Viedma.- (APP) Soy bastante racional y allí está una de las razones por las cuales no creo en dios ni en supercherías. Cualquier comentario sobre milagros, apariciones, fantasmas, ovnis, brujas, luces malas, adivinaciones, parapsicología, etc., enseguida me genera una mueca de escepticismo. No obstante debo reconocer que como lector me apasiona la literatura vinculada a lo sobrenatural, al terror, a las fantasías religiosas, a la díada dios-demonio, al igual que este tipo de temáticas en el cine.
Soy fanático, por ejemplo, de la literatura vampírica, donde más allá del Drácula de Braham Stoker y otras narraciones ya clásicas me entusiasma la obra de escritores contemporáneos como la admirable saga de Anne Rice (Entrevista con el vampiro, Lestad el vampiro, La reina de los condenados y Ladrón de cuerpos). Y cuando hablamos de vampiros, monstruos, extraterrestres, en fin, historias con anclaje en lo sobrenatural y el terror, brilla sobre otros escritores del género Stephen King. Parafraseando a Nietszche para mí la vida sin el autor norteamericano sería un error. Desde que descubrí esas historias que generalmente se ubican geográficamente en Maine no me imagino estar sin leer cada tanto un libro de King. Quizás la explicación a esta sugestión por el terror está en aquello que dijo alguna vez Graham Greene: “Tal vez sea sólo en la infancia cuando los libros tienen una influencia profunda en nuestras vidas”. Yo le empecé a agarrar el gusto a la lectura de chico y entre los primeros libros hubo obviamente autores ‘de miedo’, como Edgar Allan Poe y Horacio Quiroga. Y antes de llegar a la adolescencia había llegado a leer algunos clásicos del género como el Drácula de Bram Stocker, el Frankenstein de Mary Shelley y El hombre y la bestia (Dr. Jekyll y Mr Hyde) de Robert Louis Stevenson. Puede ser entonces que la afición a este tipo de literatura venga de allí. Pero la causa está quizás en aquello que leí hace no mucho de José Pablo Feinmann: “el terror está en nosotros”. La cita tiene que ver con algunas cuestiones filosóficas y está dicha después de contar una anécdota muy interesante: Cortázar estaba en contra de la literatura deliberadamente comprometida –aunque sí creyera que el escritor debe comprometerse con la realidad- y para probar que en realidad a los supuestos destinatarios de la poesía y la narrativa combativa eso no les interesaba decidió con unos amigos hacer un experimento. “Fueron a una estancia, se reunieron con peones, y se pusieron a contar cuentos. Había tres muchachos muy comprometidos, marxistas, y contaron tres cuentos de la explotación del peón campesino. Los campesinos escucharon y dijeron: bueno, sí, es así. Cortázar contó algo muy distinto. Contó ‘La pata del mono’, que es un cuento de Jacobs, que es el cuento que nos deja boquiabiertos ante esto que dice Foucault: la razón está acosada por la locura. Una familia en Londres necesita dinero, son muy pobres. Tienen un hijo y el hijo trae un día una pata de mono y le dice al padre: dicen que si pedís tres deseos te los concede. Ah, qué estupidez, dice el padre. Bueno, el hijo se va trabajar a la fábrica, entonces el padre dice primero: quisiera ganar 1000 libras. Bueno, pasa todo el día y no pasa nada, no llegan las 1000 libras. Hasta que al atardecer golpean la puerta de la casa, le explican que su hijo fue destrozado por una máquina, pero la empresa le va a pagar 1000 libras para recompensarlo. Entonces el padre y la madre quedan destrozados, además ante la maravilla secreta de un orden del mundo que desconocen y que es terrorífico, porque de qué modo tan terrorífico han llegado esas mil libras. Entonces la madre dice: voy a pedir el segundo deseo, que vuelva. El padre se da cuenta que si vuelve va a volver destrozado,-tan destrozado como lo destrozó la máquina-. Se escuchan unos pasos y alguien o algo golpea a la puerta. La madre va a ir a abrir y el padre pide el tercer deseo: que no vue1va. Abren la puerta y el cuento termina diciendo: afuera estaba la noche, las estrellas, la luna, etc. Es un gran cuento. Ahora, Cortázar dice que después de este cuento los peones de campo se pasaron la noche entera hablando de lobizones, aparecidos, fantasmas, almas en pena”. Aquí es cuando Feinmann se pregunta ¿por qué los movilizó más ‘La pata del mono’ que los cuentos ‘comprometidos’? y se responde: “porque el terror está en nosotros”. Y sí “el terror está en nosotros”. ¿Quién lo puede dudar después de todo lo que pasó en la historia del hombre? Hay miles de ejemplos. Recordemos a Voltaire cuando escribía: “Torquemada procesó en 14 años a cerca de ochenta mil hombres e hizo quemar a seis mil con el aparato y la pompa de las más augustas fiestas”. Y ni hablar cuando transitamos el siglo XX y lo que va del XXI, cuando supuestamente estamos más evolucionados en