Por Eduardo AlivertiQue la semana pasada haya empezado con las alarmas de pesificación generalizada y después avanzado con el lanzamiento de un megaplán de viviendas para sectores populares y medios es una muy buena fotografía del mapa político en su sentido más integral. Incluye cuanto se desee envolver en el paquete de la agenda publicada.
Cuando Cristina lanzó el plan de créditos hipotecarios, al cabo de ese comienzo de semana insuflado por las versiones de pesificación, cambió el eje y el punto fue llenar de sospechas la noticia. Recelos justificados, debe reconocerse, porque respecto de la vivienda el oficialismo ya boqueó, y muy mal, con aquello de los inquilinos que serían propietarios. Sin embargo, la cuestión no es (únicamente) ésa sino, otra vez, la capacidad del Gobierno –sea cual fuere la eficacia ejecutora de su anuncio– para desarmar la ofensiva propagandística en su contra. Aquí es necesario detenerse. Preguntar cuánto hay de reflejos oficiales y cuánto de una prensa comandante que, al gobernarse a sí misma sin base de fuerzas o individualidades extraperiodísticas, cae en repeticiones previsibles de aliento corto. Un marciano de pocas luces habría adivinado que, siendo los recursos previsionales el principal inyector de fondos para construir viviendas, seguiría inmediatamente la acusación de estar usando la plata de los jubilados. Así fue. Validos de una acordada de los supremos, titularon en bloque que la Corte le dio treinta días a la Anses para que informe cómo se emplea el dinero jubilatorio. Pero la solicitud judicial al Gobierno no tiene nada que ver con el lanzamiento del plan hipotecario, salvo que algún otro marciano pueda creer que la Corte empalma sus dictámenes a medida que el oficialismo procede. En este caso, vendría a ser que Cristina anunció la operatoria crediticia el martes y unas pocas horas después ya estaba reunida la Corte para advertirle que con la plata de los jubilados no se jode. No digan que no es asombroso por donde quiera vérselo. Por un lado, resultaría que entonces sí hay la Justicia independiente por cuya inexistencia se indignan unas cacerolas devaluadas y unos comunicadores más patéticos todavía. Como si fuera poco, esa Justicia que no existe acaba de cercar nuevamente a Boudou por el affaire Ciccone. ¿En qué quedamos? ¿Existe o no? Repárese en que, en esta oportunidad, ni hace falta retrucar en primer término la pelotudez bíblica de que la plata de los jubilados debe quedar en una cuenta intocable por los años de los años, como si el Estado no tuviera la responsabilidad de invertirla para asegurar su satisfacción y rédito. No. Esta vez alcanzaría con exhibir las inenarrables contradicciones de “la corpo”, con el solo señalamiento de sus disparates. Incurren en ellos, además de sus necesidades político-empresariales, porque de lo contrario sobraría lugar para meterse en lo que no les conviene. En el PRO termina de estallar una interna que va de dura a salvaje. Funcionarios de la Ciudad se enfrentaron con aspereza por el cierre del plazo para armar las listas, aunque el tema excede a esa razón burocrática. Gabriela Michetti vetó a Esteban Bullrich, el ministro de Educación, como presidente de la asamblea general del, digamos, partido. Bullrich se hartó y renunció, pero Michetti también está harta de Horacio Rodríguez Larreta, y viceversa, porque entre ambos juegan si la primera acepta ir de candidata a la provincia y si el segundo toleraría que no lo haga y le compita en Capital. Nada de este chiche de armonía es informado por los medios de la oposición, casi obsesionados por proteger la figura de Macri a como dé lugar, bien que equilibran entre eso y continuar midiendo a Daniel Scioli como gran esperanza blanca. La clausura del palco desde el que sacaron la foto al celular de José María Ottavis, vicepresidente de la Cámara baja bonaerense, cuando recibía un mensaje que en verdad lo alertaba sobre un presunto ofrecimiento de compra de votos; y una conjetura acerca de que se intentó cambiar de lugar a los periodistas parlamentarios, lo cual nunca se concretó, fueron otros de los apasionantes temas ensanchados. Como tampoco daba para mucho, reapareció la ola de inseguridad porteña mediante la mención a toda página de una “seguidilla de robos audaces”. Y hasta la sugerencia de que vivir en la capital colombiana tal vez sea más seguro que hacerlo entre Flores y Caballito. Impactante.
Lo significativo de este mapa mediático, mucho más que lo que revela puntualmente a través de cada episodio y su tratamiento, pasa por una renovada demostración: todos, invariablemente, continúan corriendo detrás del oficialismo. De lo que hace y de lo que deja de hacer. De los entusiasmos y de los enconos que despierta. Cuando ocurre algo así, y sin que suponga perder reflejos de pensamiento crítico sino todo lo contrario, cabe el sentido figurado de que no hay mucho más que hablar. Al no disponer en el equipo de jugadores sobresalientes que las conviertan en acción política concreta, las críticas y denuncias, del tenor que fueren, carecen de base ejecutiva y transformadora. Seguramente, y apartando las chicanas en torno de la clase social a que pertenecen o de su imposibilidad para articular dos frases seguidas, eso explica que los centenares o pocos miles de gentes impulsados a cacerolear un ratito no sean capaces de encontrar una consigna unificadora. Bien al revés de lo sucedido en 2008, cuando “el campo” amalgamaba, hoy no tienen argumentos. Sólo el odio. Corean inconsistencias cuya hondura es la misma que la de manifestarse a favor de la felicidad.
Algunos lo hacen con cacerolas. Y otros desde los medios.





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