El juego de las provincias

La certidumbre de que Cristina Fernández será la próxima presidenta de la Nación no puede ocultar la incertidumbre que persiste sobre el rumbo que tomará su gestión.
Es posible que eso se esté decidiendo justamente ahora, y, por eso, muchos hechos de estos días admiten dobles interpretaciones. Ayer, la plana mayor de la conducción económica (Amado Boudou, Débora Giorgi, Mercedes Marcó del Pont) dijeron en varios foros que el Gobierno seguirá apostando al consumo interno, al pleno empleo y al “desendeudamiento”. Pero todos esos son fines que pueden alcanzarse con distintos medios, incluso opuestos entre sí.

Ejemplo: la creación de empleos poco productivos puede promoverse abaratando los salarios con inflación/devaluación. Y empleos más productivos pueden facilitarse creando condiciones para el ahorro, el crédito y la inversión, algo que se lleva a las patadas con la inflación.

Ninguno de los funcionarios precisó cómo se revertirá el deterioro paulatino de los superávits comercial y fiscal que acompañaron a aquellos tres objetivos en estos años.

Al mismo tiempo, quien ha sido tal vez el dirigente empresario más complaciente con el kirchnerismo, el presidente de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, Adelmo Gabbi, planteó ayer mismo, con un énfasis poco usual, que es “urgente solucionar el problema con el Club de París” y que “es muy importante solicitar al Fondo Monetario que venga a revisar lo que se llama el artículo cuarto”, en referencia a la capacidad de auditoría del FMI sobre las cuentas de un país.

La gestión de Cristina Fernández parece estar tomando impulso, aunque no tenemos certeza de si será para ir hacia un lado o para el otro. Cada vez cuesta un poquito más encontrar el dinero y, cuando eso sucede, hay tres alternativas: ponerse amable y pedir prestado; ponerse duro y meter un nuevo impuesto o apropiarse de la renta o del capital de alguien; o hacerse el distraído y seguir haciendo que la inflación pague las cuentas.

Como política y economía no son escindibles, este estar sobre el filo de la red se replica en aspectos institucionales y políticos.

Un ejemplo es el aumento del salario mínimo. El aumento del 25 por ciento (definido por Cristina Fernández en persona) fue interpretado como un parate al poder gremial de Hugo Moyano. Pero también tiene una doble lectura: si ése es el piso de la próxima negociación salarial, para el comercio exterior significará una pérdida extra de competitividad cambiaria, mayor a la que esperaban.

Viento de cola

El viento sopla fuerte para los oficialismos. Salvo Catamarca, en las elecciones de provincias y en las primarias nacionales los gobernantes fueron ratificados.

Los resultados de los últimos dos domingos fueron contundentes: en Córdoba, el triunfo del justicialismo fue cómodo y en el país, el respaldo a Cristina, abrumador.

Escaso conflicto social, alto nivel de consumo, expectativa de estabilidad son algunas de las múltiples variables que han contribuido a que la gente decida ratificar rumbos.

Se viene ahora la elección a intendente de la ciudad de Córdoba. No hay candidato oficialista. Nadie saldrá a defender la gestión de Daniel Giacomino, lo que confirma una tendencia que se da desde el regreso de la democracia en la capital provincial: salvo los que fueron a la reelección, nadie quiso quedar pegado con el intendente que gobernaba.

En 1991, Rubén Martí hizo campaña distanciado de su correligionario intendente, el luego fallecido Ramón Mestre. “Uno de nosotros”, era el eslogan central de la campaña de Martí, que no quería saber nada con Mestre. En la ceremonia de traspaso del mando, el 10 de diciembre de aquel año, protagonizaron un fuerte cruce verbal.

En 1999, después de dos gestiones de Martí, el radical Mario Negri tenía como eslogan central “ahora los barrios, ahora la gente”, sin mencionar casi nunca a su correligionario gobernante. Aquella elección la ganó Germán Kammerath, entonces vice del recién asumido José Manuel de la Sota.

En 2003, todos hacían cola para pegarle a Kammerath. Ganó por amplitud Luis Juez.

En 2007, Daniel Giacomino, el ex vice y candidato impulsado por Juez, hizo casi toda la campaña despegándose del intendente. En el debate, arrancó diciendo: “Van a escuchar gente que dice que dos personas que son diferentes son iguales, pero son diferentes, no son iguales”. Después, al final de la campaña, vino el tardío aviso de los mates. El resto es historia conocida.

2011 encuentra a todos los candidatos con un perfil crítico a la gestión municipal.

La incógnita parece ser Olga Riutort, que se alistó en la triunfante tropa K, donde Giacomino revista desde los tiempos más adversos.

Pero Riutort se quiere colgar del impulso K nacional, no de la gestión municipal.

Su discurso y el de sus exégetas, como el empresario mestrista-menemista-kirchnerista Euclides Bugliotti, cabalga en uno de los aspectos más denigrantes de la política en general y del gobierno nacional en particular: sin adhesión incondicional a un proyecto político, no hay obras.

Este postulado ha sido relativizado por la experiencia de Giacomino, ya que su condición de soldado no ha sido correspondida en asistencia de fondos y obras nacionales.

Mostrar y esconder. Así como Riutort se cuelga de la ola K, el resto juega a mostrar/esconder apoyos. Héctor Campana apuesta a la tracción de la gestión de Juan Schiaretti y al impulso del triunfo provincial de De la Sota. Dómina se recuesta en la menguada supremacía juecista de la Capital. Ramón Mestre no quiere saber nada de apoyos de los derrotados referentes provinciales y nacionales de la UCR.

En medio de esos posicionamientos, les queda un mes para discutir a fondo los problemas de una ciudad en la que sus principales actores políticos parecen no enorgullecerse de sus gobernantes.

El pasado como futuro

A juzgar los discursos públicos de los principales referentes políticos que tiene la provincia en materia electoral, todo hace prever que estos comicios de octubre próximo presentarán para los formoseños un menú arto conocido: focalizar y gritar a los cuatro vientos las debilidades del enemigo y después, si hay tiempo, ofrecer un porvenir futuro sustentado en un concepto que –en otras palabras- podría leerse: “estuvimos tan mal que si miramos atrás para prometer el futuro, con poco nos puede alcanzar mucho”.

Si se hace un repaso por las fojas de servicio de cada uno de los actores, podría decirse que Gildo Insfrán, Vicente Joga, Ricardo Buryaile, y Francisco Nazar tienen razón: cada uno de sus acusados tienen puntos negativos con miras al futuro de conducción de las riendas del gobierno. El tema es que los destinatarios de los proyectiles no salen de ese grupo de cuatro personalidades que se convirtieron en los principales guías de los grupos que disputarán el poder el próximo 24 de octubre. Las acusaciones son contra ellos mismos y según sus palabras, nadie estaría en condiciones de gobernar la provincia por su historia particular.

Así: los formoseños parecemos condenados de antemano a que alguien que no merecemos nos gobernará durante los próximos cuatro años. ¿Hasta dónde eso es verdad y cuando comienza la ficción propia de una contienda electoral?

Mientras tanto, la carrera hacia el sillón de Fontana parece encaminarse definitivamente entre el actual mandatario lagunense y el padre Francisco Nazar, quien el lunes será consagrado por un debilitado Frente Amplio después de las elecciones nacionales del 14 de agosto, donde se desnudaron las diferencias que con esmero limaron los líderes de la coalición y con el mismo tesón, los mandos medios se encargaron de radicalizar posturas para no perder espacios menores.

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