Una historia, una vergüenza sin fin

Una historia, una vergüenza sin fin
A principios de los ‘90, el Ejecutivo neuquino indicó que se debían liberar las instalaciones de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Neuquén, porque en el lugar debía funcionar un sector del Hospital Castro Rendón.
El organismo de cultura, a cargo de quien suscribe, estaba ubicado en la calle Santa Fe, a metros de calle Alderete, donde había funcionado el Hotel Huemul muchos años. El lugar había sido modificado para que fuera útil al funcionamiento.

El personal, los elementos, los muebles, se trasladaron al playón existente en la Vuelta de Obligado, donde había un galpón del ferrocarril como depósito. Estaba deteriorado, pero de pié.

Simultáneamente, se hicieron entrevistas a quienes se encontraban ocupando las oficinas de la Estación. En ese momento era un puñado muy reducido de personas, ya que Ferrocarriles Argentinos estaba en pleno proceso de privatización, y por ende era un cambio muy importante y traumático para ellos, que debían dejar el lugar.

De a poco, se fueron abriendo las dependencias de la Estación. De a poco se fueron ocupando, con limitaciones, por parte del personal de cultura.

Cada una de las habitaciones había tenido una función. Varias de ellas mostraban un aspecto de abandono total. Por ejemplo: había un pequeño cubículo, donde desde un armario antiguo, caían los sobres de papel transparente con los uniformes sin usar de personal de guardas y otros.

La ropa estaba “amojosada” por la humedad y el encierro. Corbatas, camisas, chaquetas, gorras, todo nuevo y viejo a la vez.

La sala de encomiendas (hoy sala Alicia Fernández Rego, sin uso), tenía el aspecto de haber sufrido un derrumbe: cajas y cajones rotos, elementos dispersos, suciedad acumulada, todo producto de encomiendas no retiradas en su momento. Un paisaje devastador.

El personal de Cultura de entonces colaboró con entusiasmo en la tarea de recuperar ese patrimonio para la ciudad.

No había cloacas, ni luz (estaba “colgada” por no pagar una deuda de varios miles pesos de ese momento, con CALF), los baños estaban cerrados por su estado de destrucción funcional, pisos con tablas rotas, ventanas con vidrios rotos: un deterioro importante.

Lo llamativo del espacio eran las casillas antiguas, apostadas sobre pesados sostenes de hierro con ruedas (a esa altura inexistentes). Las casillas habían sido utilizadas antiguamente para transportar personal a lugares alejados y permanecer en el mismo para pagar sueldos, entregar encomiendas a lejanos pobladores de la línea.

Eran de muy buena madera (pinotea, un lujo) y construcción y estaban utilizadas por jóvenes que dormían y se refugiaban de noche y de día, con serios problemas de conducta, alcoholismo, y drogas.

Se pensó en recuperar toda la infraestructura, para convertir el lugar en un sector de paseo y exposiciones para la ciudad, un Centro Cultural con visión a una ampliación futura.

Se convocó a la Asociación de Artesanos de Neuquén, que presidía el “Indio” Salas, y que exponía sus artesanías en la plazoleta (aun vigente) de la Avenida Argentina, desde hacía ya muchos años.

La Asociación hizo un compromiso firmado con el organismo para ponerse a trabajar sobre el terreno.

Por otro lado, un arquitecto llamado José L. Picón, hizo en forma de colaboración un boceto de la propuesta, que fue llevada a los planos.

El entusiasmo seguía creciendo en todo el grupo laboral. En ese proceso se incluyeron algunos de los jóvenes que pernoctaban en el lugar, y que se fueron adaptando a la esperanzadora tarea.

Tabla por tabla, centímetro por centímetro se fueron recuperando las casillas. Con virutas y a mano, se pusieron a nuevas, y con la compra de madera similar, se fueron completando hasta convertirlas en verdaderas joyas antiguas y útiles para la nueva etapa.

Fueron los artesanos los que hicieron la tarea gigante, día a día, junto a parte del personal de Cultura. No fueron magos, aunque al final lo parecieran por los resultados.

Se pusieron ladrillos, se hicieron y conectaron las cloacas, se reconstruyeron los baños, se rehízo la instalación eléctrica, se construyó un paseo en hierro y madera en altura para ampliar el sector, se puso en marcha la Sala Teatral “Alicia Fernández Rego” con sillas, escenario, luces y sonido adecuados para su funcionamiento.

Se hizo la inauguración y todo se convirtió en una realidad, tal vez esperada por muchos.

El compromiso, entonces, era que los artesanos ocuparían compartiendo los espacios de las casillas para exponer sus productos, con la firma de un acuerdo legal. Se hizo una revisión de los elementos que habían quedado del Ferrocarril, se los registró, se los incluyó en el listado del patrimonio provincial y se abrió una de las casillas para que se hiciera el Museo del Ferrocarril.

Se hizo el registro de obra por obra del patrimonio de artes plásticas de la provincia, se los registró y se los resguardó adecuadamente en una de las salas de la Estación (la que estaba pegada a la Sala de Coros).

La Sala Alicia Fernández Rego fue testigo del paso de innumerables de grupos, actores, músicos, personajes y hasta asambleas de gente de la actividad artística que no estaba de acuerdo con la gestión política del momento.

Transcurría el año 1995 y la gestión llegó a su fin.

Hay mucha documentación valiosa: fotografías de cómo era cuando se arribó al lugar y como quedó después de las obras. Fotos de rostros de personas desinteresadas con sus palas y alegría, planos de colores, firmas, promesas. Hay documentación de lo que aquí se está diciendo. Hay, como todas las historias, testigos mudos y de los otros y varios que ya no están con vida.

Hoy la Estación está destruida. No queda nada. Solo vestigios de lo que fue. Nuevamente las casillas, rotas, quemadas y ocupadas por gente marginada.

Empleados de la provincia tomando mate o mirando el techo porque nadie les da una tarea para realizar. La desazón, el peor enemigo de un empleado cualquiera, ya está instalada. Otra vez el paisaje nos devuelve la verdadera cara de los que hablamos del “patrimonio cultural” tan sueltamente, tan fácilmente.

Hay mucho para mirar, aprender y decirnos la verdad sin que nos asalte el discriminatorio afán de destacarnos al cohete. Hoy no hay triunfadores del proceso cultural de la provincia. No lo hay, aunque haya algunos síntomas desperdigados de la posibilidad de cambio que siempre una sociedad conserva.

Hoy no se conoce el nombre de los funcionarios responsables, ninguno de ellos, porque no aparecen donde deberían aparecer. No hablan donde y con quienes deberían hablar. No se los ve, no se los escucha, entonces: ¿donde están?.

Hoy los discursos están agotados y aún no se dan cuenta que los resortes se rompieron. El “no hay presupuesto” es tan increíble como decir que se puede comer con seis pesos por día.

Lo que no hay es decisión política, responsabilidad de gestión, entusiasmo y pasión por ocupar un puesto. Lo que no hay es sentido de pertenencia, humildad para reconocerse en el otro y pensar que todos habitamos, por derecho, el mismo espacio, tengamos el pensamiento que sea.

No habrá petróleo tan abundante que pueda tapar esta desidia, ni que pueda sustituir el verdadero amor por la provincia tantas veces declamado.

Según mi mamá, “la mentira tiene patas cortas”.

La vergüenza no, y es evidente.

Hilda López

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