Ya es hora de pensar a largo plazo

Por Eduardo Amadeo.

Diputado Nacional por el Peronismo Federal

Frente a una fecha de la trascendencia del Bicentenario, me permito iniciar esta columna con una referencia personal; que quizás refleje las experiencias de muchos lectores.

Quienes llegamos a los 60, hemos sido espectadores, actores y consecuencia del último tercio de nuestra Patria. Nadie pudo haber sido indiferente. Es difícil no haber vivido, sufrido y disfrutado intensamente esta historia tan llena de vicisitudes, dolor y esperanza.

En mi caso personal, inicié mi vida política a fines de los años ‘60, viví la disociación y la violencia generada por visiones soberbias de la historia. Vuelta la democracia, y ya con responsabilidades importantes, viví el conflicto político innecesario, la incertidumbre de la hiperinflación, el avance de la pobreza, la crisis extrema y su superación, y en los últimos tiempos, la lenta consolidación del autoritarismo como proyecto político.

Sólo reconozco como tiempos de tranquilidad, el principio de la convertibilidad y la salida de la crisis, hasta 2007. En el resto, lo determinante fue la incertidumbre, desde el miedo por la vida, hasta el desorden económico y social, pasando por la dificultad para sostener el propio patrimonio. Algunos aprovecharon la inestabilidad. A otros, los hundió sin remedio.

Quienes salieron del mercado de trabajo formal con el ajuste brutal de Martínez de Hoz, y no volvieron a entrar, no pudieron sobreponerse y hoy, ellos y sus familias, siguen en pobreza. La cronificación de la informalidad es una de las peores fotos de estos últimos 30 años. En el otro extremo, la especulación con tablitas, subsidios y devaluaciones generó enormes fortunas. En el medio, la clase media conoció la pobreza y la incertidumbre del quiebre del modelo de desarrollo personal que daban como un hecho seguro.

Este cortoplacismo crónico ha dejado muchas huellas. La peor, tal vez, es el canto de sirena. Ante cualquier señal, el proceso renace en las mentes y decisiones de la gente, acelera sus efectos negativos y confirma las hipótesis melancólicas, preparando de tal manera la nueva crisis. Y lo peor es que de tal manera, los comportamientos socialmente irracionales, como el atesoramiento, la no inversión y la especulación se han convertido en racionales para los individuos.

Las duras experiencias que todos hemos tenido, pueden generar sentimientos melancólicos, en los que el peso del pasado abrume al presente y aún el futuro. Como dijo alguien: “administrar la rabia”, que es básicamente un sentimiento destructivo, que ignora las luces que existen en medio de tantas sombras. O intentar ideas fantasiosas que confían en caminos mágicos, atajos o riquezas aún inexploradas para salir adelante. Como ejemplo, suponer que las riquezas naturales son el camino automático al crecimiento sostenido. O tapar la pobreza cerrando los ojos. O creer que la inseguridad solo se resuelve con represión. Pero, como lo demuestra la parte de los 200 años que nos tocó vivir, ninguna de esas visiones parciales, mágicas y negadoras sirve.

Sobran ejemplos inspiradores en el mundo. Pero no alcanza con mirarlos o intentar copiarlos. Este tercio del Bicentenario debería habernos enseñado que el eje de la solución es la capacidad de la dirigencia para construir un liderazgo que tenga claros los valores que sirven para construir: diálogo; pensamiento estratégico, perspectiva compleja de problemas y soluciones e instituciones, y sobre esa base, construir una agenda que pueda ejecutarse y sostenerse por medio de acuerdos renovados a través del proceso democrático.

Estabilidad, certidumbre y liderazgo constructivo no son sólo imperativos éticos. Generan capital político. Una encuesta hecha por FIEL para su excelente libro sobre “Movilidad social” preguntó a 2.500 personas: “qué hubiese querido usted cambiar de su vida pasada para poder esta ahora mejor?” Para el 35%, la respuesta fue: “Haber tenido una vida más estable”.

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