Por: Carlos M. Reymundo Roberts.El que acaban de leer no es un título con gancho: es la más pura verdad. Voy a adelantarles el discurso que la Presidenta pronunciará mañana después de arrasar en las elecciones. ¿Cómo lo conseguí? Sencillo. La fuente de información fui yo mismo: la señora me pidió que le escribiera el borrador de ese mensaje. "La verdad -me dijo-, he hablado tanto que ya no sé cómo sorprender, y a vos se te da bien eso de decir cosas que parecen originales."
¿Tranquilo? Estaba hecho una pila de nervios. Al principio, todo lo que escribía me sonaba idiota, insulso. Sólo me aliviaba pensar que a tan brillante oradora le tirás ruido del infierno y lo convierte en música celestial. Por eso, mientras iba dándole forma me ayudaba no poner las palabras en mi boca, rudimentaria y torpe, sino en la de ella. Por ejemplo, si yo llego a decir que diferir la transmisión de los goles es tanto como el secuestro de personas durante la última dictadura, me sacan hasta el registro de conducir. Pero lo dijo ella y -todos los recordarán- sonó como un verdadero hallazgo.
Le propuse a la señora que sus primeras palabras, carraspeadas, fueran "gracias, gracias, gracias". Aceptó. "Tiene gracia", comentó, no sé si tomándome el pelo. Incluso le sugerí el acting : tenía que decirlo cuando todavía no se había acallado la ovación que le tributaba la multitud rendida a sus pies, y después de entrecerrar los ojos e inclinar ligeramente la cabeza, como tratando de no irrumpir en llanto. Le encantó. "Los discursos no se pronuncian -me enseñó-. Se viven."
Enseguida tenía que agregar: "Gracias a todos y a todas". Lo corrigió: "Primero tengo que agradecerle a El. Le debo todo". Asentí, y al toque me di cuenta de que había caído en una trampa. Cuando hace comentarios como ése, ella espera que se le responda: "No creo que le deba todo, señora. Usted está demostrando que sola lo puede hacer muy bien".
En mi borrador, después de los agradecimientos venía una invitación al diálogo, a evitar las confrontaciones. Me cortó en seco. "No, en este tramo hay que destacar que la avalancha de votos significa una ratificación definitiva del modelo." No fue mi único traspié. La frase "la oportunidad es ahora", que ella debía pronunciar al borde de la exaltación, fue tachada por parecerse demasiado al eslogan de De Narváez. Era cierto. Mi excusa fue que, después de escucharla 150 veces por día en radio y TV, en las creativas y entretenidas tandas electorales, se me había pegado. "A mí no me pasa -me embocó- porque sólo escucho mis spots."
Tampoco le gustó que hablara del triunfo contra la inflación ("Todavía hay empresarios inescrupulosos que remarcan", dijo), de los miles de casas que hemos construido ("Está el temita de las Madres, viste"), de haber desterrado la corrupción ("Es que esta semana dije como gran cosa que Moreno era honesto, con lo cual dejé un manto de sospecha sobre todos los demás"), de la reconciliación con el campo ("Cualquiera sabe que Coninagro son cuatro gatos locos"), de la gran relación con los países vecinos ("Si hasta Uruguay nos quería hacer la guerra"), del próximo acuerdo con el Club de París ("No le creerás a Boudou, ¿no?), del Fútbol para Todos (¿Querés que me refrieguen los 30 millones de dólares de Grondona?") y de la creciente sensación de seguridad ("Ojo, la gente no es idiota").
"Pero entonces -perdí un tanto la paciencia-, con todo respeto, ¿de qué quiere usted hablar, señora?" Su respuesta fue memorable. "De El, de mí, de que reinventamos el país. De mis hijos. Del boom del consumo. De que nunca nadie ha hecho tanto en tan poco tiempo. De los planes sociales. Del boom del consumo. De los derechos humanos. Del histórico crecimiento de la economía. Del boom del consumo. De que creamos una cadena de medios para ampliar la libertad de expresión. Del boom del consumo. Del respeto a las instituciones. De las computadoras que les regalamos a los chicos. Del boom del consumo?"
Me quedó clarísimo. Rompí lo que había hecho, le pedí algo más de tiempo y aparecí dos días después con el mensaje totalmente cambiado. En el tramo más importante decía así. "Argentinos, argentinas, interpreto este respaldo electoral como una renovación del crédito que me han dado. Como ustedes cumplieron con su cuota de esperanza en este modelo, yo cumpliré con ustedes al contado . No seré una caja de sorpresas. Tomaré decisiones de peso . No ahorraré energías ni me sentaré en un banco a descansar. Trabajaré sin reservas ?"
Ahora la que rompió los papeles fue ella (me parece que se ofendió al ver las palabras clave destacadas). De todos modos, creo que por ahí va ir el discurso. Sospecho que en el fondo le gustó.

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