Por Eduardo Van Der KooyToda la estrategia política del matrimonio presidencial gira alrededor de los medios de comunicación. El desenfoque oficial sobre la inseguridad tuvo que ver con eso. Empieza a haber fatiga en ministros y legisladores. También, descontento subterráneo en Buenos Aires.
Los Kirchner han tomado una decisión. Las luchas políticas de este tiempo, cruciales en sus convicciones para llegar con posibilidades al 2011, deberán estar apuntaladas en la calle.
Buscando transmitir un acecho y un atemorizamiento que consigan alejar al ciudadano común. Ese aprendizaje lo consolidó el matrimonio durante décadas, en la lejanía de Santa Cruz.
Los recursos utilizados, aunque podrían indicar lo contrario, resultan inversamente proporcionales a su actual fortaleza política. La apelación al sindicalismo de Moyano y a las organizaciones piqueteras fueron, con más y con menos, constantes en la vida kirchnerista.
Pero está amarillento su Gobierno, ausente el peronismo que le es todavía fiel, diezmada la capacidad de maniobra en el Congreso y disperso el lote de gobernadores del PJ y de intendentes bonaerenses.
Aquellas apariencias de una vigencia intacta no llamarían a engaño.
El objetivo de los Kirchner continúa siendo ahora los medios de comunicación.
Aseguran que el ex presidente diseñó con el titular del COMFER, Gabriel Mariotto, la nueva grilla para los canales de televisión donde los favorecidos fueron aquellos del Estado (del Gobierno) o de los empresarios socios del kirchnerismo. El matrimonio posee un conocimiento rústico y trivial sobre la comunicación. Supone que aquel ordenamiento podría resultar determinante para convertir los mensajes kirchneristas en un credo de toda la sociedad . La realidad es más compleja y responde, sobre todo, a los patrones con que los ciudadanos eligen la manera de informarse.
Esos patrones tienen un vínculo férreo con criterios de libertad.
Esos mismos criterios que los Kirchner acostumbran a poner en duda.
Los Kirchner creen muchísimo más en la capacidad de manipulación . Están convencidos –lo demuestran cada día– que si se evita hablar de inflación o de inseguridad esos problemas desaparecerían de las preocupaciones sociales. Si así fuera, el matrimonio debería estar hoy en la cima de una nación feliz. El kirchnerismo ha tejido una red de más de 150 medios de comunicación que se ocupan de difundir aquel mensaje. Casi ninguno de ellos ocupa un sitio preponderante en la audiencia. Un medio de comunicación debe transmitir, sobre todo, confianza. Si además responde al Gobierno, requeriría raudales de esa confianza.
Es lo que los Kirchner vienen dilapidando desde el 2008, cuando estalló el conflicto con el campo.
Los Kirchner avanzaron la semana pasada con nuevas normas sobre la ley de medios –los plazos de desinversión– que están trabadas por medidas cautelares, una de las cuales debe resolver la Corte Suprema. Los jueces tienen una decisión tomada pero demoran su anuncio público, vacilantes por adivinar cuál podría ser la reacción del poder.
La obsesión de los Kirchner con los medios condicionan su política hasta un punto de extravío.
Que lo digan, si no, sus diputados: debieron someterse a un riguroso castigo opositor por la renuencia a debatir sobre las salideras bancarias. Un punto en boga en el abanico gigantesco de la inseguridad. Por dos semanas consecutivas se negaron a dar quórum llevados de las narices por órdenes emanadas desde Olivos.
¿Que órdenes? Habilitar el debate sobre la inseguridad hubiera allanado el tránsito de la oposición para otra cosa: votar que el proyecto para declarar de interés público el papel para diarios sea instruido primero por la Comisión de Asuntos Constitucionales, que conduce la peronista disidente Graciela Camaño, y no por la de Comercio, en manos del kirchnerista Gerónimo Vargas Aignasse.
La oposición salió con la suya con el problema de las salideras pero, como le sucede muchas veces, se metió en una encrucijada. Aquel cambio de comisiones no pudo cristalizarse porque, voluntariamente o no, el diputado Pino Solanas le terminó arrojando un salvavidas al kirchnerismo.
La cuestión de la inseguridad y el monotematismo de los Kirchner van provocando grietas. Aníbal Fernández, el jefe de Gabinete, descalificó con su irrenunciable estilo ladrador la aprobación sobre salideras bancarias. Tal vez, no se había enterado que el bloque kirchnerista había terminado acompañando esa sanción para atenuar el papelón. Agustín Rossi, el jefe de los diputados oficialistas, se lo hizo saber a su modo, brutal. Florencio Randazzo también tomó distancia.
