Para el PJ mendocino la carta de victoria es Cristina. Por ende, ningún local importa. Incluso el gobernador, que no piensa abandonar el primer plano.
Son cuestiones tangenciales, si se quiere, pero altamente significativas para darle sentido a un momento, a una fotografía, de la vida nacional.
Así pues, en la etapa más alevosa y rastreramente centralista del país moderno, lo único que hoy contagia algo de orgullo provinciano es el fútbol.
La porteñidad muere por River. Se desgarra las vestiduras. Ulula como un coro de lloronas profesionales.
Pero el sencillo interior celebra su fiesta íntima: en la Córdoba de Belgrano, en el San Juan de San Martín y Desamparados, en la Rafaela de Atlético, en el Santa Fe de Unión.
La política, sobre todo la política mendocina, mira la dignidad, la legitimidad de esas verbenas populares de tierra adentro, y no las entiende. Demasiado acostumbrada está a celebrar por encargo con el cotillón prestado.
Todos, aquí, somos patitos feos
Es cierto que Mendoza tiene su parte, y muy importante, en ese banquete de los humildes gracias al Tomba.
Sin embargo, no alcanza para marcar una tendencia. Para transmitir un carácter de pertenencia, un orgullo de defender y enarbolar lo propio.
¿Por qué? Simplemente porque no hace falta. La política local, en especial la que gobierna, no necesita de sí misma para aspirar al triunfo y permanecer.
Se ha vuelto, absolutamente, cristinadependiente.
La presidenta Cristina Fernández, hoy más que nunca, se transformó en su razón de ser y en su carta de triunfo para las elecciones de octubre.
¿Para qué, pues, recostarse sobre la identidad, sacar pecho desde las raíces?
Lo mejor, lo más redituable, la locomotora, está afuera.
Afuera está el cisne esplendoroso que hace refulgir los objetos como el oro. Adentro, está el patito feo.
Mendoza no es Salta ni San Juan ni Misiones ni San Luis.
Todos, en Mendoza, somos patitos feos. Poca cosa.
Así parece.
Una relación muy turbia
En el Partido Justicialista, como en los demás cuarteles partidarios vernáculos, ha llegado el momento del análisis fino de situación.
Las encuestas indican, con claridad, que la Presidenta lidera con cierta holgura las intenciones de voto. Y donde mayor diferencia saca es en el Sur provincial.
Todo lo cual puede constituirse en gran peligro si el peronismo se duerme en los laureles. Para terminar de sellar las aspiraciones victoriosas, los candidatos locales deben consolidarse y ofrecer un imagen respetable, confiable, como tiene su principal rival para la gobernación, el radical Roberto Iglesias.
Aquí llega el momento de extremar las sutilezas. Y de ponerle coherencia a la marcha de la campaña. Algo que no ha ocurrido hasta el momento.
La dupla que aspira a la gobernación, Paco Pérez y Carlos Ciurca, viene moviéndose como si estuviera dentro de una pista de autitos chocadores. Se dan contra los paragolpes entre sí. Primero entre ellos, en asuntos tan vitales como algunos modelos productivos. Luego, entre ambos y el Gobierno que integran y al que representan.
Hace poco salió a desafiarlos públicamente (aunque de manera indirecta) el mismísimo ministro de Gobierno, Félix González, porque, según se deducía del velado juego de amenazas, ni Paco ni Carlos el lasherino estaban demasiado convencidos de llevarlo a Celso Jaque en la boleta como candidato a diputado nacional.
La Casa Rosada terminó dándoles la razón.
Los sucesos continuaron por el mismo carril. La principal discusión de la semana, en torno a la posible privatización del área de Rentas, los encontró a Paco y a Carlos más cerca de las posturas negativas de la oposición que de las del Gobierno.
Es decir, el panorama se enturbia hacia adentro.
Félix, en esta etapa, es un cancerbero celoso del gobernador. Paco y Carlos dos apóstoles que dudan cada vez más del “maestro”. ¿Cuál será su tercera negación antes de que cante el gallo?
Jugando con fuego
Los memoriosos les advierten a Pérez y a Ciurca sobre los riesgos de desconcentrarse y de jugar con fuego, escenificando pleitos intestinos. Les recuerdan, entre otras cosas, que fue, justamente, el enfrentamiento entre los propios radicales lo que, hace cuatro años, le sacó del buche a César Biffi un triunfo que parecía garantizado desde temprano. “Todos desunidos perderemos” pareció ser la consigna de aquel tiempo, con Biffi, Cobos, Cornejo, Jaliff, por un lado; con Iglesias y compañía, por otro; con Fayad en situación ambigua.
Para Pérez y Ciurca, por ende, el gran enigma de este momento es qué hacer con Jaque.
¿Y por qué es un enigma, un problema, en vez de constituirse en una ayuda?
Porque, según dijimos, los de adentro, los provincianos, electoralmente no cuentan, salvo en las intendencias. Y porque, según se vio en las pasadas elecciones de dos años atrás, el gobernador no piensa, ni por asomo, correrse del centro del escenario. Es más, está visto que se muestra decidido a seguir generando actos de gobierno hasta el último día, aunque suenen, a esta altura, extemporáneos y agónicos, como la renovación del sistema recaudatorio.
Jaque, en el tiempo que lleva de gestión, fue ajeno al clamor popular. Siempre estuvo convencido de estar realizando un buen gobierno, pese a lo que digan las encuestas de imagen. Sus colaboradores más cercanos piensan exactamente igual y le refuerzan dicha percepción. Resultado: el gobernador va a continuar “vendiéndose” y poniéndose en la vidriera sin ningún tipo de complejos. Va a encabezar cada acto, cada inauguración, cada ceremonia oficial, en primerísimo primer plano.
Acaba de demostrarlo en el estadio Malvinas Argentinas, colocándose a la vera de Martín Palermo y Diego Torres.
¿Qué harán Pérez y Ciurca? ¿Paco y Carlos?
¿Seguirán fotografiándose a su vera, empañándose y, por lo tanto, aceptando un rol subalterno?
¿O renunciarán cuanto antes a los ministerios de Infraestructura y de Desarrollo Humano?
Y una vez que estén en el llano, ¿seguirán al pie de la letra los dictados del Gobierno o buscarán diferenciarse?
Es una duda tan cruel como la de Hamlet. Ser o no ser.
¿Cómo diferenciarse de un Ejecutivo al cual han servido desde el magma inicial?
¿Cómo ponerse enfrente si ese es el campo de acción por el que se mueve, a sus anchas, Roberto Iglesias?
Corren con ventaja Paco y Carlos, es cierto. Pero llevan fuego en sus zapatos.
“La enfermedad de nuestro tiempo es, en buena medida, la soledad”, nos enseña Vicente Verdú.
Y Jaque, que no sabe de redes sociales, que no participa en los masivos ritos de la actual marea humana, pide algo más arcaico. Pide a los suyos, a su tribu, que no lo dejen solo.
A Paco y Carlos les pide.



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