Daniel MuchnikTras la reivindicación de Juan Manuel de Rosas y de caudillos del siglo 19 en el aniversario de la batalla de la Vuelta de Obligado, la Presidenta de la Nación firmó un polémico decreto que lleva por número 1880/2011.
Por el mismo se crea el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego que estará dirigido por el conocido ensayista Mario “Pacho” O’Donnell. Entre los personajes a reestudiar están San Martín, Artigas, Chacho Peñaloza, Martín de Güemes y Facundo Quiroga.
Bien se sabe que cuando ocurrieron los episodios de la Vuelta de Obligado, en 1845, la nación no existía, imperaba una suma de deseos y ambiciones provinciales. El Litoral quería la libre navegación por razones económicas, que fueron atendidas años después, pero Buenos Aires se empecinaba en tener el control impositivo de los ríos.
Ahora, el Gobierno tiene, entonces, entre sus objetivos futuros, volver a analizar la historia, desechar la conocida y marginar los estudios emprendidos por historiadores profesionales y por académicos desde hace más de un siglo largo Es el Gobierno mismo el que adopta el criterio de arrinconar todo lo escrito por historiadores universitarios entre los que figuran ilustres investigadores y proponer un nuevo sondeo del pasado, desde apreciaciones y juicios de valor de la actualidad. La recreación última que se realice oficialmente sería la definitiva.
Otra vez, como en una calesita, la decisión es remitirse al pasado, no terminar de salir del pasado, volver a insistir sobre lo subrayado una y mil veces. Es un serio impedimento que impide pensar el futuro. Traba y enceguece. Se puede decir que es una característica argentina la de remitirse al pasado y mantenerlo en un interrogante permanente como si el país no pudiera desprenderse de fantasmas, de condenados, de batallas, de osadías. Como si todo aquello siguiera inamovible y obscuro.. Y al mismo tiempo encasillado según preconceptos actuales. El cine inglés, por ejemplo, entre tantos emprendimientos culturales, nos sigue mostrado sin pudores a sus reinas, reyes, primeros ministros y héroes en paños menores, sentados en el baño, tratados psiquiátricamente, pariendo o compartiendo una cama con buenas compañías. Para cierta literatura y el cine argentino San Martín, por ejemplo, salvo muy honrosas excepciones, sigue siendo un militar envarado y sin pasiones humanas. No lo es para investigadores europeos y para algunos meritorios estudiosos argentinos.
El revisionismo histórico en la Argentina estuvo, desde comienzos del siglo veinte en manos de escritores nacionalistas, muchos de ellos de mentalidad fascista y de intérpretes de izquierda que dieron vuelta los acontecimientos en varios casos caprichosamente más otras plumas que decidieron narrar “su verdad” ,que sería la única e incontrastable.. Desde una interpretación parcial, los caudillos provinciales habrían sido los “mejores” y Rivadavia, Sarmiento, Mitre, Roca, por ejemplo, los “peores”, los “vendepatrias” o “asesinos de indios y de gauchos”.
La creación del Instituto Revisionista Gubernamental que bajaría línea, que volvería a rastrear los viejos momentos que vivió el país tendría por lo visto un objetivo determinista y mecánico: en el pasado sólo habría “buenos” por un lado y “malos” por el otro. Se trataría de un gran “relato” legitimador de acciones del presente. Los “buenos” se reencarnan en estos días en causas que sólo tienen como miras “la defensa de la Nación”. El gobierno estaría en el camino de los “buenos” y los que no lo admitan o los que se opongan tendrían objetivos individuales o “reaccionarios”. La neutralidad frente al “relato histórico” sería egoísta y atentaría contra ciertas causas que desde el poder se consideran justas y populares. El resultado está predeterminado. Se sabe desde el comienzo como sigue y como termina. Los trabajos del Instituto no tendrían un final abierto.
Quizás el Gobierno no lo haya meditado suficientemente, quizás sí, pero trazar una divisoria histórica entre “buenos” y “malos” es una estrategia que sólo llevaron adelante, sin pruritos, los gobiernos totalitarios en el siglo veinte. Reescribir la historia, en definitiva, para ensalzar a aquellos que estarían adelante hoy por lo que hicieron los “buenos” en el pasado es política maniquea en estado puro.
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