El fin de la guerra de Irak

Mario Diament

La fotografía del presidente Barak Obama celebrando el fin de la guerra en Irak, publicada en la tapa del New York Times de ayer, coincide con el descubrimiento de un informe secreto de 400 páginas, detallando la masacre de civiles iraquíes en la ciudad de Haditah, en 2005.

El material clasificado, que contenía transcripciones de interrogatorios realizados en conexión con la investigación interna de lo sucedido en esta ciudad recostada sobre las márgenes del río Eufrates, donde marines norteamericanos ejecutaron a 24 civiles iraquíes, incluyendo ancianos, mujeres y niños, fue hallado por un periodista del Times en un corralón de basura en las afueras de Bagdad. Un empleado del lugar se disponía a usarlo como combustible para cocinar un pescado.

Aunque casual, el contraste no podría haber sido más significativo. Por un lado, representa una evidencia más de que toda guerra es por naturaleza una “guerra sucia”; por otra parte, expone la falta de objetivos claros que guió esta brutal aventura desde la invasión, el 20 de marzo de 2003, y su elevado costo en vidas, recursos y consecuencias.

Concebida como una suerte de blitzkrieg, la guerra de Irak terminó siendo una de las contiendas más largas de la historia norteamericana.

Los Estados Unidos perdieron 4.485 soldados, 54% de los cuales eran menores de 25 años. Los heridos suman 32.226, el 20% de los cuales registra severas lesiones cerebrales o de la médula espinal. El 30% de las tropas desarrolló serios problemas de salud mental dentro de los 3 o 4 meses de su retorno a la vida civil.

Los civiles iraquíes muertos oscilan entre 104.000 y 113.000, dependiendo de la fuente en la que se quiera creer. Las bajas militares fueron 10.125. Los insurgentes eliminados, aproximadamente 55.000.

Hubo 150 periodistas muertos (98 asesinados y 52 en acciones de guerra).

Los iraquíes desplazados dentro del territorio nacional totalizan 2.225.000; los que buscaron refugio en Siria y Jordania suman otro tanto.

La guerra costó aproximadamente un billón de dólares. La producción de petróleo resgistró una ligera declinación, de 2.58 millones de barriles diarios antes de la guerra, a 2.35 millones a fines de julio de 2011.

Ayer, en Bagdad, el secretario de Defensa, León Panetta, declaró que la guerra no había sido “en vano” porque había puesto al pueblo iraquí “en el camino hacia la democracia”.

Esta asombrosa descripción de logros al final de nueve años de combate parece muy distante de las razones que se ofrecieron originalmente para justificar la invasión norteamericana: que los Estados Unidos y sus aliados se veían forzados a intervenir en vista de que el régimen de Saddam Hussein se encontraba en posesión de “armas de destrucción masiva”.

Además del costo humano y material, la guerra de Irak provocó una condena casi universal, empujando a los Estados Unidos a un aislacionismo que no se veía desde los tiempos de Theodore Roosevelt.

Las revelaciones de masacres, cárceles clandestinas, torturas en el centro de detención de Guantánamo y, en especial, la serie de fotografías ilustrando los abusos en la prisión de Abu Ghraib, provocaron una ola de indignación en el mundo árabe cuyas consecuencias todavía pueden advertirse.

La falta de objetivos que acompañó la guerra, una vez que se estableció la falsedad de la teoría sobre la existencia de “armas de destrucción masiva”, colocó a los norteamericanos en situación de policías en una realidad política y militar que se tornaba cada vez más hostil.

La estabilidad regional a la que el gobierno de George W. Bush aspiraba como reemplazo de los objetivos iniciales, demostró ser ilusoria. El Medio Oriente es hoy más volátil, más impredecible y más peligroso.

Paradójicamente, la guerra de Irak fortaleció al principal enemigo de los Estados Unidos: el régimen iraní. La caída y posterior ejecución de Saddam Hussein no podía haber sido más bienvenida por Teherán, quien sin esfuerzo, y con la ayuda norteamericana, presenció la instalación del primer gobierno shiita de la historia moderna en Bagdad.

La influencia iraní en el Medio Oriente se extiende hoy desde El Líbano hasta el Golfo Pérsico.

Con su discurso de ayer, en Fort Bragg, Carolina del Norte, el presidente Obama cumplió con su promesa electoral de repatriar a las tropas antes de la Navidad de 2011. Es cierto que Irak es hoy una sociedad más abierta y menos opresiva que la que existía antes de 2003, pero quedará para los historiadores del futuro determinar si el precio valió efectivamente la pena.

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