Impacto ambiental: asedio de bolsas plásticas

Campo sobre Ruta 5 y Acceso Avellaneda- ingreso a nuestra ciudad-.
Tras un día de viento, abundan los desperdicios plásticos En nuestro país se consumen alrededor de 2.000 millones de bolsas de polietileno por año, lo que equivale a unas 66.000 toneladas, y ya es un factor preocupante de contaminación ambiental; en nuestra ciudad, parte de estos desechos acaban en las áreas rurales en perjuicio de la fertilidad del suelo. El nylon tarda entre 100 y 400 años en biodegradarse.

Cuando el viento sopla fuerte en nuestra ciudad, es común ver en las parcelas rurales más próximas, allí donde acaba el casco poblado y comienza el campo, desechos plásticos diseminados.

Centenares y miles de restos de polietileno se alojan en la superficie productiva; una buena porción de ellos para siempre, ya que no es posible recolectarlos y la degradación no es un proceso rápido. Algunos estudios científicos sostienen que las bolsas de plástico tardan en degradarse de100 a 400 años, según su densidad medida en micrones.

Al descomponerse en petro polímeros más pequeños y tóxicos terminan afectando la calidad de vida, al degradar el medio ambiente a través de la contaminación del suelo, de los reservorios de agua, o afectando directamente a la fauna y la flora.

“NADAR” EN EL PLÁSTICO

Por años fue una queja reiterada de productores rurales cercanos al basurero municipal. Sus explotaciones han sido “minadas” con desperdicios plásticos durante décadas. La tarea de extraerlos manualmente no es sencilla y menos hacerlo con la periodicidad requerida. Lo natural fue aceptar, con resignación, este “contratiempo” de la vida moderna. Pero una buena parte de estos desechos, cuando la tierra es roturada, quedan bajo la superficie. Algunos productores sostienen que hoy, al cavar un pozo en sus parcelas, llegan a detectar sustancias plásticas en una profundidad que “cuesta creer que hayan llegado hasta ahí” por efecto de las sucesivas roturaciones.

Si bien son estos productores rurales que están más próximos al basural los principales damnificados, y le siguen aquellos con explotaciones aledañas a las áreas urbanas, como se puede apreciar en la imagen fotográfica, no son los únicos afectados. En menor cuantía se observan estos mismos desechos en áreas más apartadas, lo que da cuenta del preocupante volumen de basura que hoy se esparce fuera del tratamiento más indicado. Es obvio que en el casco de la ciudad, sobre todo en los barrios de la periferia, también existe este problema en perjuicio ya no de la fertilidad del suelo sino de la higiene y salubridad de los vecinos.

CONSCIENCIA AMBIENTAL

Por cierto, el tema de la reubicación del basurero municipal y la mejor forma de procesar nuestra basura ocupó, en los últimos tiempos, a las autoridades municipales. Donde quiera que se instale, conscientes del problema descripto, oportunamente buscarán la forma de disponer de algún tipo de vallado que haga más efectiva la contención evitando los efectos del viento. Sin embargo no todo el problema acaba allí. Hay algo que nos concierne a los ciudadanos. La manipulación de nuestros propios residuos debe ser una tarea consciente y comprometida con el prójimo y con el medio ambiente. Ya que es bastante común hallar en los espacios públicos o en aquellos sitios, al aire libre, que los pehuajenses elegimos para el esparcimiento, demasiada basura fuera de lugar, obra de un uso descomprometido con el espacio común.

“El individuo desaparece pero las generaciones se suceden, lo nuevo es la fragilidad del planeta”, sostuvo recientemente el intelectual Carlos Ginzburg.

La certeza de que el mundo no acaba con nosotros, exige ampliar nuestra mirada con respecto al cuidado del medio ambiente y comprender que los problemas ecológicos exceden a las políticas estatales. Porque cada día es más fuerte la necesidad de que nos comprometamos como ciudadanos, ya que la protección del lugar donde fundamos nuestras vidas y la de futuras generaciones, es un asunto que nos compromete a todos. A veces, no depende tanto de grandes inversiones como del sentido común e ínfimas acciones en nuestra vida cotidiana.

Cuidar la ciudad, no sólo en su aspecto exterior sino también sus recursos para el presente y para las generaciones venideras, exige nuestro compromiso de ciudadanos, en sintonía con las responsabilidades del Estado.

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