Paso recurrentemente por allí. Todavía me conmueve esa mole de ladrillos a la vista, el contorno imponente del edificio enmarcado contra un cielo azul... aunque pensándolo bien recuerdo también la imagen de la bruma tormentosa al caer la tarde cuando se venían esas tormentas de verano que terminaban abruptamente con nuestros picados futboleros.
Pero no sólo eso, sino que además mantengo vivo en mi memoria el recuerdo de lo que significaba esa empresa molinera que marcó la vida de muchos santarroseños durante más de tres décadas. Para bien y para mal, hay que decirlo.
Porque de esos momentos de opulencia que lo convirtieron en una de las dos o tres fuentes laborales más importantes de la Provincia, al desenlace que nadie podía imaginar en aquellos tiempos de plétora, hubo un abismo. El día y la noche. La abundancia y la ruina. Ni más ni menos.
Porque cuando Molinos Werner cerró sus puertas, para siempre, quedaron cientos de familias en la calle; y un tendal de pequeños y no tan pequeños ahorristas defraudados. Era gente que había confiado ciegamente, depositando sus reservas, fruto de sus esfuerzos, en las arcas de una firma que algunos consideraban más segura que el propio Banco de La Pampa. Fue, sí, el día y la noche.
Matías Figueroa, "el historiador".
Frente a mí está sentado ahora Matías Figueroa, que trabajó en el Molino desde 1948 y hasta el 30 de noviembre de1980. Ese fatídico día en que llegó a la oficina y le comunicaron que era el final, que la firma no volvería a abrir sus puertas y que estaban despedidos. Fue un golpe conmocionante, como el que podría recibir un boxeador en el mentón para no levantarse más.
¿Pero quién es Matías Figueroa? Es un testigo de aquel tiempo, pero a su vez un hombre que tiene una historia particular, llena de vicisitudes. Hoy, a los 80 años, habla de su pasado de militancia en el Movimiento Peronista, de su condición de gremialista y de político comprometido y lleno de convicciones.
Casado con Eugenia Irene Eiffes, tienen dos hijos. Roberto Matías (43), licenciado en Informática, que sigue sus pasos en política; y Andrés Hernán (40), profesor de Ciencias Naturales y muy conocido porque realiza el acreditado programa radial "20 y 20 Nacional".
Me llama la atención su puntillosidad para narrar, e incluso que en forma manuscrita tenga anotado al detalle todo lo que fue pasando con su vida, y también con el apogeo y el derrumbe de Molinos Werner.
El Molino y Matías.
Es que los santarroseños -sobre todo los que vivíamos en las inmediaciones- recordamos con cierta pena la entrada y salida de los obreros del Molino, el inconfundible sonar de la sirena que marcaba el ritmo de la ciudad, y también en los veranos las hileras de cientos de camiones a lo largo de la Antártida Argentina, esperando su turno para descargar.
¿Qué pasó con todo aquello, dónde fue a parar tanta actividad, tanta fuente de trabajo, tanta riqueza? Un día no vino más el ferrocarril, las estibas dejaron de armarse, los camiones dejaron de verse por el barrio y el Molino empezó a perder su solidez. Fue el final.
"Llegué al Molino en 1948, recomendado por una maestra de la Escuela 180, porque había sido abanderado. Estuve dos meses a prueba sin cobrar, hasta que me confirmaron". Al principio fue cadete, y fue aprendiendo el trabajo administrativo hasta convertirse en un empleado importante, junto a otros como el inefable Ernesto Rafael Rossi Avalos, El Flaco Rivero, Mario Chaves, Floro Domínguez; y también Sebastián Parodi y El Gallego Juan Domínguez, Juan José Risso y Oscar Deuriarte, que ocupaban cargos de apoderados de la empresa. Al principio andaba de aquí para allá en una bicicleta con una chapa identificatoria -"para que todos supieran que era empleado y para controlarme", aclara-, y le tocaba ir al correo, a la estación del ferrocarril, librerías, imprentas, etc.
La fuente laboral.
Alrededor de 300 trabajadores entraban a las 8 de la mañana con el toque de la sirena, que se hacía sentir, cuentan, incluso en Anguil, salían a mediodía y otra vez convocados por el mismo sonido regresaban a las 14 para irse a casa a media tarde.
"¿Sabés la historia de la sirena del Molino? Se compró en 1946 a 18 pesos y era de un barco carguero, y no de un submarino que había sido hundido durante la guerra cerca del río de La Plata, como algunos cuentan", precisa.
"En producción llegó a moler 120 toneladas de trigo para harina. Al principio el afrecho, el afrechillo y el semitín se tiraban en la laguna Don Tomás, y los criadores de cerdos lo llevaban para alimentar sus animales. Pero después un vecino, don Lorenzo -de la librería Cabezón y Lorenzo-, supo que el afrecho tenía propiedades digestivas y se lo regalaban". El Molino también producía fideos de distinto tipo, "y eran famosos los tallarines al huevo, que se vendían muchísimo".
Figueroa se entusiasma contando y tiene presente que algunos caballos percherones empujaban los vagones hasta los galpones donde se cargaba la mercadería para llevar a Bahía Blanca. "Eso fue hasta que se compró un tractor y cuando el afrechillo empezó a exportarse: tren a Ingeniero White, en Bahía Blanca, y de allí a Japón en barco. Dicen que los japoneses hacían con eso una suerte de harina más oscura".
