Por Luiz Carlos Bresser-PereiraAcabo de recibir la noticia de la muerte de Guillermo O’Donnell, a los 75 años. Pierdo a un amigo de mi generación y todos perdemos al más importante investigador y teórico de la democracia en América latina.
A comienzos de los ’80, Guillermo dejó de lado el tema del autoritarismo para ocuparse de las transiciones democráticas. Junto a Philippe Schmitter y Laurence Whitehead, lideró un gran proyecto de investigación sobre las transiciones que se estaban produciendo en aquel momento. En lugar de explicar las transiciones como una consecuencia de la lucha popular y de la adhesión de la burguesía industrial a esa lucha cuando perdió el miedo al comunismo, defendió la idea que llegaría a ser dominante en América latina: que la transición democrática resultó de la victoria de los militares del ala blanda sobre los del ala dura.
Después de la democratización de Argentina, Brasil y Chile, se volvió hacia el problema de la calidad de la democracia. No bastaba una democracia mínima, con libertad de expresión y asociación, y con sufragio universal, era necesario que el Estado democrático se hiciese cada vez más democrático, que dejase de ser apenas una “democracia delegativa”, en la que todo el poder se concentra en el jefe de gobierno. Para ello no era suficiente que se avanzara en la defensa de los derechos sociales y se aumentara la responsabilidad de los políticos, también era necesario avanzar en la protección de los derechos civiles –el derecho a la vida, a la libertad, la propiedad y el respeto– que, en las democracias de elite o schumpeterianas, tienen asegurados los ricos, no los pobres. Luego lideró un segundo gran proyecto de investigación sobre la mejora de la calidad de la democracia en América latina, realizado bajo el auspicio de las Naciones Unidas.
Guillermo O’Donnell fue un gran intelectual de su tiempo. Un tiempo que vivió con pasión e indignación. A veces era difícil entender su español, porque su manera de hablar no era muy nítida, pero, en compensación, su retórica al presentar sus trabajos era maravillosa, y fácilmente entusiasmaba a una platea de intelectuales y estudiantes. Durante cierto período vivió en San Pablo y fue investigador del Cebrap; casi se hizo un brasileño, pero la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos, nos ganó. Sin embargo, ante todo él era un argentino, un porteño, y volvió a la Argentina hace algunos años. En su país podría haber sido un gran político –no le faltaron invitaciones y oportunidades en su juventud y madurez–, pero prefirió dedicarse a las ideas, porque creía que las ideas son poderosas, que mueven al mundo. Las suyas, ciertamente, lo movieron.
Comentá la nota