O se hace política, o gana la brutalidad

El MPN lucha contra su propia esquizofrenia. La oposición usa el mensaje federalista histórico del partido provincial. UNE, el brazo que se hizo cuerpo. El contexto: violencia endémica. La salida posible: un puente entre el parnaso y la realidad.
Neuquén es, en este principio del 2010, un signo de interrogación cada vez más grande.

Tiene a su partido de gobierno histórico, el MPN, sumido en una incertidumbre exasperante. En sus propias filas hay gente que parece cansada de formar parte de esa gigantesca corporación administrativa. Y tiene una oposición al MPN que se mira a sí mismo con desconfianza, la misma y vieja desconfianza en sus propias fuerzas.

El contexto para estas sensaciones políticas no es bueno: tiende a profundizarse el fenómeno endémico de la violencia; y la anarquía no está precisamente en cuatro desarrapados de poca conciencia y bolsillos urgentes, sino en las instituciones del Estado, que parecen gobernadas por la esquizofrenia.

¿Por qué parece que en Neuquén hay que descreer de la ideología de un comerciante enojado porque le saquearon el negocio mientras la policía miraba? ¿Por qué la violencia que se tolera en una masiva marcha ciudadana, otras veces se reprime con fuerza cuando el grupo no supera el centenar de personas?

El MPN está distraído y alejado de lo que ha sido siempre su pilar más importante: la vida común de la gente común. Vuela entre superestructuras. El gobierno de Sapag anida en Buenos Aires, embretado entre caprichos coyunturales de un gobierno nacional de los Kirchner cada vez más urgido por el tembladeral económico y el descreimiento social.

Sapag fuga hacia delante. Refuerza su compromiso con los K: debe saber algo que todos los demás desconocen. O tal vez no vea otra posibilidad más que llevar al extremo la comprobación del eventual beneficio.

Esta semana, en ese sentido, es crucial. Sapag aseguró que pedirá 150 millones de pesos del fondo de financiamiento nacional para la educación. Aparte, pide otros 500 millones de pesos del PAF, el programa de asistencia financiera para las deudas provinciales.

El gobernador debe saber que la oposición le empieza a limar el barniz federal que siempre distinguió al MPN. La oposición hace alarde de federalismo renovado: alienta la coparticipación del impuesto al cheque, el reparto ya de los fondos previstos en el presupuesto nacional para ATN con una fórmula imparcial, precios del gas iguales a los del mercado internacional.

La oposición al MPN coincide en realidad con el propio MPN. Cualquier discurso de la versión 2010 de Horacio Quiroga es más emepenista que el desangelado mensaje oficialista en Neuquén. Y hasta los sindicalistas del Estado –obsesionados por su propia construcción política a través de UNE- enfocan la cuestión federal como si recién se hubieran levantado de la mesa fundacional, en la Zapala de 1961.

El gremio docente ATEN, que entre 2006 y 2007 libró una batalla cruenta en rutas piqueteras, y lideró el combate contra el MPN de entonces, hoy predica la paz, el consenso, la "educación" de la comunidad. Se ha bañado de tolerancia su dirigencia principal, y ha levantado un dique por ahora suficiente para contener los arrebatos insurreccionales de las seccionales más combativas (Neuquén, Centenario, Plottier).

Ese dique contiene, pero no asegura nada. Lo hace, además, con previsibles y hasta lógicas medidas de fuerza. ¿Cómo no entender que el salario estatal pierde poder adquisitivo, cuando la inflación no baja de los dos puntos mensuales, y en el primer trimestre supera el 7 por ciento?

El sindicalismo estatal construyó un brazo político, que cuajó en UNE durante los días de la reforma constitucional, en el verano 2005-2006. Ahora, el brazo se convirtió en cuerpo. El sindicalismo estatal es conducido desde la política: esto le ha abierto un horizonte distinto, no solo a la dirigencia gremial, sino a la sociedad toda. Implica que el partido del Estado (el MPN) tiene un competidor desde la misma fuente de financiamiento. Cada peso que el sindicalismo le arrebata al MPN, va a parar a la fuerza opositora que más preocupa al partido provincial.

Mientras, el radicalismo y el peronismo buscan la forma de fortalecerse. Ya se separaron en la Legislatura. Por obra y gracia de sus propias internas, el radicalismo dejó la Concertación, pero perdió en el proceso una banca –la de Cecilia Bianchi- que fue capturada por el PJK, con Alejandro Calderón. Así, bajo la advocación de la eventual candidatura de Oscar Parrilli en el 2011, el peronismo tiene ocho bancas y es la segunda fuerza en la Cámara de Diputados. En esta situación jugará su interna, que no definirá un peronismo cerradamente K ni enfáticamente anti K. Por ahora, conviene la ambigüedad, aunque será muy distinto Javier Bertoldi (parrillista) que Sergio Rodríguez (moyanista).

El radicalismo sabe que tiene una oportunidad. Pero deberá pasar por el trance de enfrentar a Quiroga con Farizano. El intendente capitalino juega a dos puntas. La apuesta base es la reelección. La de máxima, ser candidato a gobernador desplazando la candidatura "natural" de Quiroga. "Natural, las pelotas", dicen los del grupo capitalino, emulando al Mono Gatica de Leonardo Favio.

El síndrome K atraviesa todas estas circunstancias. Pasa por el MPN, donde ya ha logrado separar casi definitivamente al sector de José Brillo del oficialismo provincial puro. Pasa por la UCR, machacando sobre el alcance de las alianzas necesarias: a Quiroga lo empuja hacia el MPN, a Farizano, hacia el PJK y UNE. Pasa, además, por UNE, porque este partido también tiene su puja interna, que enfrenta por ahora sin demasiada estridencia al menos tres sectores: el oficialista, dividido entre Mariano Mansilla y Julio Fuentes; y el opositor, con tendencia más "ultra", que propicia metodologías más combativas y cercanas a la izquierdización propiciada desde las luchas obreras posmodernas de Zanon y Stefani.

Todos quieren aprovechar algo del decadente imperio K. Algunos, para construir desde el concepto de la política parasitaria. Otros, para disfrutar de su casi segura caída.

Mientras, la gente común, el ciudadano de a pie, tiene cada vez más segura una convicción: no se quiere una Neuquén que viva entre bombas molotov y pibes chorros. No se desea una Neuquén usando la pobreza para justificar la impericia. Ni una Neuquén que concentre riqueza ostentosa mientras se multiplican los que poco o nada tienen.

Si se tiende un puente entre el parnaso de la política y la realidad ciudadana, se encauzará tanta energía acumulada.

Si no hay puente, el río de la brutalidad se llevará todo.

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