La identidad, como puente y memoria

Bailaron shotis y polca en medio de miles de turistas. Viven en las colonias alemanas de Olavarría y cuentan cómo fueron aplaudidos por rescatar sus raíces en esa otra patria de la que se sienten parte.
"Nos veían como salidos de un libro de cuentos. Fue una sensación increíble", dicen aún envueltos en los aires del Karneval der Kulturen de Berlín, después de bailar shotis y polcas ante varias decenas de miles de turistas. Lo hicieron cautivando a cada paso, durante seis horas a lo largo de 4 kilómetros. Son nietos, bisnietos y tataranietos de alemanes del Volga que viajaron por primera vez Alemania como embajadores de las colonias de Olavarría, sin imaginar la ovación al ser considerados testimonio viviente de aquellos antepasados. Rocío Ducca, Brian Fornes, Belén Beltramella, David Goyenetche, Evangelina Striebeck, Micaela Baier, Elsa Gisler, Leticia Beratz, Norma Schwindt, Norma Pelender, Norma Walter, Jorge Wagner, Martín Pebay, Marcela Siebenhar y Nélida Ladner fueron aplaudidos de pie por el jurado junto a Andrea Hess, directora del ballet olavarriense de Danzas Alemanas.

Algo que los vuelve a asombrar cuando lo cuentan. "Alemania empezó como una posibilidad nada más y se convirtió en un regalo del cielo", admite ante EL POPULAR la líder del grupo, mientras los demás acompañan con gesto de aprobación.

Estaba escrito

No fue fácil despegar porque hubo que generar recursos para sostener el sueño, ya que sólo les regalaban la estadía de los cuatro días que duró el carnaval y estuvieron ocho. Lo lograron. Ahora, de vuelta a casa, reviven esa historia "mágica" como si fueran buceando un libro de aventuras. A Jorge Wagner aún le cuesta creer que estuvo en ésa, su otra patria. Su abuelo materno se apellidaba Urban y "desfilamos en la Urban die Straße, yo digo que lo hicimos en la avenida de mi abuelo", plantea con el orgullo de saber que el destino lo puso ahí. "Les llamaba la atención nuestros trajes y nos preguntaban cómo convivían el folklore, el tango y nosotros", agrega entusiasmado.

Es que la delegación argentina, una de las 100 que se sumaron al megaevento, marchó a la par de un camión hecho colectivo de la Línea 60 en cuyos asientos iban ubicados Gardel, Maradona, Mercedes Sosa y Piazzolla junto a un puñado de artistas alemanes. Detrás acompañaba un acordeón gigante diseñado con telas, sintetizando a la música como puente entre las culturas.

"Cuando empezamos la caminata había balcones repletos de gente y veredas llenas de turistas hasta que llegamos a la Urban: absorbías esa energía y no te cansabas nunca, no parabas de bailar", explica Martín de raíces vascofrancesas pero amante del baile alemán. Un día vio al ballet en el Teatro Municipal, pidió un lugar, le concedieron el permiso y hoy es uno más.

El 27 de mayo danzaron para el mundo, pero recién lo pudieron dimensionar al llegar al hostel y verse por televisión. "Volvimos a ver los balcones, las veredas... en todos lados había gente y nos aplaudían porque no hay grupos de alemanes como nosotros. Hay mucha orquesta pero no gente que baile y se vista como nosotros", explica Belén, de 15 años, con la ilusión de regresar en 2014.

"Allá conservaron la música, pero no los trajes ni el baile. Se usan para las festividades y yo le pregunté a una argentina casada con un alemán cómo nos veía a nosotros y me dijo ?los vemos como de otra época, salidos de un libro? ", precisa Marcela. Su abuela nació en Saratov, Rusia, y vino a la Argentina escapando de la Segunda Guerra mundial.

