Fernando GonzalezGran fenómeno político del país adolescente, el peronismo sin Perón nunca se rinde; implosiona. Jamás abandona el escenario sino que explota internamente entre sus facciones. Sólo hace falta mirar las últimas cuatro décadas de la historia reciente. Su primera implosión fue en los impetuosos años 70.
Afortunadamente, los 30 años de democracia que cumpliremos el año próximo han desterrado la violencia como herramienta política. Sobreviven ciertos rasgos autoritarios y la tentación personalista en cada uno de sus líderes circunstanciales, pero el peronismo resuelve sus internas a través de la guerra mediática y a puro carpetazo en la Justicia. La novela político-judicial que se abrió tras el monólogo autoincriminatorio de Amado Boudou en el Senado el pasado jueves santo, dio paso a la implosión tan temida. El vicepresidente le apuntó a Esteban Righi, ministro estandarte del gobierno de Héctor Cámpora que supo ponerle límites a la policía lopezreguista de los 70. El Bebe Righi, cuyo estudio jurídico ha protegido incluso a los Kirchner en algunas causas muy comprometidas, es un hombre admirado por Nilda Garré o Juan Manuel Abal Medina. Sus credenciales camporistas son auténticas pero ninguno de los jóvenes dirigentes que reivindican la figura del presidente que gobernó por un puñado de meses en nombre de Perón se animó ayer a defenderlo.
Ese es el espíritu de la implosión peronista. Protegido por la supuesta intimidad de un teléfono de línea, un funcionario se lamentaba anoche ante El Cronista. Estamos en el horno..., le entregamos un cuadro como el Bebe (sin acento) a un gordito de la Ucedé..., exageraba, dejando en claro su desprecio por el origen político del vicepresidente. Pero Cristina fue inflexible. Echó a Righi sin inmutarse y se mostró en la Casa Rosada junto a Boudou pocos minutos antes de designar como Procurador a Daniel Reposo, un operador político de buena sintonía con el Vice y con el omnipresente Guillermo Moreno.
Ya son varios los peronistas que buscan en el silencioso Daniel Scioli un refugio a los dolores de la implosión. Aníbal Fernández y Florencio Randazzo tienen los primeros boletos con destino a La Plata pero hay varios más haciendo fila. Tampoco deben confiarse demasiado en la coartada sciolista. Los memoriosos todavía recuerdan la gran implosión peronista de fines de los 90. Cuando Carlos Menem encontró cerrado el camino hacia su re-reelección, dinamitó las chances del candidato Eduardo Duhalde y terminó favoreciendo el ascenso inesperado de la Alianza y de Fernando De la Rúa. Cristina también hace sus apuestas a la eternidad en el poder. Mientras tanto, hace todo lo posible para que Scioli se termine pareciendo a aquel Duhalde que se quedó con las ganas.










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