Las huellas de una crisis que parece volverse crónica

Por: Carlos Pagni.

Cristina Kirchner consiguió la reelección con el 54 por ciento de los votos. Puesto en perspectiva, ese resultado demuestra que el país dejó muy atrás una de las discapacidades que caracterizaron el colapso del año 2001: la de consolidar un gobierno.

La distancia entre la Presidenta y quien la secundó en esos comicios fue de 37 puntos. Esa diferencia indica que, al cabo de una década, la sociedad argentina no ha sabido reconstruir su sistema político. Desde la perspectiva de esa imposibilidad, el tiempo no ha pasado. La crisis se ha extendido por 10 años. Quizá se esté volviendo crónica.

La brecha entre el Frente para la Victoria y sus rivales señala la medida de una ausencia. El peronismo logró organizarse, como siempre que está en el poder. En las últimas elecciones quedó suprimida esa división interna que fue el recurso principal de Eduardo Duhalde para enfrentar a Carlos Menem, primero, y a Néstor Kirchner, más tarde. La señora de Kirchner encabeza una fuerza unificada, como no la dirigió nadie desde el alto menemato.

En cambio, el campo no peronista no pudo reestructurarse. Esa dificultad es determinante para la configuración del mapa. Estos diez años se pueden identificar, como de costumbre, como los de la emergencia y reinado de los Kirchner. Sin embargo, hay otra forma de mirar el tablero que acaso resulte menos espontánea pero más explicativa. Consiste en advertir qué es lo que falta. Es decir, se podría comprender este ciclo histórico como el de la desaparición o, por lo menos, el prolongado coma de un actor principal: la Unión Cívica Radical.

El fracaso de Fernando de la Rúa completó una declinación cuya fecha de nacimiento sería improcedente discutir ahora. Interesa más observar que ese desenlace fue el modo en que se proyectó sobre la organización política el malestar de los sectores medios frente al convulsivo agotamiento de la convertibilidad. Esa proyección está llena de sentido: la UCR fue durante más de un siglo un instrumento principal para la intervención de esos sectores en el proceso político. Con su hundimiento, quedó vacante una sociología electoral por cuya adhesión han competido durante toda una década el ARI de Elisa Carrió, Recrear de Ricardo López Murphy, el Socialismo de Hermes Binner, el Partido Nuevo de Luis Juez, el Pro de Mauricio Macri, la UCR residual, y el peronismo, con los Kirchner.

Cristina y Néstor Kirchner han sido muy perceptivos del fenómeno. Los empeños para aprovecharlo, y los obstáculos que encontraron en esos empeños, son un hilván muy atractivo para entender el paso del matrimonio por la Casa Rosada. Los años que van de 2003 a 2005 ofrecen innumerables testimonios del esfuerzo por conquistar el mercado que el radicalismo dejó disponible. Aquel primer kirchnerismo se permitía una licencia histórica para ofrecerse como sucesor de la Alianza, no del duhaldismo. Fue un ensayo, acaso el más audaz, de corrimiento de la frontera del peronismo hacia segmentos sociales que siempre le habían sido muy esquivos.

A partir de 2005 y, con mayor resolución, de 2007, Néstor Kirchner lideró un repliegue sobre el PJ que su esposa busca corregir desde hace más de un año. Ya no lo hace, por razones inconfesables pero comprensibles, a partir de una agenda de saneamiento institucional. Esa melodía fue reemplazada por la del "camporismo". Ambas tácticas tienen un aire de familia: pretenden mantener una tensión con el resto del PJ y explorar en una base electoral ajena y vacía. Nada que sorprenda demasiado. Apenas una nueva exhibición de la tradicional habilidad del peronismo para capturar un clima de época, y formatear un producto acorde con las expectativas dominantes en el público.

Esta plasticidad del contorno kirchnerista está en relación dialéctica con la incapacidad del no peronismo para reconstruir una fuerza política competitiva. Es decir, una estructura con despliegue territorial; con un elenco capaz de cubrir las candidaturas de presidente y vice de la Nación y de gobernador y vice de la Capital Federal, Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba; y que orille el 35 por ciento de los votos en una elección presidencial. Son requisitos mínimos que, a diferencia de lo que ocurría en la etapa 1983-2001, hoy sólo puede satisfacer el peronismo en el poder.

