Hernán de GoñiLa desaceleración que hoy muestra la industria no implica que la economía entre en zona de dramatismo. Es, en realidad, una luz amarilla que había empezado a titilar desde mediados de año, cuando el propio Indec registró ritmos de variación interanual con una caída cada vez más pronunciada.
El Estimador Mensual (EMI) de junio tenía un incremento de 8,2% frente al 2010, en línea con los resultados de los dos primeros trimestres del año. Pero ya en octubre, este ritmo había descendido a 4,1%, un 50% menos.
La razón más fuerte hay que buscarla en Brasil, y en la forma en que su desaceleración interna provocó un freno en el sector automotriz. La producción fabril todavía es muy autodependiente, porque tanto las empresas metalmecánicas como las siderúrgicas sufren de manera considerable la menor demanda de vehículos. La industria automotriz había alcanzado en los primeros once meses del año un incremento de 19%, pero en noviembre esa evolución se achicó a 2,7%.
El consumo interno sigue actuando como sostén de un PBI que promete cerrar 2011 con un alza cercana a 8%. Pero será difícil que repita ese rol este año. Por eso el Estado debe cuidar que su vocación intervencionista sea como arena en un motor que de por sí tendrá que funcionar con menos nafta.
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