Hay episodios en la historia reciente de México que ilustran a la perfección el fenómeno de la ausencia de Estado que se observa en determinados momentos, en el país de la eterna primavera y la violencia sin fin.
Hasta ahí, la versión oficial, que hablaba de muerte por confusión. Carlos Salinas de Gortari, el mandatario más cuestionado de las últimas décadas, estaba al frente del país. Las investigaciones posteriores mostrarían que no hubo confusión ni fuego cruzado. El cardenal era, en realidad, el objetivo de un tercer grupo al que nunca se investigó. ¿Por qué? Aparentemente, porque el cardenal tenía en su poder documentos que implicaban a altos cargos del gobierno con el crimen organizado. En la trama estarían involucrados, según algunas fuentes, desde Raúl Salinas, hermano del presidente, hasta el general Jesús Gutiérrez Rebollo, el militar al frente de la lucha contra el narcotráfico en esa época, y que años más tarde acabaría entre rejas por haber aceptado dinero de Amado Carrillo Fuentes, el desaparecido jefe del cartel de Juárez.
Un año después de la muerte del cardenal Posadas, cae asesinado el candidato presidencial del Partido Revolucionario Institucional (PRI) Luis Donaldo Colosio, durante un acto en Tijuana. Salinas todavía está en el poder. Colosio habla de la lucha contra la pobreza y de la dignidad de los indígenas. Y dos balas le responden que se deje de "chingaderas".
Desde la muerte de Colosio, los atentados contra políticos y funcionarios no han parado en el país. Pero el asesinato de Rodolfo Torre Cantú en Tamaulipas marca un punto de inflexión en esa escalada de violencia. El candidato del PRI iba a convertirse en gobernador de ese estado, según las encuestas, y nunca antes el narcotráfico había matado a un gobernador. El atentado fue perpetrado con el sello de los carteles de la droga. Y las balas rebotaron directamente en la residencia oficial de Los Pinos, el "cuartel general" desde donde el presidente Felipe Calderón se resigna a observar cómo va perdiendo una guerra en la que el enemigo juega con ventaja, infiltrado hasta la médula en todas las líneas del Estado.
Más débil y aislado que nunca, el mandatario lanzó esta semana un desesperado llamamiento a la unidad de todos los partidos y de toda la sociedad para combatir el narcotráfico. "Demasiado tarde", le contestó Beatriz Paredes, presidenta del PRI, que capitalizó el duelo por la muerte de su dirigente en Tamaulipas.
Como han recordado esta semana varios analistas mexicanos, esa "guerra" contra el narcotráfico, en la que han muerto ya más de 26.000 personas desde 2006, es la "guerra" de Felipe Calderón. El mandatario conservador se empeñó en librarla solo y a pecho descubierto en diciembre de ese año, cuando asumió el poder. Seis meses antes, había ganado unas elecciones por un puñado de votos y entre graves acusaciones de fraude electoral.
Calderón militarizó el país desde el desierto de Sonora a las costas de Oaxaca. De nada sirvió su estrategia. El narcotráfico sigue en pie. Hoy hacen tambalear al Estado los capos del cartel del Golfo o los pistoleros de Los Zetas. Ayer lo hacía La Familia Michoacana. Mañana volverá a golpear el cartel de Sinaloa y pasado mañana, el de Juárez.
No hay tregua en México, ni siquiera para los pesos pesados de antaño. Diego Fernández de Cevallos, el "Jefe" Diego, patriarca del Partido de Acción Nacional (PAN) al que pertenece Calderón, lleva un mes y medio "desaparecido". Nadie sabe qué grupo lo retiene ni por qué. Fernández de Cevallos no es un político cualquiera. Fue candidato presidencial y senador, y desde su despacho de abogados ha litigado a favor de las grandes fortunas del país.
Para el investigador y asesor de la ONU Eduardo Buscaglia, México vive un proceso de "afganización" en el que el Estado se va ausentando de numerosas zonas del país en beneficio de los carteles de la droga. Con cuello blanco en los despachos de Ciudad de México, con pasamontañas y un AR-15 al hombro en las rutas y calles de medio país, el hampa impera en México. Y lo hace, como dice la letra de un popular narcocorrido, el estilo musical que exalta al narcotráfico, con total impunidad: "Por el negocio que tengo, dondequiera me paseo".
ASESINO A SUELDO Y GUARDAESPALDAS
CIUDAD DE MEXICO (EFE).- Uno de los guardaespaldas del gobernador del estado mexicano de Tamaulipas, Eugenio Hernández, fue identificado como un sicario del narcotráfico por el que Estados Unidos ofrece 5 millones de dólares, según publicó ayer el diario Reforma.

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