Limitar el capital genera techos para el crecimiento

Hernán de Goñi

El cuestionamiento a la industria financiera que lanzó la presidenta Cristina Kirchner en el discurso de ayer ante el Grupo de los 20 recoge el tipo de malestar que un ciudadano común puede sentir ante quien realiza una ganancia con un trabajo que aparenta ser fácil. Más allá de rebajar el rol de quienes operan ante una pantalla (como si los trabajos que demandan un esfuerzo físico fueran más dignos que otros), el planteo presidencial traduce una notable simplificación del rol que juega el dinero en la economía de hoy.

La Presidenta hizo pie en una demanda que comparten los mandatarios del G-20: la necesidad de contar con una regulación global que evite los agujeros que desvirtúan las reglas de cada país (como bien ejemplificó con los paraísos fiscales). Pero la Argentina es un país que ha desconocido al FMI como regulador (rol que el propio G-20 le dio tras la crisis de Lehman) y exacerba el proteccionismo, lo que está más cerca de un “sálvese quien pueda” antes que del ambicionado esfuerzo conjunto.

Su visión también transmite la idea de que el crédito dirigido por el Estado está más cerca del capitalismo serio que el que se consigue con la emisión de un bono. Su deseo de acotar el riesgo y la especulación puede ser atendido, aunque su gobierno no lo haga cuando se lo pide un inversor. Pero limitar los canales de expansión del capital es igual a poner techo al crecimiento.

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