Ninguno de los líderes que surgieron los últimos diez años en las afueras del PJ -ni Macri, ni Carrió, ni López Murphy, ni Ricardo Alfonsín-logró organizar esa fuerza. El radicalismo fue sustituido con distinto grado de éxito por expresiones regionales: el Pro de Capital, el socialismo de Santa Fe, el Partido Nuevo de Córdoba, el Gen de Margarita Stolbizer en Buenos Aires. Pero el espacio que dejó libre permanece pulverizado, en condiciones que estudió muy bien Juan Carlos Torre en su trabajo "Los huérfanos de la política de partidos" (www.clubsocialista.com.ar/scripts/leer.php?seccion=articulos&archivo=63). Esa fragmentación es la otra cara del poder del kirchnerismo. Es la razón más relevante del abismo de 37 puntos que separa a la Presidenta de quienes deben controlarla.

Otro fenómeno que sobrevive de aquel desmoronamiento del año 2001, como un signo de los tiempos, es el miedo de los dirigentes a los dirigidos. El derrumbe de la convertibilidad estuvo acompañado por una movilización social desconocida. Tres presidentes abandonaron la Casa Rosada, aterrorizados, después de perder el control de la calle. A Kirchner lo obsesionaban esos antecedentes. Un funcionario recuerda el día del año 2003 en que el santacruceño lo tomó del brazo, lo llevó hacia la ventana que mira a la avenida Alem y, señalando a unos piqueteros, le dijo: "Mi único objetivo es que esa gente vuelva a su casa".

El contexto todavía turbulento de su llegada a la Casa Rosada daba argumentos muy convincentes a los Kirchner para llevar adelante una política económica distribucionista que hacía juego con sus inclinaciones espontáneas. Subsidios, congelamiento de precios y tarifas, expansión monetaria, revaluación permanente del tipo de cambio, aumento del gasto, alta inflación, frenesí consumista, son los rasgos de una gestión que nació como una respuesta de pasable demagogia a una escena efervescente. También en este aspecto el kirchnerismo es hijo de la hecatombe de comienzos de siglo.

Detrás de aquella efervescencia operaba un largo proceso recesivo. Imposible comprender estos diez años, ni el papel que el kirchnerismo jugó en ellos, sin calibrar el significado de aquella recesión. Entre agosto de 1998 y el segundo trimestre de 2002, el PBI se redujo en 20 puntos. Cuando los Kirchner llegaron al poder la capacidad instalada de la economía era superior al 50 por ciento y la pobreza había alcanzado al 55 por ciento de la población.

Desde un punto de partida tan bajo, no había límite para cualquier estrategia expansiva. El matrimonio se benefició con la recuperación del ciclo económico, y también con el boom de las commodities iniciado en 2003. La fulminante popularidad de Néstor Kirchner en los primeros dos años de su administración no puede desvincularse de este entramado de variables, pero tampoco reducirse a él.

La Presidenta y su esposo alentaron ese proceso con sus propias decisiones. Por ejemplo, durante los últimos ocho años, el gasto público consolidado subió un 15 por ciento en relación con el PBI. Dos puntos del aumento de la demanda se explican, cada año, por ese incremento.

La sociedad argentina ha identificado a los Kirchner como grandes proveedores de bienestar. Se puede hablar de una década ganada en términos de crecimiento y reanimación productiva. O de una década perdida, si se advierte la destrucción de instituciones como la moneda, el Banco Central, la estabilidad fiscal, el Indec. Pero estos últimos son activos que custodian las sociedades que tienen conciencia del futuro. Y en la Argentina, el Gobierno y buena parte de la población, presa del estrés postraumático de la larga recesión y del derrumbe, resolvieron maximizar el presente. En esa opción se embarcó también buena parte de la oposición al kirchnerismo. No debería descartarse que radique allí, en la imposibilidad de elaborar un discurso de ruptura, la principal dificultad para organizar el sistema político a 10 años de su desmoronamiento.

Comentá la nota