La cumbre de ministros de finanzas del G-20 ha tenido una importancia que excede por lejos las conclusiones que alumbró después de dos días de deliberaciones en Corea del Sur, incluyendo la apertura a los emergentes del directorio del FMI.
Esta batalla en la superestructura es una de las ondas expansivas más notorias del estallido de la crisis global que ha reducido la posibilidad de reconstruir el esquema previo de acumulación. Después de un primer acuerdo (G20 de Londres y de Pittsburg) para salvar a la banca con financiamiento público, las potencias están derivando hacia sus mayorías nacionales los costos domésticos de la crisis. Pero, también fuerzan una rivalidad entre ellos que deje sólo unos pocos ganadores. La pelea por ese podio es la que se está agudizando ahora y es el punto principal del peligro. EE.UU. viene de un cruce duro con China, país al que culpa de manipular su moneda para beneficiar su comercio. Pero ayer chocó también con Alemania. Berlín señala a Washington por incurrir, precisamente, en lo mismo que critica: “la creación excesiva de dinero es una manipulación indirecta del tipo de cambio”, dijo el ministro de economía alemán, Rainer Bruederler ayer en la cumbre de Gyeonghu. El comentario apuntaba al Banco Central norteamericano que insiste en que aumentará la inyección de liquidez, un mecanismo para bajar la paridad del dólar.
Estos jugadores mencionados aquí, EE.UU., Alemania y China, son las mayores economías del mundo. Japón, el aliado tenaz de Washington y que integra ese grupo, ya intervino por primera vez en seis años en su esquema de paridades. Son colosos en un plano inclinado, que se muestran las uñas para una pelea imprevisible por el control de los mercados comerciales.
Lo que Washington pretende es imponer su liderazgo sobre sus socios, como ha venido ocurriendo desde que ese país se convirtió en la mayor potencia mundial. Pero este tsunami financiero ha desnudado algunas cuestiones que deberían observarse con atención para comprender qué se juega en la trastienda. EE.UU. no tiene ya el poder económico del que gozaba hace una década cuando era acreedor total. Hoy es deudor extraordinario de Asia y su rojo fiscal lo encadenará por años. Ese perfil reduce la capacidad coercitiva norteamericana y obliga a negociaciones como las que ha venido intentando sin suerte con China. Otro dato clave es que Beijing dio un salto de calidad a partir de esta crisis. El año pasado se convirtió en el tercer voto en magnitud del Banco Mundial y ahora lo será del FMI. Ese paso no es una concesión, sino una cuestión de relaciones de fuerza objetivas que amplifican, además, la responsabilidad global del gigante asiático. Y que son fuente, también, de las tensiones políticas internas que comienzan a hacerse visibles en esa potencia sugiriendo el alcance de su proceso de maduración.
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