El 107º Aniversario de Cipolletti llega en un momento de expansión demográfica y económica. Pero son muchos también los inconvenientes a resolver.
El censo nacional, que se hará el 27 de octubre, develará los interrogantes de la población. Los más optimistas hablan de hasta 120.000 personas. Otros se juegan por una cifra más prudente, 100.000. Lo más probable, sin dar números, es que los resultados muestren una ciudad que se ha expandido mucho en cantidad de habitantes. Cuánto, se verá.
Y el crecimiento, además de oportunidades y mejoras, siempre trae consigo complicaciones y dificultades. En un juego dialéctico, las tensiones del desarrollo se van haciendo sentir, lo que no excusa, y para nada, a quienes tienen mayores responsabilidades, ni a quienes tienen que rendir cuentas porque para ello fueron elegidos, ni a quienes se deben a la comunidad por deber, mandato institucional, o por poder para mandar y disponer.
En este aniversario, preocupan varias situaciones. Preocupa la retracción que viene experimentando la producción frutícola y sus crisis crónica, que siempre pagan los más débiles, los productores y también los trabajadores rurales, unos y otros haciendo lo posible para subsistir, a veces al borde del enfrentamiento mutuo. Pareciera estarse llegando a un límite y urgen las respuestas.
Preocupan también los problemas de seguridad, en particular por la agresividad o la audacia de quienes atentan contra el prójimo. Desde el municipio, se asegura que los índices delictivos se han reducido porcentualmente en los últimos años, pero la sensibilidad de muchos obliga a más esfuerzos, sobre todo, en la prevención y en la participación ciudadana en busca de mejor convivencia.
Preocupa también el ritmo lento en la construcción de planes de vivienda y de soluciones a la demanda habitacional, lo mismo que la carestía de los alquileres y de las tierras no comprendidas en el Distrito Vecinal del Noreste.
Hay muchos más inconvenientes cotidianos, permanentes. Pero en este cumpleaños de Cipolletti, conviene también remarcar sus logros y progresos, como su consolidación como polo universitario y de medicina de alta complejidad; sus mejoras económicas en distintos rubros; su lucha contra la desocupación y por tener una mano de obra cada vez más capacitada; su creciente independencia y complementariedad con Neuquén y otras localidades del Valle; su brega a favor del respeto a las normas del tránsito y de comercio, pese a la terquedad de los infractores, que no se encarrilan ni ante las multas; su impulso para más y más espacios verdes; y su permanente perfil joven, independiente y moderno, ajeno a los privilegios que han hecho fuertes a otras urbes.
Los cipoleños tienen, hoy, legítimos motivos para celebrar. La ciudad crece y se pone linda. Pero sus problemas actuales y el matiz siniestro de sus crímenes irresueltos, deben una vez más alentar a la reflexión y al debate para el hoy y el futuro.
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