Es por lo menos curiosa la situación en que se encuentran los funcionarios del Departamento Ejecutivo y también los concejales. Rubén Curto.
La particularidad de que ambas escalas salariales vayan de la mano y estén enganchadas entre sí (eso ocurre desde 2008), los pone indefectiblemente de los dos lados del mostrador. Y en algunos casos los hace caer en situaciones un tanto paradójicas.
Quienes negocian la pauta salarial con el Suoem son quienes deben cuidar la caja municipal en nombre del Ejecutivo, a veces llevando ese rol – al menos en los papeles – a puntos extremos. Se dio con Daniel Giacomino, cuando se autoimpuso por ordenanza que no destinaría más del 50 por ciento de los recursos a sueldos, pero luego incumplió. Y se da ahora con Ramón Mestre, que describe las finanzas de la ciudad como un páramo que llevará meses (y tal vez años) antes de ver crecer una flor, pero a la vez no tiene manera de esquivar una suba salarial que compense el deterioro por inflación.
En un brete similar suelen quedar empantanados los concejales cuando deben aprobar los incrementos salariales.
En los últimos cuatro años, cuando los ediles radicales eran oposición se negaron siempre a votar los aumentos que lograba el Suoem, pero nada impedía que ellos mismos los cobraran. Ahora son oficialismo, no pueden mirar para otro lado y se ven obligados a convalidar las subas.
Y en filas opositoras también suelen ser eximios equilibristas. Ayer las dos bancadas peronistas rechazaron el aumento, pero previamente dieron la preferencia para que el tema se votara en el recinto.


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