En Buenos Aires, la naturaleza se tomó el trabajo de evitarnos sismos y desgracias mayores; nuestras dificultades provienen de conflictos desatados por la intolerancia mutua
El eco de una vibración aterradora partía el suelo abajo del suelo, y por un segundo creí que la fuerza del sacudón nos tragaría a todos. La luz desapareció mientras el local entero se tambaleaba junto con clientes y empleados, las lámparas colgadas del techo se bamboleaban y una voz entrenada en desastres nos pidió que por favor saliéramos a la vereda rápido y en orden. Con total incertidumbre caminé hacia mi casa, y otros martilleos que surgían de las profundidades y los gritos de la gente me impulsaron a una velocidad que nunca me hubiera creído capaz de alcanzar.
Abrí la puerta de mi departamento muy despacio y suavemente, como si fuera de porcelana, y al entrar escuché el tierno aullido felino que me despertaba todas las mañanas. Entre algunos libros caídos y los pedazos de una taza rota desparramados por el piso, mi gata se había escondido debajo de la cama y por nada del mundo quería salir.
La segunda y última vez que sentí un sismo, también en la Ciudad de México, el panorama no fue muy distinto.
En esa ocasión estaba en un cine, concentrado en el desenlace de Sin City . Mientras un maltrecho Bruce Willis se preguntaba si su destino se cruzaría con el de Jessica Alba, un empujón que me recordó a la montaña rusa del Ital Park atravesó la sala. Nos quedamos a oscuras y con menos futuro que el personaje de Willis, pero igual nos las arreglamos para salir y bajar dos pisos por escalera hasta la calle vacilante. Cuando reanudaron la función, hubo quienes regresaron a la sala para ver el final de la película. No fue mi caso.
La memoria es caprichosa y elige sus propios rumbos. Sin que uno sepa bien por qué, las imágenes regresan y preparan el terreno mental que nos ayuda a interpretar la realidad. El último jueves, mientras la ya célebre nube tóxica invadía el centro de Buenos Aires, el súbito recuerdo de los sismos mexicanos se interpuso entre mi susto y el horrible olor del Thiodicarb.
¿Qué mensaje cifrado me enviaba la memoria? Lo que me pareció entender fue una comparación de las odiosas. En México, la posible catástrofe urbana tiene un origen natural, y se contrarresta con edificios antisísmicos, muy pocos rascacielos y un arsenal de medidas de prevención hechas públicas con pequeños carteles pegados al lado de cada ascensor. Por su parte, en Buenos Aires, donde la naturaleza se tomó el trabajo de evitarnos sismos y desgracias mayores (al menos, hasta ahora), nuestras dificultades provienen de fallas estructurales o de conflictos desatados por la intolerancia mutua.
El subte que funciona mal y muy de vez en cuando, el tren que carga el peso de la peor tragedia urbana del año, los sucesivos cortes de luz, el tránsito de pesadilla, la falta de obras públicas que condenan a la ciudad a inundaciones mensuales y el cotidiano olor a basura no suponen el desafío imposible de domar a la naturaleza.
Sin embargo, por alguna razón que seguramente habita en nosotros mismos, las soluciones nunca se encuentran y, a punto de terminar el año, podemos decir con triste orgullo que 2012 fue el año que vivimos en peligro. Un peligro moldeado por las propias limitaciones para crear una ciudad mejor.
Convencido de que esa comparación formaba parte del mensaje que me enviaba el pasado, recordé que, ese mismo jueves, la inundación de la tarde hizo que olvidara a la nube tóxica aparecida de mañana.
¿La memoria quería decirme que el peor enemigo es la falta de memoria? Para despejarme un poco, salí a caminar por la zona del Abasto y encontré que, a dos días del temporal, las calles que rodeaban al shopping estaban completamente sin luz.
Unos vecinos salían a la vereda para protestar y discutían con los efectivos de la policía que cerraban el tránsito. Como era tarde y se veía muy poco, una chica en bicicleta que cruzaba Tucumán a la altura de Jean Jaurès se cayó al esquivar el paso de un taxi que muy probablemente ni siquiera llegó a verla. Cuando me acerqué para ver si estaba bien, me dijo que sólo tenía unos rasguños provocados por la bici.
Mientras caminábamos juntos en dirección a Corrientes, no quise imaginar cuándo iba a olvidarla..
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