Por Fernando LabordaEn los últimos días, tras los multitudinarios festejos del Bicentenario, se ha especulado con la posibilidad de que veamos un Néstor Kirchner más moderado y conciliador. Por ahora, se trata de una utopía.
Uno de los problemas que más acosa a Kirchner se presenta en las clases medias urbanas y, en particular, en la Capital Federal, distrito donde debería alcanzar una intención de voto cercana al 25 por ciento para poder pelear la presidencia de la Nación.
No pocos dirigentes del oficialismo están convencidos de que si Kirchner y el gobierno de su esposa se mostraran más moderados y abiertos al diálogo, deberían recuperar posiciones en los sectores medios.
El problema es si Kirchner está convencido también de eso. Porque, por lo general, el ex presidente parece sentirse más cómodo en el cambio de golpes y el nivel de profundización de los enfrentamientos con los enemigos que elige hace que la crispación y el ensañamiento se retroalimenten en forma permanente.
No es inhabitual que los líderes políticos modifiquen su ideología en función de conveniencias personales o de cambios de corriente en la opinión pública. Pero es mucho más difícil que puedan modificar su personalidad y su estilo de gestión, en especial cuando vienen ejerciendo el poder durante más de dos décadas y se han acostumbrado a reciclar ese poder mediante el conflicto, como Néstor Kirchner.
Como en la fábula de la rana y el escorpión, ir en contra de la naturaleza no resultará sencillo para el ex presidente.

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