La inflación impacta de distinta manera de acuerdo al ingreso de las familias ya que cada estrato social tiene un patrón de consumo diferente y eso hace que la suba de los precios tenga consecuencias distintas.
En 2009, según las mediciones privadas, los precios al consumidor aumentaron 17% en promedio. Pero como todo promedio, esconde realidades distintas. Por eso cuando se desagregan las cifras surge que en los hogares pobres (que destinan una proporción mayor de sus ingresos a alimentarse) la inflación trepó al 22%.
Y entre las familias ricas fue de apenas el 13%. Así la suba de los precios para los más pobres fue 70% superior a la de los más ricos.
Lo mismo pasó en los dos primeros meses de 2010. Con una inflación minorista promedio del 5,47%, entre las franjas más pobres ascendió al 6,56% y en las más ricas al 4,96%, según el cálculo de la Consultora Equis.
Y si bajamos un escalón social más, en el primer bimestre de este año la inflación para las familias indigentes (según la evolución de la Canasta Básica Alimenticia) fue del 9,9%, duplicando a la de los más ricos.
Lo que sucede es que la inflación impacta de distinta manera de acuerdo al ingreso de las familias. Y eso pasa porque cada estrato social tiene un patrón de consumo diferente y eso hace que la suba de los precios tenga consecuencias distintas.
Los hogares más pobres destinan un porcentaje mayor de sus ingresos a Alimentos y Bebidas. En cambio, las familias más ricas gastan proporcionalmente más en servicios, en esparcimiento, salud y educación, porque contratan servicios privados.
Así, un incremento en los precios alimenticios tiene un impacto mucho mayor en las clases bajas (asalariados, jubilados y cuentapropistas) y produce un empeoramiento en la distribución del ingreso
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