Por: Julio Blanck.Mauricio Macri se fue a 15.000 kilómetros de Buenos Aires. Anda por la India, promoviendo negocios e inversiones para la Capital, en un país que, como él mismo apuntó, "cada año traslada 30 millones de personas de la pobreza al consumo". Todo muy lindo. Reuniones con diplomáticos y funcionarios, cenas con empresarios y declaraciones a la prensa sin el apremio de las cosas quemantes que aquí quedaron.
Pero el caso de las escuchas no es para Macri un karma derivado de acciones en vidas pasadas, un condicionamiento al estilo de lo que definen creencias como el hinduismo y el budismo. Hubo allí una cadena increíble de irresponsabilidad, torpeza y negligencia; una conducta apuntada a servirse del Estado para fines privados, que fue alentada, tolerada o, en el mejor de los casos, advertida demasiado tarde.
Pasado el tiempo de las lamentaciones y los reproches, desde hace unas cuantas semanas Macri viene armando una red de protección política y judicial. Su objetivo es que los contratiempos que deriven de esta causa no entorpezcan demasiado su proyecto presidencial, que está lanzado y sin retorno.
La primera jugada le falló, cuando la Cámara Federal, por dos votos a uno, rechazó apartar a Oyarbide. Lo había pedido el ministro de Justicia porteño, Guillermo Montenegro, otro de los involucrados en la causa. Quizás fue entonces que el macrismo empezó a consultar a un ex juez federal que supo tener excelente relación con la SIDE.
El primer alerta fuerte que había recibido Macri fue el enojo del comisario Jorge "Fino" Palacios, detenido desde noviembre por las escuchas, porque nadie atendió entonces a satisfacción el pedido de que se auxiliara de modo conveniente a su familia.
Palacios era el jefe de Policía Metropolitana al que Macri debió cesantear aún antes de este escándalo, cuando era inminente su procesamiento en la causa AMIA. Su viejo enfrentamiento con el patrón operativo de la Secretaría de Inteligencia, Jaime Stiuso, era un secreto que conocía todo el mundo político menos Macri, que compró el problema con moño y todo.
El comisario es un hombre que sabe muchas cosas y es mejor tenerlo tranquilo, habrán pensado los macristas. La tarea de atender las necesidades de Palacios fue encomendada a un pequeño equipo de máxima confianza de Macri, encabezado por su asesor y jefe partidario del PRO, José Torello. Deben haber hecho bien su trabajo, si hay que atenerse a la declaración pasteurizada que Palacios brindó esta semana ante Oyarbide, proclamando su inocencia.
Mucho más preocupante para el comando macrista era la actitud del ex ministro de Educación, Mariano Narodowski. Para decirlo fácil: había desconfianza en lo que pudiera declarar, abriendo la lista de indagatorias.
Sin anclaje político sólido, sostenido en su momento por Gabriela Michetti y por el influyente secretario general porteño Marcos Peña, el ex ministro es un intelectual que viene de la izquierda y que hipotecó parte de su mundo de relaciones cuando se pasó al macrismo. Había quedado desnudo y a la intemperie con el caso de las escuchas ilegales, un episodio intolerable para un académico de corte progresista. Pero su declaración, esta semana, calmó a los generales macristas: dijo que al espía James se lo recomendaron desde la Universidad de La Matanza. Y que ni lo conocía personalmente. Eso no le impidió nombrarlo asesor de su ministerio con un sueldo de 6.000 pesos.
El equipo personal de Macri no viajó a la India: están acá preparando la declaración del miércoles. Niegan con énfasis dos versiones: que Macri habló alguna vez con James y que esa conversación estaría comprobada y en manos de Oyarbide; y que entre las personas escuchadas con fines privados pudiera figurar Isabel Menditeguy, ex esposa del jefe de Gobierno, de quien terminó divorciándose hace dos años tras ardua negociación.
En la estrategia defensiva hay un paso casi obvio: van a tratar de impugnar políticamente a Oyarbide antes que el juez formalice el eventual procesamiento. Cuanto menos, recordarán que el magistrado fue quien sobreseyó al matrimonio Kirchner en las denuncias por el crecimiento notable de su fortuna.
La idea es mostrarse como supuesta víctima de una conspiración política. La victimización es una estrategia de moda, que hasta el kirchnerismo usa con impudicia.
En términos políticos, el escenario más complicado para Macri puede darse si la oposición porteña empuja un pedido de juicio político en la Legislatura después del esperado procesamiento de Oyarbide.
Los macristas dicen que ése es un horizonte imposible: tienen 26 legisladores propios, seis más que los necesarios para bloquear cualquier intento en ese sentido. La Legislatura se llevó puesto en su momento a Aníbal Ibarra pero, dicen cerca de Macri, cuando sucedió la tragedia de Cromañon eran solamente tres los legisladores que le respondían al entonces jefe de Gobierno.
Otros pasos futuros, algo más sutiles, destinados a cimentar la construcción de la candidatura, se consultan con un equipo más amplio y diverso. Se escucha casi con veneración, como siempre, al asesor ecuatoriano Jaime Durán Barba. Pero en el macrismo admiten que algunas consultas abarcan incluso al ex intendente y figura brillante del peronismo de los 80, Carlos Grosso. La vida te da sorpresas.








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