Está dentro del Balneario Municipal de Villa Larca. Unos 20 minutos de caminata conducen a la caída de agua. La cascada Esmeralda es otra atracción.
La caminata hasta el Chorro de San Ignacio es un clásico del camino de los Comechingones. Por el atractivo que significa ver una caída de agua desde 18 metros, pero también porque el camping municipal que queda en Villa Larca invita a pasar el día con su oferta de piletas, asadores, juegos para niños y buena sombra para descansar.
El predio es una babel. De un Peugeot 504 sale música tropical pero a un volumen soportable, tres niños corretean con un caniche que parece volar y ya no quedan parrillas disponibles. El humo de los chorizos abre el apetito de cualquiera y las piletas esperan al sol por los visitantes. La mañana le va dejando el protagonismo al mediodía y hay pocos bañistas, quizá porque la sombra parece más acogedora. Un puesto de artesanías comienza con las ventas y un hombre mayor se desdobla: atiende dos discos donde se cocinan empanadas y un tablón con muñecas hechas en hojas de palma. “Las grandes valen $50 y las chicas, $40”, informa, mientras una señora le revuelve los sombreritos que cuestan $10.
Veinte metros más adelante se puede comenzar la caminata al chorro. Los que tienen auto pueden subir una cuesta asfaltada, estacionar en 45 grados e iniciar el periplo desde otro sector, luego de bajar una escalera hecha en la piedra. El sol pega fuerte, pero como el camino es angosto y serpentea entre molles y espinos, el clima es un poco más fresco. Además, el agua vierte de las paredes de roca y moja el suelo, lo que lleva a tener cuidado por un lado, pero también brinda sensación de alivio. Lo mismo que el ruido del agua del arroyo El Tala, nuestro compañero de aventuras, que baja en dirección inversa.
Por momentos hay que tomarse de las piedras para trepar, pero en general es un trayecto amigable. Lo realizan familias con niños chicos y también adultos mayores. Al menos hasta el chorro, que implica unos 20 minutos de caminata, se llega tranquilo.
Allí hay que tomar una decisión: o quedarse un rato con los pies en el agua en los alrededores del torrente, o seguir rumbo a la laguna Milagrosa, donde espera una cruz y un paisaje encantador de las sierras, los campos sembrados de las laderas y, más allá, la ruta 1 y sus confines más llanos.
Optamos por ir primero hasta la Milagrosa, para lo que invertimos en total unos 45 minutos. El camino por momentos se complica porque no otorga descanso en la subida. La vegetación cede más arriba y el sol acompaña ya sin piedad. Pero la vista final vale el esfuerzo. La Milagrosa es en realidad un pozón de agua mansa para bañarse, con una cascada que, puesta sobre los hombros relaja como el mejor spa.
Ya de vuelta en la bifurcación, hacemos los 200 metros hasta el Chorro de San Ignacio. Allí hay más gente. Las piedras son gran des para sentarse a descansar y las hay al sol y a la sombra. Se puede llegar hasta debajo de la caída, pero el agua pega demasiado fuerte como para pegarse una "ducha". Mejor dejarse llevar por el arrullo musical de la caída.
Reserva Natural Villa Elena. Villa Elena es un pueblito encantador. Sus calles de tierra, en las que hay que tener bastante cuidado con algunas piedras filosas para los neumáticos, conducen a un sinfín de complejos de cabañas de troncos, hosterías y acogedores locales gastronómicos. El arroyo Cortaderas es el límite al sur y sus aguas con tonos amarillos, frutos del fondo arenoso y la oxidación de los minerales de las rocas, recuerdan aquellas películas de la fiebre del oro. Pero el verdadero brillo está en el paisaje.
Cuando termina el casco céntrico comienza la Reserva Natural, fruto del trabajo de vecinos y comerciantes preocupados por mantener la armonía entre turismo y naturaleza. Ellos armaron en madera el cartel de entrada y mantienen limpio el camino que conduce al dique Parrilla primero y a la cascada Esmeralda después, dos gemas que entrega el paisaje.
Para llegar al dique, en realidad un par de esclusas que regulan el agua que baja por las acequias y una rejilla antes del salto de agua que maneja el caudal, hay que caminar una media hora por un camino angosto, flanqueado por enormes plantas de frambuesas que crecen salvajes y ofrecen los frutos con generosidad. Hay que tener cuidado porque tienen espinos, pero los rojos oscuros son dulces y comestibles, en cambio los más claritos son agrios. En el final de la travesía es recomendable desempacar, sacarse las zapatillas (no hay que ir en ojotas) y poner los pies en el agua fría que baja de las sierras.
Llegar a la cascada Esmeralda ya es otro cantar, porque hay que agregar una hora de caminata, el sendero se angosta y las piedras ofrecen resistencia. Pero vale la pena el esfuerzo porque el agua cristalina que baja entre la vegetación recibe al visitante con una frescura única. La naturaleza es así, cuanto más grande el esfuerzo, mejor la recompensa.
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