base a todos aquellos grandes valores fijados por la modernidad. Como reflexionaron los filósofos de la Escuela de Frankfurt con su crítica a la razón instrumental (me refiero a la primera etapa con Adorno y Horkheimer, porque después Habermas tendrá otra postura) la ‘racionalidad’ del Iluminismo terminó en la irracionalidad de fenómenos como el nazismo. O como escribió Sartre, los hombres más avanzados de la modernidad, los europeos, no han podido hacerse hombres “sino fabricando esclavos y monstruos”. Puedo decir: soy racionalista, me he formado con filósofos materialistas e ideologías más a la izquierda, estoy convencido que la historia avanza progresivamente más allá de sus contradicciones, que “el ser social determina el ser individual” y entonces una vez cambiadas las estructuras y desterradas las injusticias sociales no hay razones para que surja el mal en el corazón de los hombres, etc. etc…. Sin embargo las barbaridades se suceden. Después del nazismo y el Holocausto se pensó que nunca más habría esos niveles de muerte y terror, sin embargo, aunque no a una escala similar, aquí y allá se siguieron repitiendo pequeños y medianos holocaustos. Matanzas, utopías transformadas en Gulags, genocidios, dictaduras, pandemias, hambrunas, porcentajes enormes de población en la total exclusión y pobreza, millones de muertes por causas fácilmente evitables. Asesinatos en masa y asesinatos diarios y cotidianos. El terror no sólo está en los casos literales y explícitos. Hace un tiempo leí en los diarios que se acababa de descubrir agua en la luna. Esa era la 'gran' noticia, contada con tono festivo. Pero nadie ponía el acento en algo que se incluía en la información: que el descubrimiento era mérito de “la misión LCROSS (Lunar Crater Observation and Sensing Satellite), que costó 79.000 millones de dólares y fue la que permitió el hallazgo”. Repasé distintos diarios y todos hablaban de la misma cifra. ¿79.000 millones de dólares para descubrir que hay agua en la luna? Perdón, pero semejante friolera, superior al PBI de gran parte de los países del orbe, ¿no se podía haber utilizado para dar agua al sediento, para dar comida al hambriento, para dar medicinas al enfermo? ¿No es éste un buen ejemplo también de que ‘el terror está en nosotros’? Uno se ve tentado entonces a creer que por más que haya verdaderas revoluciones, profundos cambios de estructuras, eliminación del lucro salvaje y el armamentismo, se terminará imponiendo sin embargo una naturaleza del hombre que tiende hacia el egoísmo y el mal. La verdad que, repito, tenemos tantos y tantos ejemplos para decir que Hobbes tenía razón y ‘el hombres es lobo del hombre’ y muy poco para exclamar con Rosseau que la naturaleza del hombre es buena. Lo escribió Freud en “El malestar de la Cultura” y en “Más allá del principio del placer", entre otros textos: la pulsión de muerte se impone. El Tanatos sobre el Eros. Feinmann lo explica muy bien (“¿Qué es la filosofía?”). Cita a Freud cuando escribe: “El hombre es una bestia salvaje que no conoce el menor respeto por los seres de su propia especie. Quien recuerde los horrores de las grandes migraciones, de las irrupciones de los hunos, de los mongoles bajo Genghis Khan y Tamerlán, de la conquista de Jerusalén por los pies cruzados y aun las crueldades de la última guerra mundial tendrá que inclinarse humildemente ante la realidad de esta concepción. Debido a esta primordial hostilidad entre los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración”. Y agrega su reflexión: “…la sociedad es un instrumento de integración cuya tarea es impedir que el hombre sea lo que es… Pero la sociedad, como vemos, no consigue eso, porque el hombre consigue ser lo que es… Ahora la función de la sociedad, la función de la cultura es impedir que el hombre sea lo que es, porque el hombre es un ser bestial que no es una criatura tierna y necesitada de amor, que no sabe ni puede amar al prójimo como a sí mismo, y que tiene fundamentales razones para no hacerlo”. Por algo Freud escribió también que más allá que consideraba positivamente “una modificación objetiva de las relaciones del hombre con la propiedad”, en simpatía con el marxismo y el comunismo, acusaba a los socialistas y comunistas de ‘idealistas’, de “incurrir en un nuevo desconocimiento idealista de la naturaleza humana”. En fin. Puede ser nomás que el hombre siempre ha sido lo que es, que su instinto, su pulsión de muerte, a la larga siempre se impone, porque ‘el terror está en nosotros’. De allí, como decía al principio, la seducción por cierto tipo de literatura y de cine. Y si es así espero que esto sirva como descarga, como compensación, como catarsis para que nunca se desate el monstruo, el Hyde, que llevo y llevamos adentro. (APP)

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