Esta semana, la incorporación del ex radical José Hugo Saab en el gabinete de la alperovichista Yerba Buena ratificó la idea de que la política se ha vuelto, parafraseando a Bauman, más "líquida".
La "cara" fue la incorporación de José Hugo Saab, candidato a legislador de la Unión Cívica Radical en los comicios del 28 de agosto, a las filas del alperovichismo. El ex concejal capitalino de la UCR (1995-1999) asumió como secretario de Relaciones Institucionales de la Municipalidad de Yerba Buena, horas después de desafiliarse del centenario partido, dentro del cual actuó en los frentes más diversos: fue desde vicepresidente de la UCR tucumana hasta secretario general de la Franja Morada.
Pero este quiebre en el currículum del ex secretario general de la Universidad Nacional de Tucumán no es ninguna novedad para el alperovichismo. Por el contrario, es sólo un apéndice más en un libro de pases en el cual ya están escritos 16 capítulos. Porque antes que Saab, "cruzaron" al Gobierno de José Alperovich, cuanto menos, otros nueve "correligionarios", más siete ex afiliados de Fuerza Republicana, para mencionar solamente a los que desempeñaron primeros papeles en sus partidos políticos de origen, y que hoy son funcionarios u ocupan cargos electivos.
Este es, por cierto, el costado "líquido" del filón ideológico. El término tiene una doble valencia. Por un lado, refiere sin escalas a los postulados sociológicos de Zygmunt Bauman, quien ha postulado que en la modernidad líquida opera una disolución de lo sólido en las sociedades y en la vida misma. Desde el amor hasta los miedos, pasando por el arte, todo ha sufrido un proceso por el cual se amolda al recipiente de la circunstancia. Las ideologías no han escapado a ello.
Por otro lado, el concepto de lo "líquido" evoca la antigua concepción del cambio permanente que Heráclito de Éfeso postulaba con su metáfora de que nadie se baña dos veces en las aguas del mismo río. Todo debe fluir. Todo pasa demasiado rápido. Por tanto, constituir una "identidad de proyecto" no sólo es difícil: también es inútil. Las ideologías son grandes relatos para interpretar el pasado y analizar el presente. Si todo debe cambiar todo el tiempo, son abandonadas para abrazar consignas generales y maleables.
El otro lado de la moneda, la "ceca", llegó a primera hora del lunes, con la renuncia de Francisco Sassi Colombres al cargo de fiscal de Estado para el cual había jurado el sábado. El "quién" del asunto sigue siendo una incógnita: si hubo razones personales del también ex interventor de la Caja Popular de Ahorros, si hubo presiones de la Casa Rosada, si hubo planteos de la propia Casa de Gobierno... Pero el "por qué" está claramente establecido en el texto de la dimisión: razones ideológicas. Y el propio Sassi Colombres las identifica: su participación, como fiscal de Estado, del gobierno de facto de Antonio Merlo.
Entonces, la ideología adquiere en este contexto una textura rígida: se torna innegociable. La reivindicación de los derechos humanos, elevados a la categoría de política de Estado, tornan incompatible que un profesional que colaboró con el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (así sea para acompañar el proceso hacia la transición democrática, que es lo que Sassi Colombres argumenta en defensa propia), puedan desempeñar funciones de primer nivel "dentro" de un proyecto político encolumnado con el kirchnerismo. Ya lo habían experimentado, con el mismo Sassi Colombres, cuando la Legislatura aprobó su pliego para ser vocal de la Corte, pero debieron pedirle, por directa orden kirchnerista, que no asumiera en sus funciones.
No son dos perfiles contradictorios sino, más bien, los extremos del pragmatismo. Uno donde la ideología no funciona como carta de presentación, pero sí como cepo.

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