El nuevo gobierno enfrenta los desafíos de garantizar la seguridad y construir un Estado con autoridad territorial; es el país más pro norteamericano de la región
Por Ricard González |
EL CAIRO.- Luego de un brutal secuestro, el martes pasado murió Omran Shaaban, uno de los héroes de la revolución libia, que fue el miliciano que encontró a Muammar Khadafy escondido en una alcantarilla de la ciudad de Sirte. Su trágica muerte a manos de un grupo de simpatizantes de Khadafy representa una metáfora de los fantasmas y desafíos que debe enfrentar la sociedad libia en su azarosa transición hacia la democracia.
Desde el mismo día en que cayó el dictador, restaurar la seguridad fue la gran prioridad de las autoridades libias. Pero este logro se muestra esquivo. Actualmente, las milicias locales aún controlan buena parte del país y el gobierno a menudo se ve obligado a "subcontratar" sus servicios, por ejemplo, para proteger el aeropuerto de Trípoli.
Esta situación podría estar dando un giro sustancial después de que la semana pasada una multitud expulsara de Benghazi a la milicia islamista radical Ansar al-Sharia, a la que se asocia al asesinato del embajador norteamericano Christopher Stevens. Aprovechando el clamor popular, el gobierno lanzó un ultimátum a las milicias para que entregaran sus armas en un plazo de 48 horas.
Según el presidente libio, Mohamed el-Megarief, tras finalizar el plazo establecido, se habían disuelto diez grupos armados. Aunque esta cifra es modesta, la acción puede representar un punto de inflexión. El gobierno, que aún se encuentra en proceso de formación, no se encuentra aún en disposición de hacer frente a una nutrida nebulosa de poderosas milicias.
"Está claro que no podemos desarmar a todas en dos días. La declaración es una demostración de autoridad", declaró un vocero gubernamental.
Mahmoud Jibril, ex primer ministro del Consejo Nacional de Transición y líder del partido más votado en las elecciones parlamentarias de julio, discrepa sobre el enfoque del gobierno en este asunto. Para empezar, prefiere la expresión "brigadas revolucionarias" al término milicias.
"Jugaron un papel clave para derrocar a Khadafy. En lugar de verlas como un problema, se las debe dignificar", declaró a la nacion este politólogo formado en Estados Unidos.
"No sólo se les debería ofrecer integrarse a la policía o al ejército, sino financiar sus estudios superiores."
En comparación con los otros protagonistas de la "primavera árabe", la transición libia cuenta con ventajas e inconvenientes. El mayor de éstos es construir un Estado. Con la finalidad de evitar el surgimiento de cualquier centro de poder que pudiera representar un peligro a su gobierno, Khadafy se negó a construir instituciones estatales sólidas, y gestionó el país a través de redes clientelares informales que distribuían las rentas obtenidas con la exportación del petróleo.
Reconciliación
La falta de instituciones complica no sólo la democratización, sino la puesta en marcha de un proceso de reconciliación tras una guerra civil que dejó miles de muertos.
Pero esta realidad representa, a la vez, una oportunidad de reconstruir el país con nuevos cimientos: durante los próximos meses se elegirán 60 representantes que deberán redactar la nueva Constitución. Jibiril consideró que todos los sectores de la sociedad libia, incluso los salafistas e islamistas radicales, deben formar parte del proceso.
El islamismo en Libia fue derrotado en las urnas, y el ataque al consulado de Benghazi fue obra de una minoría marginal. Aquel estallido de violencia ocultó una realidad que Occidente pasa por alto: Libia es hoy el país árabe más pro norteamericano. Según una encuesta de Gallup, hasta un 54% de los libios aprueba el liderazgo de Estados Unidos, y cerca de un 70% está a favor de la cooperación con Occidente.
Los lazos económicos con Occidente son fundamentales para el éxito de la transición. Hoy el país produce 1,6 millones de barriles de petróleo diarios, una cifra parecida a la anterior a la revolución. Pero sin estabilidad no llegarán nuevas inversiones par aumentar esa cifra. Además, sus líderes no quieren que la riqueza del país se derive sólo del petróleo. "Necesitamos inversiones extranjeras que creen empleos para los jóvenes y así entreguen las armas", apuntó Jibril.
Seguridad, prosperidad y reconciliación. Todos los retos de Libia están íntimamente conectados. El país podría entrar en círculo virtuoso que convierta su transición en un modelo. Pero un descenso al caos es también posible. Tras la demostración de civismo de la población en las urnas, el futuro del país dependerá del sentido de la responsabilidad de su nueva elite política..
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