El poder tiene esos pliegues que para quienes no lo ejercen resultan ininteligibles. "La soledad del poder", como marcan muchos, tiene esos vericuetos que no pueden explicarse fácilmente.
La terquedad se convierte en torpeza y la torpeza lo deja aún más solo. Ha tenido suerte hasta ahora, pero no debería abusar de ella, al menos si quiere permanecer en el poder. Apuesta al tiempo y al desgaste, más aún, a la persecusión y al miedo, herramientas que le han servido para mantenerlo en su lugar, pero también, para alejarlo cada vez más de su sueño bruñido en bronce: "Quiero ser recordado como un hombre bueno".
Como entender el hambre quien jamás lo ha sufrido. Cómo entender el frío quien ha estado siempre cobijado. Cómo entender de salarios básicos y de igual retribución por igual tarea quien tiene para gastar sin rendir cuentas 40 millones por año. Casi la misma cifra que le serviría para destrabar el conflicto docente. Pero la quiere para gastarla él solo, a su antojo.
"Quiero ser recordado como un hombre bueno", se repite. Lo repite. Como si repetirlo sirviera por si mismo para que se transforme en realidad. Habla para la historia, habla desde el bronce, imagina hitos, edificios, rutas... monumentos para la posteridad, para su posteridad.
Como en el Pueblo Blanco que canta Serrat, "el sacristán ha visto hacerse viejo al cura, el cura ha visto al cabo y el cabo al sacristán y mi pueblo después, vio morir a los tres. Y me pregunto, por qué nace la gente, si nacer o morir es indiferente..."
Eso parece ser la gente para él: números que cierran o no tanto. La gente nacerá y morirá como en ese pueblo "colgado de un barranco". Pero los hitos, los edificios, las rutas, las megaobras, permanecerán en el tiempo y confía en otra letra de canción -de la que no le gustan los vericuetos laterales que posee, pero toma la parte que le conviene- "Si la historia la escriben los que ganan..." Y el que ganó fue él, con el 50 y pico o el 90 %, según quien lo diga o cómo se interprete. Ya lo dijo su hermano: "si no les gusta, eljan a otro".
Importa poco la verdad, porque el que gana es el que escribe su propia historia. Y él la está escribiendo. Rebautizó el Río Seco y nadie dijo nada. Nombró Ciudad al pueblo que inventó en medio del desierto y la mayoría tomó como cierto el hecho. Dijo que había nacido un Río Nuevo y nadie se animó a discutir el nombre. Ahora renombrará Juan Martín de Pueyrredón al departamento La Capital y será así por siempre y para siempre. Caprichoso, "malcriado", dirían los más ancianos.
Pero la letra de Mignona continúa "...eso quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia, quien quiera oir que oiga". Ricardo Videla -el hombre de la SAPEM y ahora mano derecha del hombre, conocía a Eduardo Mignona. ¿Se lo habrá presentado antes de la muerte del cineasta? ¿Habrá conocido la segunda parte de la letra? ¿Habrá entendido el profundo mensaje que quiso dejar en "Evita - quien quiera oir que oiga"?.
La mentira es un gesto desesperado. La amenaza es peor aún. Son gestos que marcan el comienzo del final, la decadencia. ¿Se lo habrán hecho saber? O los que comparten con gestos burdos la soledad del poder ¿también disfrutan un poquito la caída de aquel que jamás los dejará crecer como quisieran?
Primero recurrió a la mentira, ahora a la amenaza. ¿Qué es lo que sigue? ¿Han comenzado a relamerse sus antiguos y actuales 'compañeros' -que hablan por detras y a sotto voce- esperando recoger lo que quede de las ruinas, si es que el desastre se produce?
El tiempo, al que recurre para desgastar a sus ocasionales enemigos, tiene la última palabra. Mientras tanto, no importa cuantos son los docentes que están en lucha, sino que siguen marchando...
Le quedan dos caminos: reconciliarse con el pueblo o acercarse peligrosamente al abismo, camino del que no siempre se puede volver.
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