Desfachatado, como entrando a jugar con amigos al campito. Pinta de adolescente, botines naranjas, la cinta de capitán y un banderín del seleccionado argentino.
Pasó el himno, pasó el sorteo, se acercó al banco de suplentes y entregó, ahora, el banderín uruguayo.
En ese preciso instante, bajó la primera ovación para La Pulga desde los cuatro costados del estadio. "Olé olé olé ole... Messi, Messi...". Levantó la cabeza, miró a la popular sur del Malvinas y levantó tímidamente su brazo derecho, agradeciendo.
Y terminó la previa. Llegó la hora de ver al mejor jugador del mundo, en suelo mendocino, con la camiseta de la selección, y por Eliminatorias.
Tardó 52 segundos en tocar su primera pelota y, como siempre ocurre, fue con lujo y con buen destino. El estadio volvió a explotar.
Pasaron los primeros 45 minutos. Argentina no pudo con Uruguay en esa primera parte, pero los ojos de los mendocinos se llenaban de a poco.
Leo le puso magia, tuvo situaciones de gol, no pudo concretar, pero fue él, el mismo que por tele, apila rivales en cada arranque furioso con la camiseta de Barcelona.
Desde esa primera pelota que tocó a los 52 segundos hasta el pitazo final del primer tiempo, el crack rosarino o perdió ni entregó mal ni una sola pelota.
En el segundo tiempo parecía un poco más relajado. En los primeros 15 del complemento la tocó poco. Pero esperaba, paciente, dar su zarpazo.
Porque la noche en Mendoza era maravillosa, y Leo la iba a transformar en inolvidable.
Y tardó muy poco más en hacerlo. Primero la empujó a la red, tras una jugada que el mismo comenzó. Después le dio un pase exquisito a Di María para el segundo y cerró su noche mágica con un tiro libre que sólo pueden ejecutar los jugadores que parecen tener más neuronas que el resto. ¿Se podía pedir algo más?
¿Podía Messi regalarle a los mendocinos más de lo que hizo? Quizás sí. Porque su capacidad para superarse a sí mismo día a día lo puede todo. Pero bastó.
Se demoró más que sus compañeros, con cantidad de periodistas que apenas terminado el encuentro querían su palabra. Después se retiró lentamente, levantó los brazos, aplaudió mirando a la platea y entró a la manga.
Lionel Andrés Messi pasó por Mendoza y dejó su sello. Fue él, el que todos esperaban. Dos goles, una habilitación y magia. Mucha y de la mejor.
Por todo eso, sólo se puede decir: "Gracias, Leo, te esperamos".
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