La hora del pueblo formoseño

Observando desde Mendoza los hechos que vienen sucediendo en la sufrida tierra formoseña, puedo apreciar, sin temor a equivocarme, que las cosas allí están tomando ese tardío camino que dará un giro de 180 grados a la historia de Formosa.
El clamor que manifiestan los humildes criollos y aborígenes (tanto en la capital, como en el interior) cortando rutas y enfrentando el soberbio e impune poder es la clara señal que la hora ha llegado.

Una señal que indefectiblemente debería prender en el resto de la comunidad formoseña. Comunidad que tiene en sus manos instrumentos constitucionales (a pesar de la vulnerada o violada constitución) para hacer tronar el escarmiento a quienes han hecho del poder, ese jugoso bien sectario.

Le gente tiene que ver que desde los pobres y harapientos indigentes proviene esa necesaria reflexión que se debe la provincia de Formosa. Por todo lo que ha pasado, por ese exagerado uso y abuso de poder, que nada tiene que ver con gobernar y mucho menos vivir en democracia.

El formoseño se debería preguntar si esa es la provincia que es digna para él y su familia. Una provincia sana en libertades y sabia distribución de riquezas y oportunidades. Donde ya no haya gente mendigando pan para que no se le mueran más hijos. Donde los jóvenes tengan expectativas de futuro. Donde pensar distinto sea parte de un respetuoso vivir en democracia. Donde la política y ser político, no sean inmundos elementos para vivir bien, pisando la dignidad del grueso de los formoseños; por el contrario, sean pilares fundamentales que enriquezcan habitar un estado democrático.

Ruego a Tata Dios que ese lastimero llanto en rutas y ranchos, que interpretan y acompañan un grupo de valientes curitas sea escuchado por todos. Quizás y ese es el milagro, por quien desde hace mucho tiempo debería haber hecho honor a los buenos conceptos que otorga la historia de los hombres a la hora de evaluar una gestión.

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