Por Ricardo RoaHan pasado 38 años y el de José Rucci es aún el crimen de Montoneros más oscuro y difícil de explicar dentro del peronismo . Rucci era mucho más que el jefe de la CGT: era el sindicalista de mayor confianza de Perón. Su asesinato fue, en los hechos, un tiro contra el propio Perón , que acababa de ganar la elección con un abrumador 62% de los votos.
Montoneros nunca asumió del todo el operativo.
Quizá porque no encontró la manera de justificar algo que hasta confundió a militantes de su propia organización, que inicialmente atribuyeron el ataque a la derecha. El asesinato rompió para siempre la relación con Perón y desató una guerra incontenible dentro del peronismo.
No es un tema menor que el atentado se cometiera en medio de la fusión de Montoneros con las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Unos eran movimientistas, los otros marxistas y rigurosamente militaristas. Y aunque todos se acoplaron bajo el rótulo de Montoneros, las minoritarias FAR le impusieron su sello ideológico a la unión: la burocracia sindical pasó a ser el enemigo principal.
Como dice Julio Bárbaro, “eran tiempos de democracia en los cuales los violentos seguían convencidos de que el único poder surgía de la boca de un fusil”. La sociedad estaba violentamente politizada y la militancia lo teñía todo: no era cuestión sólo de convicciones políticas.
El caso judicial está prescripto, salvo que se lo considere un crimen de lesa humanidad como ha vuelto a reclamar su familia, que ayer recordó al gremialista en la Catedral. También estos años son de opciones categóricas: ningún dirigente de la CGT oficial asistió a la misa.
La verdad histórica no siempre se encuentra en los Tribunales. El tema es el presente y la manera que desde el presente se aborda la historia. Hay una tarea pendiente en la generación de los 70: dejar un legado de verdad.
No se trata de buscar castigos sino de encontrar la verdad.
Y recuperar la memoria es contar lo que ocurrió y cómo ocurrió.
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