Florencia Peña“Mercenarios de perfil bajo (los únicos que los vieron ya no están) Cuchillos fantasmales cortando los sueños ¿Pero acaso nosotros no veníamos del país de las picanas sobre panzas embarazadas?¿Quién le tenía que tener miedo a quién?”
" Cuando cayó el soldado Vojkovic
dejó de vivir el papá de Vojkovic
y la mamá de Vojkovic y la hermana
También la novia que tejía
y destejía desolaciones de lana
y los hijos que nunca
llegaron a tener
Los tíos los abuelos los primos
los primos segundos
y el cuñado y los sobrinos
a los que Vojkovic regalaba chocolates
y algunos vecinos y unos pocos
amigos de Vojkovic y Colita el perro
y un compañero de la primaria
que Vojkovic tenía medio olvidado
y hasta el almacenero
a quien Vojkovic
le compraba la yerba
cuando estaba de guardia
Cuando cayó el soldado Vojkovic
cayeron todas las hojas de la cuadra
todos los gorriones todas las persianas"
Gustavo Rosendi
El 2 de abril de 2012 se conmemora el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra en Malvinas, al cumplirse 30 años de aquel funesto desembarco de tropas argentinas en las islas para reafirmar nuestra bandera. Es un aniversario triste, un día de duelo, y también una oportunidad para hacer memoria y reflexionar, porque por un lado sigue pendiente nuestro justo reclamo de soberanía, y por otro todavía están presentes las secuelas de esa guerra absurda.
Allá por 1982, la Junta, que estaba en el gobierno desde el golpe cívico-militar del ’76, veía que el pueblo comenzaba a volver a las calles, y la voluntad de recuperar la democracia era irrefrenable. El 30 de marzo, la CGT había organizado una movilización en reclamo de paz, pan y trabajo, y miles de obreros salieron a la calle, y fueron brutalmente reprimidos. En ese contexto, tres días después, los militares que habían matado, secuestrado, torturado y desaparecido a
30 mil argentinos para instalar el terror y el silencio, los mismos que asociados con sectores de la Iglesia, empresarios y grupos mediáticos habían instaurado un modelo de país, económica, social y culturalmente funcional a sus aliados, las élites nacionales y extranjeras que los financiaban y sacaban provecho, esos mismos militares lideraban aquella patriada improvisada, que arrancó con arengas nacionalistas y terminó con sollozos.
La semana pasada se publicaron los 17 tomos del Informe Rattenbach, y las aberraciones de la dictadura vuelven a quedar al descubierto. La obra es extensísima pero circulan distintos informes periodísticos que cubren diferentes aspectos del informe. Y la falta de planificación, de preparación, de equipamiento, el desempeño de muchos genocidas en el frente de batalla, y las condiciones que se imponían a los propios soldados dejan en evidencia que se trató más de una operación política que militar.
Una operación política aprovechada por un Reino Unido, en ese entonces igual que hoy, en crisis. Con una Margaret Thatcher, ícono del conservadurismo, que evadía los problemas domésticos con una guerra distante y, lo mismo que nuestros dictadores, invocaba a un falso patriotismo.
Hoy, el Reino Unido atraviesa una situación similar a causa de la crisis financiera en el Viejo Continente: crece el desempleo, se “flexibilizan” las condiciones laborales, se reduce el “gasto público”, se “achica” el déficit fiscal, y un montón de frases que ya escuchamos allá por 2001, y sabemos lo que encubren. Mientras las clases trabajadoras hacen el esfuerzo para que los ricos mantengan su statu quo, el primer ministro, David Cameron, recurre otra vez a la bravuconada militarista, y manda a las islas un principito, en línea con esa visión arcaica del mundo que es el colonialismo, y naves de guerra de última generación. Pero la diferencia es que el mundo cambia, y ya entrados en el siglo XXI, la mayoría de los miembros de la comunidad internacional no acepta las pretensiones imperiales. Y desde todo el globo se alzan voces reclamando que los británicos acaten la resolución de la ONU y se sienten a dialogar.
Días atrás, seis ganadores del Premio Nobel de la Paz, entre ellos Adolfo Pérez Esquivel y Rigoberta Menchú, se pronunciaron a favor del reclamo argentino. No, Obama, que todavía no devolvió el premio, no estaba. Del lado de Cameron, silencio estampa. También el reclamo argentino se hizo oír en la Cumbre de Seguridad Nuclear de Seúl. El canciller Timerman denunció la presencia de un submarino nuclear en el Atlántico Sur, capaz de transportar misiles nucleares, y exigió que los ingleses informaran sobre la presencia de armas nucleares. La respuesta británica: una evasiva.
Afortunadamente, nuestro país es muy diferente de aquella Argentina de 1982, que parecía despertar de una larga pesadilla: aunque los horrores de la pesadilla eran reales, y por lo visto no estábamos tan despiertos. Hoy vemos el fervor popular de aquel entonces, y como muchas personas enceguecidas se creían el cuento de un país belicoso que vencía al imperio. Y en perspectiva también podemos ver el papel de los medios. Cómo ciertos grupos mediáticos, en complicidad con la dictadura, aguijoneaban el sentimiento nacionalista de una manera demencial, mientras mentían descaradamente sobre la realidad trágica de la guerra. No eran pocas las voces disidentes, las que señalaban que los verdaderos enemigos eran los que daban las órdenes. Pero en esa locura patriotera estaban invalidados. La verdad no tardó en emerger: se perdió la guerra, se perdieron cientos de vidas, principalmente de chicos, de “colimbas”.
Entre los cambios de época, hay varias decisiones para destacar. Primero el reconocimiento para los combatientes, que al volver siguieron enfrentados con el dolor y el atropello, muchos con problemas físicos o psicológicos, muchos decidieron quitarse la vida, otros tantos con dificultades para retomar una vida normal.
Y otro cambio fundamental, en consonancia con las políticas para reafirmar la Memoria, la Verdad y la Justicia, es considerar las torturas a soldados como crimen de lesa humanidad, es decir, que no prescriben. Porque los mismos sádicos que torturaban detenidos en la ESMA, estaquearon y hambrearon a sus propios soldados en Malvinas. Esos muchachos tuvieron que pelear contra un enemigo más preparado y poderoso, contra las adversidades del clima y contra la criminalidad de sus superiores.
Hoy, nuestro país es una nación a favor de la paz. Pero nuestro reclamo de soberanía sigue siendo indeclinable. Y la disputa por Malvinas ya se convirtió en una causa regional. Por la vía diplomática y del diálogo cada día se suman adhesiones, y los argumentos son contundentes. El Reino Unido podrá dilatar las cosas un tiempo más, pero va quedando más aislado y más en evidencia.
Confío en que a la larga, la bandera celeste y blanca va a volver a ondear sobre las islas. Y ese será el mejor homenaje a los 649 hombres, a todos esos jóvenes, que heroicamente dieron su vida por una causa justa, en una misión aberrante.
Por último, me gustaría destacar algo que deja ver con claridad el debate sobre Malvinas: hay causas que nos unen a todos los argentinos, y a los países hermanos. Ante ciertas cuestiones, se bajan las banderas partidarias, y flamean los colores de la unión, de la solidaridad. Ojalá este ejemplo se extendiera del reclamo de soberanía de las islas a la soberanía alimentaria, a la soberanía energética, a la soberanía cultural...




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