Una intrincada red de distorsiones

Por Jorge Oviedo

Las abismales diferencias de valores entre el mercado local y otros en bienes que son transables internacionalmente es el resultado de la política con que el Gobierno intenta administrar los precios para favorecer o subsidiar a distintos sectores.

Con aranceles altos, cupos, trabas paraarancelarias e incluso con órdenes verbales, las autoridades deciden proteger a sectores fabriles. El resultado es que quienes compran esos bienes en el mercado local deben pagarlos mucho más caros de lo que cuestan en Estados Unidos, Chile o Brasil. Y en muchos casos son además obligados a tener que resignarse a calidades inferiores.

En el caso de los servicios públicos, el subsidio es a los consumidores, pero la trama es más compleja y asombrosa, y cuesta encontrarle la racionalidad. Los clientes domiciliarios pagan el gas más barato del mundo, pero, como la producción local no alcanza, el Gobierno importa el gas más caro del mundo y cubre la diferencia, aunque ya no a todos los clientes.

A las cuentas del sector público el esquema ha comenzado a resultarle demasiado costoso, por lo cual hizo recortes de subsidios que apuntan a que algunos consumidores paguen la importación. Eso hace aumentar el costo en los bolsillos de los afectados. Por otro lado, como le faltan dólares, cierra más la entrada de bienes, lo que hace subir los precios de la oferta local, que se queda sin competencia cuando está al tope de su capacidad de producir. El propio Estado decidió hace años pagar a los productores locales un tercio por el gas en boca de pozo de lo que le paga a Bolivia por el gas y un quinto del valor que se paga por el que viene en barco.

Pareciera ser todo el resultado de tratar de conformar una cierta visión política y económica rudimentaria que quedó en el imaginario popular tras la crisis de 2001 y 2002, y que el Gobierno consiente y alimenta.

Los usuarios de servicios públicos, al principio todos, ahora sólo los trabajadores, son en ese discurso "buenos". Las distribuidoras de gas y electricidad, "malas". No deben verse aumentos en las facturas. El resultado, las tarifas más bajas del mundo y, eso sí, la pérdida del superávit fiscal para poder sostenerlo.

Los industriales argentinos, heridos por la recesión de 1998 a 2002, son "buenos"; las aperturas económicas, incluso con los socios del Mercosur, son "malas".

Y con los productores de gas, si es por los precios que está dispuesto a pagarles el Estado, el caso es paradojal. Si lo extraen aquí, son "malos"; si lo envían de Bolivia, son "buenos", y si lo traen en barco, son "unos santos"..

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