Opinión. La visión sobre la regulación de la noche cordobesa.
Nadie se detuvo a investigar las costumbres vinculadas a la diversión en una ciudad universitaria y turística cómo la nuestra y mucho menos, a ver qué ocurría con poblaciones similares en otras regiones.
El resultado está a la vista: hoy a casi dos años de puesta en marcha de la normativa, los cordobeses se siguen divirtiendo de la misma manera que antes... pero más desprotegidos por el estado: los after siguen existiendo (aunque clandestinos) y los boliches cierran a la hora que se va el último cliente. Obvio, como funcionan de forma ilegal nadie controla si cumplen las normas de seguridad y ni siquiera tributan (al menos oficialmente, claro).
La omisión de consultar a los usuarios de discotecas, bares, afters y pubs a la hora de consensuar reglas claras para regular la noche incluso afecta a quienes no salen a bailar. Según confían los administradores de consorcios de la zona universitaria, desde que rige el actual horario de cierre los los conflictos en los edificios de Nueva Córdoba se multiplicaron.
Y es que cuando cierran los boliches los estudiantes vuelven a sus hogares, y siguen de fiesta, alterando todo el vecindario. Al fenómeno se lo conocer como afters caseros. “No les importan ni las multas”, explica un consorcista.
Hoy, cuando se conoce que el municipio pretende “emparchar” la ordenanza que controla la noche la duda es inevitable: ¿se reformulará la normativa para acercarla a la realidad, o se seguirá enfocando la discusión en torno a los intereses sectoriales?
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