Una historia parecida a la de Emilia, cuyos abuelos llegaron expulsados por tiempos hostiles. "Se casaron en Brasil y mi mamá nació en Puan. Vinieron 5 hermanos con distinto apellido porque no sabían ni leer ni escribir. Mi abuelo firmaba con el dedo y unos eran Pica, otro Vita o Vica, ninguno dijo el verdadero apellido porque no lo sabían", dice la mujer mientras empieza a sonar una polca. Es su ringtone y ahí nomás estallan las risas. "No puede ser tan fanática", apunta Andrea Hess.

"Adoran el folklore y el tango, realmente nos sentimos muy queridos", destacan, seguros de volver. De acá viajaron 16 y sumaron al grupo Mir Sein So de Buenos Aires para representar al país y en vísperas del 25 de mayo fueron agasajados por el embajador argentino en Alemania, Victorio Taccetti. "Estuvimos casi una hora. Nos preguntó sobre las colonias, las costumbres y nos pidió el cronograma de fiestas porque si coincidía con algún viaje a la Argentina le gustaría venir", cuenta con entusiasmo la directora de los bailarines.

Anduvieron tres días vistiendo su colorido y alegría sin pasar inadvertidos. Miradas, fotos, preguntas que hasta eclipsaron los sitios más llamativos de la Puerta de Brandeburgo. "Llegamos nosotros ahí donde está la historia de Berlín con ropa típica, no con un disfraz, y la gente se daba vuelta para fotografiarnos, estaban como encantados", dice Martín dispuesto a rastrear en Youtube el video que filmó un señor con el que cruzó algunas palabras en inglés para "contarle la historia de 140 años que hace que estamos acá".

90 segundos únicos

En dos patrias que fueron una, desfilaron salpicados por la alegría uruguaya que iba adelante al ritmo del candombe. Salieron sextos, sobre un centenar de delegaciones y sienten que la posibilidad de unir dos banderas en una fue una experiencia única, intransferible. Se sintieron parte, pero a la vez extrañaron. "Fue increíble. Algunos todavía no llegamos, estamos un poquito allá todavía", confiesa Marcela que disfrutó a pleno pero echó de menos el abrazo, el beso y el mensajito de texto preguntando "¿cómo estás?", típicamente argentinos.

Eso se notó en la pista y en las relaciones. Al pedir una devolución sobre la presentación del ballet olavarriense, la respuesta alemana estuvo centrada "en el espíritu de grupo, en lo que le transmitimos y lo que logramos con la gente. Fuimos 16, pero acá, cuando viajamos por el país, somos 40 y todos estamos bien con todos, no es de la boca para afuera", elogia Andrea Hess.

Todos volaron por primera vez, y en todo sentido. "Los pines del grupo están desperdigados por todo el mundo, hasta las azafatas los tienen", dicen, conscientes de haber dejado huellas. Se quedan con la maravillosa sensación de escuchar, repetidamente, "¿de dónde salieron, de un libro de cuentos? ¿Están escapados de la realidad?".

Antes de la despedida, y bajo la promesa de sorprender con un kreppel o un strudel, admiten que hubo dos momentos emocionantes para atesorar. Uno, ya de regreso, cuando volvían en la combi el 2 de junio, casi todos dormidos, y de repente escuchan gritos a la altura del Peaje de Hinojo. "Era de noche y nos estaba esperando una caravana, organizada por Yoli, la mamá de Belén, que no nos pudo acompañar en el viaje. Fue realmente emotivo", dicen recreando ese instante. Mucho antes, en medio de la avenida berlinesa de apellido familiar, consiguieron "el aplauso del jurado, teníamos 90 segundos para bailar frente a ellos y se pusieron de pie cuando terminamos; y ahí empezamos a gritar ?Argentina...? y fue el llanto, pecho cerrado y quedarnos sin voz", expresan, seguros de que más allá de todas las fronteras, la identidad fluye y el sentido de pertenencia, de ese ser de aquí y de allá, también.

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