De la indiferencia al romance fugaz de 2003

Río Cuarto siempre le fue esquiva al kirchnerismo. Pero la ciudad tuvo un momento de acercamiento con el santacruceño, en su primera visita como Presidente. Después, su imagen se fue desgastando
Nunca hubo amor profundo entre Néstor Kirchner y Río Cuarto. Jamás, desde 2003, pudo ganar aquí una elección. Sin embargo, lo más parecido a un romance fugaz se vivió el 16 de septiembre de 2003 cuando, pocos meses después de su llegada a la Casa Rosada, recorrió en una camioneta blanca el trayecto entre el aeropuerto de Las Higueras y la Municipalidad y, como si se tratara de un deportista exitoso, vio desfilar ante sus ojos a miles de riocuartenses que, con banderas, lo saludaban efusivamente. Cuando llegó a destino, tardó una eternidad para subir el puñado de escalones del Palacio de Mójica. La gente lo abrazaba, quería tocar a ese santacruceño que había pasado de ser casi un desconocido a convertirse en la esperanza de un país que acababa de salir de un caos bíblico.

Había estado en la ciudad meses antes, el 30 de marzo de 2003, cuando faltaba menos de un mes para la elección presidencial. El acto se hizo en el Viejo Mercado y fue tan gris y frío como esa noche lluviosa, en la que casi no apareció el tradicional color del peronismo. Apenas 700 personas -la mayoría movilizadas- fueron a ver y oír a ese candidato de apellido pedregoso, que no tenía una oratoria atractiva ni elaborada, y que se había convertido en el delfín del entonces presidente Eduardo Duhalde.

Aquella noche, el diario me envió a cubrir el único acto fuerte que el santacruceño haría en Río Cuarto. Y, en lo que después se convirtió en un notable error de interpretación, cuando llegué a la redacción les dije a mis compañeros que ese flaco difícilmente podría llegar a generar grandes pasiones políticas. Casi no había despertado aplausos y, al salir, los militantes parecían abrumados hinchas de fútbol después de un soporífero cero a cero. “Che, muy pobre el acto”, fue la frase que dejé caer en el diario.

Y la verdad es que mucho entusiasmo no demostraron los riocuartenses cuando fueron a las urnas porque la performance de Kirchner ese 27 de abril de 2003 fue desastrosa. Aquí arrasó Adolfo Rogríguez Saá, con un 54 pProxy-Connection: keep-alive Cache-Control: max-age=0 ciento, y el santacruceño quedó quinto, con apenas 4 mil votos. Una lágrima. El búnker kirchnerista, que estaba en General Paz y Pedernera, era un páramo. Los dirigentes peronistas que habían apostado por Néstor se agarraban la cabeza. Algo de razón había tenido Alberto Cantero, entonces intendente, que se había mostrado reacio a recibir al candidato a presidente.

El cambio

La segunda vuelta contra Menem nunca se hizo y Kirchner se convirtió en Presidente. Cuando volvió a pisar Río Cuarto, el 16 de septiembre de 2003, la ciudad era otra. El país era otro. Después de los presidentes fugaces o de emergencia, él había generado una enorme expectativa y parecía que la defenestrada política volvía a presentarse como la herramienta idónea para mejorarle la vida a una sociedad. La destrozada imagen presidencial estaba recomponiéndose.

Ese día Río Cuarto salió a las calles para recibir a un Presidente. Atrás había quedado la indiferencia de hacía apenas cinco meses, cuando era sólo un candidato. La primera imagen que se cruzó por mi cabeza fue el contrastre entre aquel 30 de marzo y ese 16 de septiembre. También recordé que no hacía demasiado tiempo, en enero de 2002, Río Cuarto se había sumado a la cruzada en contra de la política y los políticos, cuando una multitud salió a las calles una noche de jueves y destrozó a su paso todos los símbolos del poder político, tanto institucionales como personales. Hubo escraches, funcionarios y dirigentes al borde del linchamiento, edificios y bancos atacados a patadas, ladrillazos y botellazos de alquitrán.

Ese día me pareció que había pasado mucho más tiempo, que era casi incomprensible que apenas un año y medio después la política ya no fuera un término tan excecrable. O, al menos, la mayoría de la gente tenía esperanza -o quería tenerla- en el nuevo Presidente.

Ese día Kirchner anunció frente al Palacio de Mójica que, después de décadas de cumplir a rajatabla las directivas del Fondo Monetario, quedaban definitivamente enterrados los ajustes económicos en el país y que, en cambio, se venían tiempos de inversión en materia social, en educación, viviendas y rutas.

Vuelta atrás

Hubo un tiempo en que el entonces Presidente sólo cosechaba reacciones favorables, de la mano de políticas que eran recibidas como positivas por la enorme mayoría de los argentinos, de combates contra enemigos que le eran antipáticos a todo el mundo, y de una recuperación económica veloz y generalizada. Volvió a Río Cuarto en 2006 y prometió 1.000 millones de pesos en obras en la cancha de Estudiantes, con un intendente Benigno Rins convertido en kirchnerista pertinaz y que festejó cada promesa con algarabía. Pero sólo llegaron las migajas de esas obras que, en teoría, iban a cambiarle el perfil a la ciudad y la región.

Kirchner -con Cristina como candidata a Presidenta- tampoco pudo ganar en Río Cuarto en 2007.

Ya poco quedaba de aquel romance fugaz de septiembre de 2003. En 2008 llegaría el extensísimo conflicto con el campo que, en una zona agropecuaria, cayó como una bomba de neutrones y terminó de inclinar la balanza en contra de los Kirchner. Aún hoy los funcionarios peronistas aseguran que, a pesar de una recuperación conseguida en los últimos meses, sigue siendo un lastre imposible de soportar para un candidato llevar colgado el cartelito de “kirchnerista”. Por eso, la última pelea de Juan Schiaretti y José Manuel de la Sota fue por despegar las elecciones nacionales del año próximo de las que se harán en la provincia para elegir gobernador.

Río Cuarto se llevó bien con el santacruceño sólo un momento. Sin embargo, esa foto de la gente en la calle en 2003, más que la imagen de la relación entre una ciudad y un dirigente, fue la demostración de que uno de los capítulos más difíciles de la historia argentina, la profunda crisis de 2001, estaba empezando a quedar atrás y que ya no había vacío de poder.

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