Entre el jefe de Gabinete y el ministro del Interior existe un encono creciente.
Daniel Scioli también rezonga por la actitud esquiva de los Kirchner. Al gobernador de Buenos Aires le cae a diario sobre su cabeza, mucho más que a otros, la cuestión de la inseguridad. Es prácticamente de lo único que se ve forzado a hablar. Por esa razón, suele improvisar frases en situaciones comprometidas. Fue lo que hizo ante los familiares de Carolina Píparo, la mujer embarazada víctima de una salidera que perdió a su hijo recién nacido. Su alusión a “las manos atadas” se le volvió en contra como un tornado.
Kirchner lo felpeó delante de políticos, sindicalistas e intendentes del PJ. Esos hombres se fueron del acto del jueves en La Boca con l a imagen de un gobernador depreciado.
Con ese cuadro, sus proyectos políticos –la reelección– tendrían escasas chances de prosperar. ¿Qué hacer entonces? Su jefe de Gabinete, Alberto Pérez, es el numen de la fidelidad con los Kirchner. Hay quienes le advierten, en cambio, que podría estar ante la última oportunidad para dar un salto. ¿Lo hará? Difícil. Scioli parece atrapado por el síndrome de la mujer golpeada.
Se queja del matrimonio, aunque vuelve bajo su ala una y otra vez.
La recurrente ira del ex presidente no daña sólo al gobernador. Hay una corriente subterránea de intendentes bonaerenses desencantandos, que se torna cada vez más intensa.
“Si le hace eso a Scioli, ¿qué nos espera a nosotros?” , preguntó uno de ellos. Comenzó a aflorar en esa geografía un llamado “Grupo de los 8” que aglutina a jefes de distrito. A esos hombres les preocupa el rumbo de los Kirchner. También. la influencia de Moyano en Buenos Aires.
Un lote de legisladores kirchneristas y de aliados exhiben signos de saturación por la frecuencia con que los Kirchner los empujan a batallas inútiles e inciertas. La mayoría se embarcó en la embestida contra Papel Prensa.
“Ni siquiera han podido presentar la denuncia sobre supuestos delitos de lesa humanidad. Un desastre” , razonó un diputado. Otro bramó por la reticencia kirchnerista sobre la inseguridad.
A los Kirchner no parece interesarles demasiado el ánimo de la tropa. La política, para ellos, son los medios de comunicación, los empresarios y la Justicia. También, los opositores. Otra vez los labios traicionaron la cabeza de Cristina. Su respaldo a la ocupación de escuelas y facultades desnudó dos falencias graves: su falta de cabal conciencia sobre l o que significa el ejercicio de la primera magistratura y su pensamiento de corto plazo, avaro, orientado apenas a perjudicar al adversario.
Cuando soltó la imprudencia que soltó, la Presidenta pensó en Mauricio Macri. Pero no se ocupó de otear, siquiera, la línea del horizonte: ese aval presidencial a las protestas estudiantiles –de origen legítimo– podría ayudar a expandir un conflicto que, de circunscripto al ámbito porteño, correría riesgo de abarcar el plano nacional.
Macri está complicado. El rebrote de las protestas estudiantiles lo encontró de viaje por Europa. Su ministro de Educación, Esteban Bullrich, batalla lo que puede. Pero no le alcanza. La gestión del macrismo trasunta ciertos grados de impotencia .
El presente del jefe porteño está amenazado por aquella rebeldía estudiantil, por la causa de las escuchas ilegales que no le da tregua y los infortunados derrumbes en la ciudad . El futuro es un enigma grande. Ese futuro tiene que ver con su proyecto presidencial. Pero el proyecto tampoco está disociado de los avatares del peronismo disidente. Los disidentes no tienen los problemas de gestión que enfrenta Macri, pero navegan entre intrigas y vanidades personales. Una foto (la de Eduardo Duhalde, Felipe Solá, Alberto Rodríguez Saá y Mario Das Neves) no alcanza para enmendar todo.
Elisa Carrió lanzó una nueva cruzada personal. Los radicales y los socialistas progresan: Hermes Binner preferiría de candidato a Raúl Alfonsín. Pero estará en la fórmula si el elegido fuera Julio Cobos .
Todos tienen aún un largo camino por recorrer. Pero un tiempo estrecho. Hay una sociedad que indaga acerca de qué vida podría haber en la Argentina después del kirchnerismo.
























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