Una historia de vida construida con los mejores ladrillos

Llegó a la ciudad a los 27 años, cuando solo había cinco hornos. Festejó un año más de vida junto a sus hijos, nietos y bisnietos. Su fábrica llegó a producir un millón y medio de adobones al año.

Manuel Jesús Campos celebró ayer sus 80 años de vida rodeado de afectos, aunque no sabía bien cuántos. Nacido en Chile, en la antigua provincia de Valdivia (hoy incorporada a la Región de los Ríos), uno de los horneros más antiguos de Santa Rosa reunió en su casa, como todos los años, a sus once hijos (cinco varones y seis mujeres), alrededor de treinta nietos y catorce bisnietos para festejar su cumpleaños.

En medio del calor agobiante de la víspera, los Campos armaron las mesas afuera, bajo la sombra de los olmos que él y su ex esposa, Ana Beatriz, quien también estuvo en la fiesta, plantaron en 1962, ni bien se mudaron al predio de casi dos hectáreas en la calle Montero Acuña, donde funciona el horno de ladrillos de la familia. "En esa época me costó mucho conseguir los olmos. Entonces no los conocía nadie y ahora nadie los quiere", comentó al pasar.

Una pancarta, un pelotero para los chicos, música y una torta lo suficientemente grande para saciar a todos los comensales formaron parte de la fiesta. El almuerzo incluyó comidas frías, como lechón, arrollados y ensaladas. Otros años asan corderos, pero esta vez eligieron otro menú y lo acompañaron con jugos y gaseosas. Las bebidas alcohólicas no faltaron pero las traían por su cuenta quienes quisieran beberlas. Manuel no toma hace 30 años.

El padre de Manuel falleció cuando él tenía apenas un año. A partir de entonces, junto a sus siete hermanos, se criaron con la madre. "La seguíamos a donde iba, como los pollitos", recuerda. Cuando chico se mudó con la familia a San Martín de los Andes, luego a Cipolletti y más tarde a Bahía Blanca. En 1953 se mudó a Montevideo. Siempre trabajando de hornero y en las cosechas, porque en el sur los hornos paran su actividad durante el invierno.

A La Pampa la conoció en 1952, con 19 años, cuando llegó con un grupo de trabajadores para levantar el trigo en un campo de Quemú Quemú, propiedad de la firma Llorente. Ocho años después se establecería definitivamente en Santa Rosa. Ya con su esposa, alquilaron primero un horno y luego levantaron el propio. Llegó a producir 1,5 millones de ladrillos por año.

De sus siete hermanos, uno, de apellido Alarcón, vive en esta ciudad y suele visitarlo. A otra hermana, que se había ido de la casa cuando él todavía vivía con la madre, la reencontró recién en el año 2000, sesenta años después. Mayor que él y con una vitalidad envidiable, según contó Manuel, después del reencuentro se vieron dos o tres veces más.

Su hija, Adriana, lectora de este diario y oyente de Radio Noticias, describió a su padre como un buen hombre que, sin saber leer ni escribir, los educó en la cultura del trabajo, al igual que su madre. Manuel explicó, entonces, que no sabe reconocer las letras, por ejemplo, las que componen su nombre. "Mi firma es una raya, pero los números los conozco bien. Si me deben (dinero) sé muy bien cuánto, pero si debo, por ahí, me olvido", bromeó.

Aficionado a la pesa, hasta hace no muchos años solía agarrar la bicicleta e irse hasta el bajo de Giuliani a despuntar el vicio. En la actualidad hace algunos ladrillos pero el trabajo en el horno lo continúan algunos de sus hijos y nietos. De su horno salieron muchos de los adobones con los que se construyeron edificios públicos y privados de la ciudad.

Cuando él se estableció en el barrio Los Hornos sólo eran cinco los horneros, veinticinco menos que hoy. No había luz, ni agua. Tampoco relojes. El cumpleañero recordó que en ese entonces los pocos que había los tenían "los ricos". La bocina del viejo Molino Werner les servía de referencia para ubicarse en el tiempo.

Adriana recordó que su padre tuvo el primer televisor color del barrio, conectado a un acumulador. "Mirábamos la novela después de trabajar", contó. Los hijos de Manuel fueron los primeros alumnos que tuvo la escuela del barrio, construida con ladrillos que el vecino donó, al igual que lo hizo con el edificio que actualmente ocupa la Policía Federal, en la calle Pellegrini, entre otros.

La escuela.

Los Campos terminaron celebrando en casa el cumpleaños de Manuel, pero en un primer momento habían pensado en realizar el almuerzo en el salón del establecimiento escolar del barrio, la Escuela 97. Adriana comentó que hicieron el pedido para alquilarlo pero no se los cedieron. La negativa no les resultó indiferente, por el contrario, les causó dolor. "Mi papá donó los ladrillos para construir ese edificio y todos nosotros, sus hijos, hemos sido alumnos de la escuela", se lamentó.

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