La sociedad que avaló las propuestas laboristas de Tony Blair y Gordon Brown ha dado un giro crucial, desengañada de las promesas incumplidas de ambos. Pero lo que trae el conservador Cameron no parece permitir ilusiones de mejora.Por: Anthony Giddens
La era de la hegemonía laborista llegó a su fin. ¿Cómo debemos evaluar su legado? En estos días lo convencional es desacreditar la gestión del Partido Laborista británico que gobernó durante los últimos trece años. Hasta observadores muy solidarios tienden a sostener que fue muy poco lo que se logró.
Para los críticos más severos, el laborismo en el poder -el laborismo como nuevo laborismo- fue más que una decepción; fue un desastre. El partido arrasó con las libertades civiles, traicionó los ideales de izquierda, no revirtió en absoluto la desigualdad y lo peor de todo fue que se embarcó en una guerra desastrosa en Irak. El nuevo laborismo prometió un nuevo amanecer, y muchos se sienten traicionados.
No me faltan puntos de acuerdo con esas críticas, pese a lo cual se puede hacer una fuerte defensa de muchas de las políticas centrales del laborismo, y hace falta una evaluación equilibrada si se quiere trazar un camino futuro efectivo. Un punto de partida realista para hacerlo es comparar el período de gobierno laborista con el destino de sus pares en otros países durante el mismo lapso, tales como Bill Clinton y los demócratas en los Estados Unidos, los socialistas de Lionel Jospin en Francia o el SPD de Gerhard Schröder en Alemania.
El laborismo consiguió mantenerse en el poder más tiempo que todos ellos, y de hecho más que cualquier otro partido de centroizquierda de los últimos tiempos, incluidos los de los países escandinavos. Fue un logro de enorme importancia, dado que el partido nunca antes había estado en el poder ni siquiera durante dos períodos completos en sus más de cien años de existencia. Los cambios ideológicos vinculados con la creación del término "nuevo laborismo" constituyeron buena parte de la razón de sus éxitos electorales.
El nuevo laborismo no era una etiqueta vacía pensada para disimular la vacuidad política. Al contrario, fue desde el primer momento un fuerte diagnóstico de por qué la innovación era algo necesario en la política de centroizquierda, y también una agenda política clara. Los valores de la izquierda -solidaridad, reducción de las desigualdades, protección de los vulnerables, sumados a la firme convicción en el papel clave de un gobierno activo para concretarlos- permanecieron intactos, pero las políticas destinadas a conseguir esos fines tuvieron que experimentar un cambio radical debido a los profundos cambios que tenían lugar en la sociedad. Esos cambios comprendían la intensificación de la globalización, el desarrollo de una economía postindustrial o de servicios y, en la era de la información, el surgimiento de una ciudadanía más voluble y combativa, menos respetuosa de las figuras de autoridad que en el pasado (un proceso que luego el advenimiento de Internet expandió mucho más).
La mayor parte de las políticas del laborismo derivó de ese análisis. La era de la administración de la demanda keynesiana, vinculada a la dirección estatal de la economía, había terminado. Había que establecer una relación diferente entre gobierno y empresa, y reconocer el papel clave de la empresa en la creación de riqueza, así como los límites del poder del estado. Ningún país, por más grande y poderoso que fuera, podía controlar ese mercado.
El advenimiento de la economía de servicios o basada en el conocimiento se sumó a la reducción de la clase trabajadora, el tradicional baluarte del laborismo. Para ganar las elecciones, por lo tanto, un partido de centroizquierda tenía que llegar a un espectro mucho más amplio de votantes, entre ellos los que nunca antes habían apoyado al laborismo, que ya no podía seguir siendo un partido con base de clase. En Tony Blair, que no era precisamente un laborista de la vieja escuela, el partido pareció haber encontrado el líder perfecto para conseguir ese objetivo.
Copyright Clarín y Global Viewpoint / Tribune Media Services, 2010. Traducción de Joaquín Ibarburu.

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