José “Pepe” Corrales trabajó en los grandes Almacenes Ripamonti y Recova, en la década del 30’. A sus 91 años, se acuerda de todo y con mucha nostalgia le trae a LA OPINION sus máximos recuerdos, a muy poco tiempo de que el lugar termine de desaparecer completamente.
“Esto fue lo más grande que existió en la provincia. Uno se detiene a ver y no lo puede creer. Es inmenso”, empieza.
José Corrales que tiene 91 -el mes que viene ya serán 92- y tiene una de esas memorias que traen la sana envidia. Se acuerda de todo. “¿Querés que te nombre las 190 personas que estaban acá cuando yo trabajaba? Mirá que me las acuerdo a todas eh”, dice ufanando su mente.
Pepe comenzó a trabajar en 1928 en Ripamonti. Tenía solamente 8 años. Claro, la empresa no lo contrató a esa edad, sino que su papá, Francisco de Paula lo llevaba en las vacaciones y le encomendaba tareas simples que ayudaban al orden y al mantenimiento.
Luego de un tiempo, y con los estudios iniciados, su trabajo fue en ascenso y ahí sí ya empezaba a ser contratado. “Cuando empecé el Comercial en el San José, en el año 1933, venía ya a practicar al escritorio y hacía trabajos de ordenanza, iba al banco, iba al correo, copiaba las cartas (¡altro que ahora! -Exclama-).
Así fue hasta los primeros días de 1940, cuando a Corrales le tocó hacer el servicio militar y tuvo que abandonar el trabajo. “Era el momento en el cual Hitler había invadido Polonia”, cuenta memorioso. Estuvo en el servicio sólo 16 meses. “Dejé el servicio y rápidamente me incorporé a Ripamonti. En aquel tiempo era obligación de la empresa volver a tomar a aquellas personas que dejaban su puesto por el servicio militar”. Por eso, a mediados del 41’ se reincorporó a Ripamonti.
Trabajó en el escritorio, un lugar que le gustaba mucho y que le daba satisfacciones. En un momento, gira sobre sus pies y señala: “la puerta era de dos hojas de madera gruesa, después se reformó, pero muchos años fue así. Tenía una mirilla y un timbre, no tenía manija del lado de afuera”.
Con sus manos vuelve a señalar donde alguna vez hubo una escalera con riel -“para facilitar el trabajo”, dice- y cuenta directamente lo que se le viene a la mente, que mucho tiene que ver con lo que apunta. “Todavía está el enrejado. ¡Mirá vos!”, con una turbación que lo alienta a seguir hablando. “Esos caños que están ahí, que cuelgan, bueno, ahí estaban los ventiladores. Que sólo tenían una sola marcha, y a veces se pasaban de vuelta”. Y como si ese aparato fuese algo reconfortable para él, dice: “Yo me llevé uno de esos ventiladores a mi casa, se llamaban Marelli. Me lo llevé de recuerdo”.
Con el paso de los años, sus tiempos en la empresa empezaban a agotarse. Había dejado atrás una época importante como niño colaborando y el servicio militar ya había pasado. Por eso Pepe encaraba sus últimos 3 años en Ripamonti, sin que él lo supiera.
El Banco Italia, sería su nuevo destino. “Ingresé el 2 de enero del 45’ al Banco, que estaba donde está el Banco Galicia ahora. Ahí estuve hasta el 31 de agosto de 1980, en que me jubilé”. Fin de una época.
SUS SENSACIONES
“Esto era un emporio. Lo que buscaras, lo conseguías acá, desde un alfiler, hasta una cosechadora, tractores, camiones internacionales que venían de todos lados. En aquel tiempo muchos venían en volanta”, destaca de las ventas y del movimiento que provocaba ese lugar.
FRANCISCO DE PAULA
“Mi padre vino a trabajar a finales del año 20’ y me trajo a mí cuando tenía 8 años. Yo venía en las vacaciones y coincidía para Navidad, donde había unas tarimas y unos juguetes y yo era el encargado de ponerlos en orden, limpiarlos y cuidar de que los chicos no tocaran nada”.
En cuanto a por qué su papá lo llevó de tan pequeño a trabajar con él, Pepe dice que “lo hizo para que yo no estuviera en la calle. Después de un tiempo, empecé a trabajar más seguido, venía a practicar 2 meses seguidos, y así fui de a poco”.

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