Se sabe como terminó la historia: cerró el ramal Toay-Bahía Blanca, cerró el Molino, y miles de industrias del país quebraron. Eran tiempos de Martínez de Hoz, cómo olvidarlo.
Un patrón severo.
Matías se da tiempo para trazar una semblanza de "Don Emilio", como lo llamará todo el rato. Que no llegó de Alemania como todos creen, sino que había nacido en Rosario en 1.894, y dirigía con mano de hierro. "Tenía una oficinita un poco más arriba y de allí controlaba todo. Un día hice una encomienda y quedaron algunos restos de hilo, nada importante, pero bajó y los fue juntando. Me preguntó porque tiraba eso, y la verdad a mí me parecía que era basura, pero me dijo: 'Un pedazo, más otro, más otro, sirve para otra encomienda', mientras iba haciendo un nudo tras otro.
Don Tesio era el chofer de Don Emilio, y un vecino del barrio que vivía en 1º de Mayo y Jujuy. Los fines de semana lustraba paciente un impecable Mercedes Benz negro -de modelo muy antiguo-, en el que trasladaba al patrón. Y llama la atención lo que cuenta Figueroa: "Don Emilio Werner venía desde Buenos Aires y leía el diario, y extrañaba que a medida que terminaba una página la tiraba. Leía y tiraba, leía y tiraba... "Si llego con el diario al Molino lo agarran mis gerentes, y ellos lo que tienen que hacer es trabajar", decía haciendo gala de un despotismo que, entendía, beneficiaba a su empresa.
El político, el gremialista.
Matías Figueroa fue dirigente de la Unión Obrera Molinera Argentina y, naturalmente, alguien que siempre vio peligrar su trabajo. "Diez o doce veces me echaron, pero siempre me volvían a tomar. Además la Policía no se metía conmigo, porque alguna vez que allanaron mi casa vieron que era muy católico -se ven estampas e imágenes de Jesús y la Virgen en las paredes- y así descartaban que fuera comunista. Por eso me salvé de ir preso, pero siempre me tenían cortito", reflexiona.
Como dirigente político tiene una consecuencia que muy pocos pueden mostrar. Después de ser consagrado Delegado de la CGT Regional, en 1962 resultó electo concejal de Santa Rosa por el Partido Laborista, sigla que usó el Peronismo para poder participar. "La dictadura gorila anuló las elecciones", relató.
Fue en 1963 que, electo diputado provincial, esta vez con la boleta de Unión Popular, renunció a su banca como repudio al fraude perpetrado por la dictadura militar. "Fui el único, porque otros compañeros no pusieron reparos y asumieron", muestra una sonrisa resignada.
Sí sería concejal entre 1987 y 1991. "Molteni me había dado trabajo y estaba en la administración del Teatro Español, cuando llegó Manolo Baladrón. ¿Qué hacés aquí, si no sos artista? ¡Y que voy a hacer, trabajo! 'Vos vas a ser concejal por Villa Santillán, todos saben quién sos' me dijo. No me aguanté y le respondí: por el dedo no, Manolo. Pero bueno, fuimos a la comisión vecinal, me eligieron para que vaya en la boleta y ahí sí asumí".
Hoy Figueroa dice que pocos se acuerdan de él. "¿Qué hacés, peronista en extinción', me grita alguno". Y se nota que Matías lo siente como un elogio, porque militó durante 40 años, pero siempre privilegió su lealtad al líder por sobre un cargo. Cualquier parecido con la realidad, en este caso, podría ser una mera coincidencia. Claro que sí.
Cuando el voto en blanco le ganó a Amit.
"Hubo un momento histórico en el peronismo lugareño. Fue en 1960, cuando el General, exiliado en Madrid, ordenó votar en blanco, y quiso que la experiencia se hiciera en un lugar donde hubiera un gobierno fuerte. El gobernador en la Provincia era el doctor Ismael Amit, y el 22 de junio de ese año el voto en blanco ganó las elecciones pampeanas", recordó Figueroa sin poder evitar una sonrisa.
"Es que aquello fue histórico", rememora. "Yo estaba al frente de la Delegación Regional de la CGT, y junto con el coronel Phillipeaux, Rodolfo Arce, Sebastián Borro y algunos otros pocos militantes hicimos campaña por el voto en blanco, y ganamos por 2.000 sufragios. En esos tiempos sí que no había dirigentes políticos que se movieran en la campaña porque claro, no había ningún cargo para repartir", reflexiona.
Tiempo después el mismísimo General Perón envió a través de Borro una carta. "Nos felicitaba por el comportamiento de 'valientes y decididos peronistas'. La carta está fechada el 22 de junio de 1960", puntualiza mientras muestra el escrito.
Tiene mucho para contar Matías. De pronto deja un pensamiento que podría provocar alguna preocupación: "Un día fui a ver cómo era el Megaestadio que se estaba construyendo, y le dije a alguien que estaba ahí: cuando se hicieron los silos del Molino se llegó a 12 metros de profundidad, y el ingeniero Gamper, que trabajó en eso advirtió que de ahí para abajo la tierra era salitre y humedad, y que no se podía construir nada". Los silos están a no más de 300 metros del Megaestadio (!!!), en las cercanías de la laguna Don Tomás. ¿Y entonces?
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