Con su proyecto de promoción industrial, el kirchnerismo quiere -al igual que la dictadura- crear un sistema económico que beneficie a sus empresarios amigos y un sistema político unitario, caudillesco, obsecuente.
Ése es el debate político de fondo. Lo demás -incluso los perjuicios concretos a Mendoza en beneficio de las provincias vecinas- es secundario frente al modelo de Nación que se propone con estas iniciativas.
La promoción en dictadura. El proceso militar buscó con la ley 22.021 de Videla y Martínez de Hoz (más sus continuaciones con Bignone) algo mucho más importante que favorecer la promoción económica de las provincias beneficiadas. Lo que pretendían los golpistas era que la nueva estructura de poder económico creada por ellos (el capitalismo prebendario de amigos) les permitiera permanecer para siempre -directa o indirectamente- en el poder, a través de los exponentes nacidos al calor y la protección del “nuevo Estado”.
En ese sentido, las leyes promocionales fueron uno de los modos por el cual avanzaron con su “proyecto nacional” sobre el centro-oeste argentino. Y, claro, la principal perjudicada fue Mendoza ya que por su nivel económico e institucional, nuestra provincia tenía un capitalismo menos dependiente de los favores oficiales, menos maleable. Por eso, porque Mendoza era estructuralmente refractaria a esos designios, es que Martínez de Hoz hasta dejó caer al grupo económico local con el que pretendía perpetuar su modelo económico también aquí.
La promoción en democracia. Lo que ocurrió cuando llegó la democracia, ya consolidado el nuevo poder económico creado por la dictadura (que -como era de prever- decidió abandonar a sus creadores políticos-militares cuando estos entraron en desgracia), fue la lucha entre las provincias beneficiadas para mantener lo más posible el régimen ventajoso para ellas, y Mendoza tratando -mejor o peor, según los gobiernos- de que ese sistema terminara de una buena vez.
En el interín, algunas provincias aprovecharon mejor que otras la promoción.
San Luis, con un liderazgo político en serio, la utilizó para consolidar del mejor modo posible lo único que estos regímenes prebendarios permiten: un capitalismo de Estado, autoritario en lo político, caudillesco en lo institucional pero autosuficiente, aislado y medianamente eficiente en lo económico (nada que ver con el modelo económico mendocino en su esplendor, pero con mayores realizaciones que ese mismo modelo en crisis, como se halla hoy en Mendoza).
Otras provincias como Catamarca y La Rioja no la supieron aprovechar en nada, por eso hoy claman por su supervivencia para que sus élites puedan seguir viviendo como hasta ahora, ellas ricas y sus pueblos pobres.
San Juan tampoco la aprovechó, pero la aparición de una nueva dinastía familiar, los Gioja, la necesita imperiosamente para su proyecto político estratégico: constituirse en el otro San Luis de la región.
O sea, a la promoción industrial se la puede aprovechar mejor o peor, pero nunca con ella sola se puede crear un capitalismo en serio, autosustentable como tuvo, y aún tiene, Mendoza. Lo que no quita a los dirigentes de nuestra provincia su inmenso faltante en política regional, al no haber sido capaces de liderar las aspiraciones de los vecinos para integrarlos a su modelo de desarrollo (y con ello fortalecer a la propia Mendoza), en vez de limitarse solamente a reclamar por los privilegios vecinos y, además, hacerlo mal.
En los ‘90, como al menemismo no le interesaba crear su propia “burguesía local”, se limitó a convivir con la generada en épocas militares, mientras abría las puertas al capital extranjero. Pero todo ello sin tener en mente un nuevo proyecto estratégico del país, más del que esos nuevos supuestos actores económicos (los nacionales previos y los internacionales nuevos) lograran en su connivencia o competencia.
O sea, no se armó un capitalismo en serio en el que los “capitalistas” existentes adentro o atraídos desde afuera, debieran adecuar las prácticas prebendarias a otras competitivas, sino que se dejó que cada uno peleara con el otro a ver cuál era más prebendario. Por eso, con respecto a la promoción industrial, Menem dejó que cada provincia instituyera los cupos como se les viniera en ganas. Hasta la semana pasada, todo seguía más o menos así: extendiendo en el tiempo los regímenes mientras se le daba una palmadita en la espalda a Mendoza, diciéndole que aguante, que el sistema ya termina.
