Iruya a 2780 metros sobre el nivel del mar, se erige como el pueblo salteño “colgado en la montaña” a 307 km de la capital.
En sus proximidades se encuentran las ruinas del pucara de Titiconte.
Allí, los habitantes, vestimentas, costumbres y viviendas han mantenido su tradición a lo largo de cientos de años. El poblado conserva sus calles angostas y empedradas, con casas de adobe, piedras y paja.
Infiltrada la modernidad, Iruya no logró romper con la tradición protegida con tanto fervor por los habitantes de la localidad.
Poco habituados a las grandes afluencias, los lugareños se preparan para la fama turística que tienen sus místicas tierras.
Entre los lugares más imponentes para visitar, se destacan la Finca El Potrero, que ofrece la posibilidad de experimentar un encuentro con la cotidianeidad del pueblo kolla, las ruinas indígenas de Titiconte, de gran importancia arqueológica, y el pequeño poblado se San Isidro, excursión típica de Iruya que se concreta a pie o a bordo de vehículos 4x4.
Las condiciones climáticas de la zona son propicias, ya que se mantiene el calor durante el día y de noche baja la temperatura.
Fundación
El pueblo, que actualmente tiene casi seis mil habitantes, fue fundado oficialmente en el año 1753, aunque las actas de nacimiento encontradas en la parroquia de Humahuaca indican que la presencia de habitantes se remonta un siglo antes de su fundación. Estos habitantes son descendientes de los Ocloyas.
Existen varias ruinas a los alrededores que prueban la existencia de una etnia homogénea antes de la llegada de los españoles.
El trueque es una de las prácticas que se mantiene
Los primeros habitantes sobrevivieron- y continúan haciéndolo- mediante los cultivos de subsistencia. Principalmente se dedicaban a la cría de ganado, como ovejas, cabras y en menor medida la llamas. Practicaban la agricultura, cultivando maíz, papas, ocas y otros productos agrícolas. Incluso hoy siguen subsistiendo mediante la práctica del trueque.
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