Un hombre para todas las estaciones

Por: Mariano Grondona.

La muerte de Manuel Fraga Iribarne dispara una batería de punzantes recuerdos a quienes tuvimos la fortuna de conocerlo. Mi primer contacto con él reconoce una fecha tan lejana como 1957, cuando estudiaba en Madrid.

Por ese entonces, intelectuales de alto vuelo como Xavier Zubiri, José Luis López Aranguren, Luis Díez del Corral; el núcleo de los seguidores más íntimos de José Ortega y Gasset con Julián Marías a la cabeza, Enrique Tierno Galván, Enrique Gómez Arboleya y Fraga, enseñaban en el Instituto de Estudios Políticos y en la Universidad de Madrid.

Aunque algunos de los miembros de ese grupo eran opositores, otros habían colaborado o estaban por colaborar con el régimen de Franco justamente en el momento en que el dictador se abría lentamente en dirección de Occidente. Tomadas colectivamente, estas descollantes personalidades ocupaba una posición en cierto modo intermedia entre franquistas y antifranquistas, en camino hacia la transición política que finalmente desembocaría en el advenimiento de la democracia.

Franco murió en 1975. El rey Juan Carlos I orientó a España decididamente hacia la democracia. Para ello tuvo el concurso de algunos políticos que, si bien habían pertenecido a la administración franquista, tuvieron bajo el rey la oportunidad de alinear a España con las democracias europeas. Tres nombres sobresalen en este grupo. Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y Fraga, que, pese a haber sido ministro de Franco, se sumó desde la derecha a lo que ya estaba pasando a ser la aurora del posfranquismo.

Estos esfuerzos convergentes de quienes, fuera cual hubiera sido su inmediato pasado, se habían unido detrás de una tarea fundacional, tuvo su gran momento en 1977, cuando firmas tan distantes entre ellas como la del comunista Carrillo, el derechista Fraga, el centrista Suárez y el socialista Felipe González dieron a luz los ya famosos Pactos de la Moncloa, que sirvieron como carta natal de la nueva España democrática.

Aparte de brillar en España, donde fue cofundador del Partido Popular al lado de José María Aznar y líder indiscutido en su Galicia natal, Fraga vino con frecuencia a la Argentina.

La chispa inolvidable

Al pasar por Buenos Aires, Fraga lo hacía de un lado en campaña, para reunir votos en competencia amistosa pero intensa con el socialismo, pero no podía dejar de exhibir del otro lado, ya como intelectual, esos conocimientos que a todos nos deslumbraban, expresados con un gracejo y una chispa inolvidables. Quizá sea excesivo recordarlo, pero una de sus salidas que no olvido fue cuando descalificó a uno de sus rivales, un solterón que había sido nombrado canciller, porque, en su decir, no "puede ser canciller ni diplomático, ni brillar en las reuniones, alguien con mala cama".

Este era Fraga. Quizás el exponente más brillante, más ocurrente, de una generación que supo sacar a la milenaria España del pozo más profundo que quepa imaginar, un pozo hecho de la intransigencia y de la sangre que él y otros supieron transformar, como por arte de magia, en una fuente de sabiduría y de clarividencia política cuando llegó la ocasión.

Recuerdo el título que alguna vez se adjudicó al inglés Tomás Moro como un "hombre para todas las estaciones" porque supo oponerse hasta sufrir el martirio al autoritarismo de Enrique VIII. Y bien: Fraga fue también un hombre para todas las estaciones, pero no ya por una heroica intransigencia sino por una oportuna ductilidad para mostrarle a esa España violenta y autoritaria que él había conocido esa otra virtud suprema del arte político que consiste en percibir y canalizar el tránsito casi milagroso de la intolerancia a la tolerancia.

En 1977, en la Moncloa, los comunistas, los socialistas, la derecha, el centro, los vascos y los catalanes, los empresarios y los sindicalistas supieron conjugar al unísono esa palabra que los griegos llamaban "kairós": la difícil, la improbable percepción del tiempo oportuno que a veces bendice a las naciones con destino.

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