En tanto, nacía una hormiguita que mientras los mendocinos emitían protestas formales, hacían juicios creyendo en la Justicia, firmaban acuerdos extrajudiciales creyendo en los acuerdos, o besaban las manos del poder nacional creyendo en los efectos bienhechores de los besos.... esa hormiguita -hoy devenido hormigón- llamada José Luis Gioja, les juraba falsamente a los mendocinos que él no quería más promoción que la que ya había y que aceptaría dignamente su finalización.
Mientras, secretamente, hacía que todos sus hermanos, primos y tíos (o sea, todo su plantel de gobierno) recorrieran hasta el último de los pasillos del Gobierno nacional para lograr una ley (o decreto, igual da) que eternizara la promoción, a fin de que le diera tiempo de apoderarse de San Juan como los Rodríguez Saá se apoderaron de San Luis.
Por lo tanto, aunque nos afecte económicamente, nuestras felicitaciones a tantos méritos de la dirigencia sanjuanina, ante tanta ingenuidad (por decir poco) de la nuestra, que hasta trató a Gioja como un aliado político.
La promoción kirchnerista. Pero el enemigo de Mendoza no es San Juan sino un gobierno nacional que ahora -supuestamente “por izquierda”- pretende lo mismo que buscó la dictadura militar por “derecha”: Un modelo económico a favor de los amigos empresarios del poder y, básicamente, de los creados directamente por este poder político contando con el apoyo ideológico de todos sus cómplices locales, esos que acusan a los mendocinos de aldeanos o aislacionistas y les proponen “integrarse al proyecto nacional y popular”.
Es por eso que la médula, la esencia del nuevo proyecto político-económico de promoción industrial no es tanto su prolongación en el tiempo, sino el retorno (como en la dictadura) a la autorización de los proyectos y a su control impositivo por parte del Gobierno nacional, que es el que decidirá quién entra y quién sobrevive en el nuevo esquema de capitalismo prebendario. De allí el enojo de San Luis, al cual se le quita esa prerrogativa, porque también se busca afectar a los caudillos díscolos para suplantarlos por otros sumisos.
En síntesis, el kirchnerismo intentará usar la promoción industrial para el mayor enriquecimiento de sus amigos “capitalistas”, por estos pagos y para el fortalecimiento de su modelo político, mediante caudillos que reproduzcan a nivel local su “proyecto nacional”.
Se trata de un postulado estratégico, no de un parche más.
Mientras no se sintió con tanto poder para encarar tan audaz iniciativa, el kirchnerismo calmó a Mendoza con mentiras como las de Portezuelo del Viento vía Cobos o haciendo creer a Jaque que la buena letra implicaba buena paga hasta ahora, en que Kirchner se cree con fuerzas suficientes para explicitar acabadamente lo que siempre pensó de esta provincia, de su pueblo y de sus dirigentes: que Mendoza no entra en su esquema de poder, ni aún con gobiernos obedientes a todos sus designios. Que ni hoy ni nunca le importamos. Ni aun alquilando vicepresidentes, ni aun teniendo gobernadores que dan la vida por aquellos que intentan quitársela a Mendoza y los mendocinos.
Sin embargo, ni aun eso es lo peor porque Mendoza, a lo largo de su historia, supo salir de embestidas tanto o más fenomenales que ésta y seguir siendo Mendoza, aunque fuera a los ponchazos. Lo peor es que el virus del caudillismo entre en la provincia no por obra de los caudillos nacionales o vecinos sino porque su élite -frente a la impotencia en la lucha por defender sus derechos e intereses- decida someterse y entonces pida que nos den la misma promoción o que, al menos, nos den un “cachito” de algo, una limosna de compensación.
Como aceptando dejar de ser lo que siempre fue Mendoza, aun en decadencia. Como clamando por la aparición local de un nuevo fraile Aldao que no sólo se entregue al poder nacional sino que también acepte que Mendoza sea como el poder centralista quiere que sea.
Y no sólo la élite. Conviene recordar que en los anárquicos tiempos de 2003, el pueblo de Mendoza -indignado con su dirigencia y aún bajo los efectos del que se vayan todos- votó mayoritariamente a favor de Adolfo Rodríguez Saá como presidente de la Nación.
Ojalá que la desesperación que en ese momento cundió en el pueblo, no cunda esta vez entre sus dirigentes y decidan, para salvarse ellos, entregar Mendoza entera -no sólo su gobierno- al nuevo amo y señor del caudillismo centralista, unitario y preconstitucional que hoy está gobernando la Nación.


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