En su honor invito al pueblo

Estela Barnes de Carlotto.

Para hablar de Eva Perón debo remitirme a mis jóvenes años y al origen de por qué no la quería. Nací en el año 1930, por lo que mi niñez, adolescencia y juventud estuvo signada por sistemáticas dictaduras cívico-militares que usurpaban el poder político que el pueblo votaba, según la Constitución.

Esa situación política me impidió recibir una correcta educación democrática desde la escuela y la sociedad, ya que la tolerancia a estas permanentes violaciones a la ley, sin que fuera testigo de visibles reacciones en favor del Estado de Derecho, me significaron como natural los hechos.

A veces quiero graficar eso relatando cómo era que se vivían en mi hogar paterno los golpes de Estado: papá no trabajaba, no íbamos a la escuela, la radio (no había televisión) transmitía el Comunicado N°1 con fondo musical de una marcha militar y al día siguiente todo seguía como si nada. Los medios de comunicación, salvo excepciones, no cuestionaban los hechos y se fomentaba desde allí la antinomia.

Era, ya adulta, antiperonista. Por lo que se deduce que no quería ni a Perón ni a Evita. Me fastidiaban sus discursos, los bustos que se exhibían en los lugares públicos y me creía todas las patrañas que ensuciaban sus imágenes. A los 20 años comencé a trabajar como maestra de una escuela primaria, un pequeño establecimiento en la ciudad de Coronel Brandsen, donde pude ejercer mi vocación docente, que desde pequeña manifesté.

Corría 1951. Mi directora era muy peronista por lo que cuando falleció Eva Perón en 1952, decidió que fuéramos, con nuestros alumnos, al velatorio. De mala gana, pero en cumplimiento de mi deber laboral, formamos parte de esas largas filas de millones de argentinos que fueron a darle el adiós a la “Abanderada de los Humildes”.

Allí la puede “ver”, sentir el fervor de su pueblo, las lágrimas sinceras de quienes habían recibido su comprensión y apoyo. La pude “ver”, pero no desperté de mis errores. Seguí siendo “anti”.

En 1955 ya tenía en mis brazos a Laura, nuestra primera hija y yo seguía dormida en mis erróneas convicciones. ¿Por qué no salimos todos a la calle a repudiar el golpe de Estado de Aramburu y Rojas? Los bombardeos, las muertes, los fusilamientos, ¿no quitaron la vida a nuestros argentinos?

Pienso que si hubiéramos despertado de la antinomia no hubiera habido un 24 de marzo de 1976 y nuestros 30 mil hijos estarían vivos.

La vida golpea y de esos golpes debemos extraer las experiencias para que la historia no se repita.

Hoy estoy despierta para transitar la historia con un dolor y una lucha que pretendo deje sus frutos.

Hoy amo Eva Perón, veo en ella la que realmente fue, una excepcional mujer, que dio su vida, que se apresuró a dejar un ejemplo de lo que es pensar en el desposeído, en la justicia social, en el derecho que cada habitante de nuestro país tiene, de vivir dignamente.

Nunca es tarde para tomar el camino correcto, para ser solidarios pensando en el otro, como un hermano que nos necesita.

Ella, Eva o Evita como cariñosamente se la llama, nos dejó su ejemplo, que no es fanatismo el reconocerla como única sino entender quién era, de dónde venía y a dónde quería llegar con su amor a los pobres, sus "descamisados".

En su honor, invito a nuestro pueblo a despojarnos de egoísmos e indiferencias y juntar nuestras manos respetándonos, pero con la convicción de construir una democracia para siempre.

Ella así lo quería.

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