiere admitir que su poder ha mermado y que debe construir en política nuevas mayorías que lo sostengan.

Hace tiempo que la Argentina está enredada en este tema. El Gobierno insiste en disponer del dinero dictando decretos que la Justicia descalifica y el Congreso, con la oposición marcando el rumbo, reclama que el dinero sea dispuesto por una ley que nunca se dispone a tratar. Tan desorientados están los opositores que, en su intento por mostrarse poderosos, terminan anulando ridículamente normas que alguna vez rigieron la cuestión pero que ya han sido derogadas.

Un enorme laberinto parece ser el lugar que transitan Gobierno y oposición. Allí, parece que van y vienen; a veces se chocan en sus pasillos; buscan confundir al otro con espejos que reflejan falsas salidas. En cualquier caso, ninguno encuentra la escapatoria que descomprima el presente.

Que la búsqueda del poder es uno de los objetivos de la política es cierto. Es tan cierto como que mantener el poder es un propósito central de quien gobierna. Lo que no es admisible, en ningún caso, es que cualquier acción sea válida en procura de alcanzar aquellos fines.

A diferencia de lo que decía Voldemort, el bien y el mal existen.

Al Gobierno hay que recordarle que, aunque está bien que disponga de reservas para pagar la deuda soberana, está mal articular esa decisión a través de un decreto aunque sea dictado en acuerdo de ministros y tenga la fuerza de una ley. No se da cuenta de que con ello está sentando un antecedente peligrosísimo que alguien en un futuro puede utilizar reservas en desmedro de los intereses generales.

A la oposición hay que decirle que aunque está bien reclamar una ley para utilizar esas reservas, está muy mal que no se avoque a promoverla, tratarla y sancionarla. Cuando no actúa de ese modo, no sólo desvirtúa su discurso; también deja al descubierto su voluntad obstructora.

Como la política está en un laberinto, sería muy bueno que salga de éste con inteligencia. Por ejemplo, Martín Sabbatella y su bloque acaban de promover una ley autorizando el uso de las reservas. Ése es el camino correcto. Es tanto como señalarle al Gobierno que tiene razón en pretender pagar usando esos recursos y decirle al mismo tiempo que el camino que eligió es errado. Si el Congreso se dispusiera a tratar una ley como esa, dejaría al descubierto la obcecación oficial y socialmente se valoraría que alguien hiciera algo por escapar a semejante trampa laberíntica.

Pero para que todo esto ocurra, hace falta recuperar el sentido común. Dejar de pensar en dañar al otro y poner el esfuerzo en mejorar la ponderación social propia. Es imperioso recuperar el buen criterio y olvidar la idea de que actuar con racionalidad conlleva el peligro de ser funcional al otro. Por esa vía, el oficialismo piensa que el dictado de una ley acaba por darles la razón a los opositores. A su vez, en la oposición piensan que una ley como esa acaba por resolver el problema del Gobierno. Ninguno piensa que, por sobre todas las cosas, una ley termina con el problema planteado.

Pensando las cosas de ese modo, el enredo se profundiza y la Argentina se posterga. En ese escenario nadie gana. Porque, en realidad, nada hay más funcional a los intereses contrarios que defender las posiciones propias como energúmenos sin razón.

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