El enfrentamiento que habrá entre Farizano y Burgos será muy singular, en una situación inédita en la convulsionada estructura política. Aquí, una primera evaluación.
Ya con la evidencia concreta de que la coalición municipal, más allá de los ropajes, no será la misma, Farizano decidió igual presentarse y seguir su carrera hacia la posibilidad de reelección. No arriará ninguna de sus banderas, y seguirá alentando la idea de construir pluralidades para gestionar.
Enfrente lo tendrá a Néstor Burgos. Ha tomado la enseña radical como ya vacunada contra el virus kirchnerista. Ha criticado ya lo que su rival defiende, es decir, las alianzas que -dice- perjudicaron más que favorecieron la gestión actual.
Así, Farizano va a la pelea interna como una especie de capítulo inevitable a superar para volver a enfrentarse con quien ha encarnado su contracara y es a todas luces el enemigo político de todo un sector que excede a la UCR: Horacio Quiroga. En cambio, Burgos, tomará el desafío de "volver a los orígenes" el partido, buscando una pureza doctrinaria que algunos añoran y otros sostienen que ya no existe. En ese camino, es casi obvio, buscará votos en el quiroguismo, donde anidan desde hace tiempo unos cuantos radicales desencantados.
Para Farizano, Quiroga es el enemigo. Para Burgos, un aliado implícito que no se mostrará pero podrá utilizarse en las sombras.
Así, la "guerra" que supone el enfrentamiento en una interna, se parecerá más en esta UCR convulsionada a la fría que sucedió a la Segunda Mundial, que a lo cruento que había caracterizado antes al gran conflicto internacional. Será librada por espías disfrazados y con métodos engañosos, además de los elementos tradicionales que se mostrarán abiertamente.
De todos los caminos posibles, la UCR ha elegido el único que pudo. Es un camino de cierta mezquindad política. Dudosamente le traerá beneficios a corto plazo.

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